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Coroma, los descendientes del agua

La comunidad del norte de Uyuni aspira a convertirse en un geoparque debido a sus atractivos naturales y culturales.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

01:29 / 20 de junio de 2018

El hallazgo de rocas que formaron parte de ambientes marinos profundos es la demostración de lo que afirman en la Nación Indígena Originario Coroma, que son habitantes de “encima del agua”. Además de considerarse protectores de una rica cultura en el norte de Uyuni (en el departamento de Potosí), es también una región con formaciones geológicas únicas, con la primera mina colonial en ser explotada en la región y con chullpares donde la gente hablaba con sus difuntos, porque no creían en la muerte.

Ubicada a 156 kilómetros al norte de Uyuni, la comunidad Coroma está casi al límite con el departamento de Oruro. Según Jacobo Copa, guía turístico y espiritual de Uyuni, toda esta región estaba debajo de Minchín, un gigantesco lago que se originó en la época geológica del pleistoceno —perteneciente a la primera etapa de la era cuaternaria—, cuando ocurrió el deshielo de los glaciares.

“Cuando todo esto estaba inundado, la gente vivía en lo más alto de su territorio”. Copa señala los cerros que circundan la estancia Río Márquez, donde supuestamente construyeron sus viviendas los primeros moradores. De acuerdo con su explicación, a ello se debe el nombre de la comunidad, ya que

Coroma sería la derivación de uru (día) y uma (agua), “que significa gente que vive encima del agua”.

Esta afirmación es complementada por Agustín Pérez, decano de la Facultad de Ingeniería Geológica de la Universidad Autónoma Tomás Frías, quien explica que en una prospección hallaron rocas de ambientes marinos profundos.

Un artículo escrito por Cristina Bubba, en el libro Saberes y memorias de los Andes, indica que los pobladores de Coroma creen que provienen del tiempo de ajalla, es decir, “al principio de las cosas” y se consideran a sí mismos chullpa puchu, o restos de los chullpa. “Los más vivos se metieron al lago, sobrevivieron y lograron reproducirse, nosotros somos sus descendientes”, dice un mito sobre ellos.

Esta área no solo se encuentra donde estuvo un gran lago, sino que fue un área volcánica que dejó como recuerdo una especie de ciudadela de rocas con formas disímiles, como vicuñas, casas con chimeneas y un árbol, donde conviene quedarse varios minutos para observar las formaciones que parecen haber sido diseñadas por el capricho de algún ser superior.

Estas características han alentado a que la Fundación Manuel García Capriles (MGC) de Bolivia inicie un proyecto para que Coroma sea declarada geoparque, es decir un territorio que tiene una red de lugares de importancia geológica, así como atractivos etnográficos, ecológicos y culturales. “El objetivo es que la Unesco reconozca los geoparques de Toro Toro, Tomave, Tupiza y Coroma (como una red boliviana), pues hasta ahora son 140 los que fueron declarados”, comenta el senador René Joaquino, quien acompañó a la comitiva integrada por el Gobierno Autónomo Municipal de Uyuni, la Universidad Autónoma Tomás Frías y la Fundación MGC para ver las potencialidades de esta comunidad potosina.

Herederos de una cultura fuerte, los pobladores mantienen sus tradiciones, como su danza. “Este baile lo llevamos desde nuestros ancestros”. Con una flauta ancha de un metro de largo (llamada kawata), Víctor Moreira, poblador del ayllu Rodrigo Pallpa, interpreta junto a sus vecinos un huayño cadencioso, con el acompañamiento de unas wankaras (bombos hechos de cuero y con un resonador). Los varones visten pantalón de bayeta, un aguayo que atraviesa su pecho y una montera multicolor; las mujeres usan pollera, blusa y manta de bayeta, un aguayo del que cuelga una mantilla y llevan banderas blancas (chiwanillos).

En el recorrido, la comitiva se detiene en Qhapac Ñan, un sector que tiene, literalmente, las huellas del pasado colonial. Apartadas de las keñuas y otras plantas altiplánicas, en el suelo raso aparecen rastros hondos de carretas que transportaban plata de las minas hacia el Pacífico. Esta ruta —dicen los pobladores— forma parte del Qhapaq Ñan, un sistema de caminos construido durante el incario que conectaba Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina.

Al ser descendientes de los chullpas, en Coroma es fundamental el culto a los fundadores del ayllu, que se expresa con el mantenimiento y veneración ritual de los q’ipis o bultos de tejido que usaban los ancestros, explica Alfredo Ramos en el ensayo Qumbi Qhawas de los Quruma.

“Cuentan que estos tejidos son la indumentaria de los fundadores de la marka y sus ayllus menores, que se ha ido transmitiendo de generación en generación, cuidadosamente guardada en q’ipis (fajos o bultos) en puntos clave del territorio. Cuentan incluso que es difícil dormir cerca de los q’ipis porque se escuchan conversaciones de las almas”, narra Xabier Albó en el artículo Muerte andina, la otra vertiente de la vida, en el libro Etnografías de la muerte y las culturas en América Latina. Salomé Roque es la muestra viva de esa herencia. Sentada en el suelo y con las piernas cubiertas con una manta hecha por ella misma, está tejiendo un aguayo. “De por sí tenemos que saber hilar y tejer, como mujeres todo tenemos que aprender”, expresa.

Otra muestra de esa creencia son los chullpares que se mantienen firmes cerca del pueblo. “No los enterraban, sino que los hacían sentar en posición fetal. Ellos no creían en la muerte, por eso hablaban con el difunto, intercambiaban ideas”, explica Copa, heredero de estos saberes.

En el pueblo de Coroma se vive una simbiosis de fe cuando, tras visitar una Iglesia Católica de 115 años de antigüedad, se juntan los bastones de mando de los 11 ayllus para pedir que los apus (cerros) permitan el ingreso de la delegación a toda la región, donde permanece la mina Carhuaycollo, que perteneció al español Mateo Arusquita. “Se dice que es más antigua que las minas de (la ciudad de) Potosí. Es obvio, porque la Colonia avanzaba desde el lado del mar y primero llegó aquí”, asegura Copa.

A 4.100 msnm, el yacimiento sigue dando minerales, en este caso a los trabajadores de la Cooperativa Carhuaycollo, y lo demuestran con un recorrido por las entrañas del cerro, donde es necesario challar con alcohol, cerveza y coca al tío de la mina, en una región donde pareciera que no ha pasado el tiempo.

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