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Cuculis

El lado oscuro de las leyendas

Producción denominada Cuculis

Producción denominada Cuculis Fotos: Foto Espacio Bolivia

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

13:00 / 05 de diciembre de 2019

Sus historias y certeza de su existencia siempre han intrigado. En algunos casos son personajes que vivieron hace muchos años, en otros son figuras que surgieron de leyendas y mitos orales, hasta convertirse en relatos. En esta ocasión, el colectivo Foto Espacio Bolivia les hizo un homenaje a través de la producción fotográfica denominada Cuculis.

“Pensamos que Bolivia tiene un lado oscuro, su parte misteriosa, por eso queríamos rendir un homenaje a nuestras leyendas”, explica Mauricio Aguilar,  director de Foto Espacio Bolivia, integrado por universitarios que organizan talleres de fotografía y que presentan proyectos individuales y grupales.

En esta ocasión, el grupo —integrado por Liz Morales, Marcelo Flores, Lourdes Samo, Alejandro Fernández, Catalina Ulloa, Luis Sequeiros, Anahí Abuná, Cristian Limachi, Lila Calderón, Mauricio Aguilar, Wara Cortez, Yesid Yahuita, Rachel Lena, Diego Pérez, Jhony Maidana y Harold Martínez— eligió, de una lista amplia de personajes enigmáticos, al Tío Ubico, la Cholita sin cabeza, Zambo Salvito, Khari Khari, el puente del Diablo, el Fantasma del estadio Hernando Siles y los rayos que convierten a una persona en yatiri.

“Lo lindo de esto es que ha sido un trabajo en que cada uno aprendió técnicas de fotografía y nos ayudábamos con lo que podíamos”, resalta Aguilar.

El proyecto comenzó el año pasado, continuó entre octubre y noviembre de 2019 y promete seguir como fuente para recordar leyendas y mitos que corren el riesgo de perderse entre puentes, estadios, calles o escenarios teatrales, donde vive parte del ajayu de la sociedad.

La chola sin cabeza

Tal vez sean dos cholas sin cabeza. Uno de los mitos se sitúa en la ciudad de Sucre, en lo más alto de las graderías del estadio Patria, donde una pareja enamoraba. Se cuenta que un golpe de viento hizo volar el sombrero de la cholita. Ella, al intentar recogerlo, se tropezó y cayó al piso. Cuando llegaron los forenses, nunca encontraron su cabeza. Desde entonces aparece por el lugar para preguntar donde está la parte que le falta. La otra versión señala que un joven y una cholita salían a escondidas de todos en un pueblo paceño. En la fiesta del pueblo, entre baile y licores, ambos se embriagaron. En ese momento, él quiso aprovecharse de ella, pero fue rechazado. Ante su impotencia, el novio la decapitó. Desde entonces, todas las noches ella camina por las calles como un fantasma que persigue a los varones borrachos, a quienes pregunta dónde está su cabeza. En 2015, Telemundo informó que esta criatura apareció en la periferia de La Paz, donde encontraron cadáveres de hombres que se habían suicidado de manera inexplicable. Supuestamente, investigadores de fenómenos paranormales hallaron la parte que le faltaba e incluso le hicieron una misa, pero la Chola sin cabeza sigue apareciendo en las noches.

El Tio Ubico

Al parecer, todos los teatros que se precien de ser importantes deben tener su propio fantasma. En La Paz, el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez tiene al Tío Ubico, quien suele aparecer cuando considera que una obra es un éxito o cuando no lo es. La apertura del principal escenario de Bolivia fue importante para la sociedad. Aquel 18 de noviembre de 1845, el presidente de Bolivia, José Ballivián, asistió al acto principal, en la que se estrenó la Canción Patriótica, que posteriormente se convirtió en el Himno Nacional. En 174 años de actividades ha pasado una infinidad de agrupaciones teatrales y artistas nacionales y extranjeros.

En ese transcurso surgieron varios fantasmas que recorren los pasillos, los vestidores y los palcos del centro cultural. Pero el más conocido es el Tío Ubico, quien suele demostrar su presencia cuando toca el piano, cuando abre la llave de un grifo o enciende un foco. De acuerdo con la leyenda, este personaje es el espíritu de Wenceslao Monroy, un actor y director boliviano que vivió entre 1881 y 1954. Alguna vez deja sentir su presencia con soplos en la nuca o con toques en el hombro. Convertido en un protector de este recinto, incluso tiene su propio camerino.

Khari Khari

Se desconoce cómo es el rostro y la figura del Khari Khari porque ha cambiado en todos estos años. Lo único cierto es que —según las leyendas— se dedica a quitar grasa de los humanos y, por ende, arrebatar el alma o ajayu. Se cree que apareció en la Colonia, en la zona altiplánica. Según un texto difundido por el Viceministerio de Desarrollo de las Culturas, viste como un monje franciscano. Cuando se acerca a su víctima, ésta se siente hipnotizada y mareada. Ese momento es aprovechado por el Khari Khari, quien con un cuchillo extirpa grasa del abdomen. Casi de inmediato, el herido cae enfermo y, si no se encuentra el origen de su debilidad, puede morir en unos días. También conocido como Kharisiri en Perú, antes hacía sonar una campanilla, cuyo sonido se hacía lúgubre para los que lo escuchaban. En la actualidad se desconoce cómo es realmente, aunque se afirma que suele estar en taxis o minibuses, donde aprovecha a que los trasnochados se queden dormidos. Ha cambiado el cuchillo filoso, que apenas dejaba una cicatriz, por una jeringa, con la que extrae la preciada grasa humana. Las creencias señalan que para curar al enfermo se debe reemplazar la grasa con la de una oveja negra.

Puente del diablo

El escritor potosino Julio Lucas Jaimes escribe, en el libro La Villa Imperial de Potosí – Su historia anecdótica, sus tradiciones y leyendas fantásticas, la historia del puente del Diablo, un relato que se sitúa en la quebrada de Yocalla, municipio de la provincia Tomás Frías, Potosí. Hace varios años, en aquella población vivía un joven llamado Calca, quien se había enamorado de Chasca, hija de un curaca muy rico. Cuando el joven declaró su amor, el progenitor de la damisela le exigió que debía darle comodidad y riqueza. “Un año te pido, no más”, respondió Calca. Cuando faltaban horas para que terminara el plazo, el pretendiente retornó al pueblo, aunque una lluvia fuerte impedía su llegada. Debía estar antes del amanecer, pero un río lo detenía, así es que pidió al Diablo que construyera un puente a cambio de su alma. Tras sellar el acuerdo, el ser de las tinieblas empezó a armar la pasarela con piedras que había alrededor. Pero el joven se arrepintió, así es que rezó al arcángel Gabriel para que le ayudara. Casi al amanecer, el Diablo no pudo levantar la piedra con que iba a terminar la obra, “pues pesaba más que el mundo”. De esa manera, Calca atravesó el puente sin tener que entregar su alma porque a la estructura le falta siempre una piedra.

Zambo Salvito

La leyenda indica que Zambo Salvito inició su carrera delictiva cuando robó una aguja, hasta convertirse en un personaje que —al estilo de Robin Hood— robaba a los ricos para repartir el botín entre los pobres. Su nombre verdadero era Salvador Chico, según documentos que resguarda el Archivo Histórico y Museo Policial de La Paz, aunque otros investigadores sostienen que se llamaba Salvador Sea.

Afrodescendiente, Salvador emigró a La Paz desde los Yungas a muy temprana edad. Pronto comenzó a delinquir y a ser temido en la sociedad. De hecho, se conoce que su primer asesinato ocurrió cuando tenía 15 años. Su centro de operaciones era la sede de gobierno y una cueva en el camino a la Cumbre. Con un grupo de siete secuaces cometió al menos 17 asesinatos, mediante estrangulamientos, pedradas, golpes de puño o palazos, además de un sinnúmero de asaltos. Después de tantos crímenes, los malhechores fueron aprehendidos y condenados a muerte. Los historiadores Randy Chávez y Carlos Gerl relatan que fueron llevados a la Caja de Agua (ahora plaza Riosinho), donde, al mediodía del 23 de diciembre de 1871, soldados de un regimiento fusilaron a Zambo Salvito y a todos sus cómplices.

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