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Copenhague: un cuento de hadas moderno

La diseñadora Mariana Villa ofrece un recorrido por los encantadores paisajes y la vida en la capital danesa desde ojos bolivianos.

Dinamarca. La Sirenita ‘Den lille havfrue’; escultura de bronce del artista Edvard Eriksen, en la costa de la bahía de Copenhague desde 1913.

Dinamarca. La Sirenita ‘Den lille havfrue’; escultura de bronce del artista Edvard Eriksen, en la costa de la bahía de Copenhague desde 1913.

La Razón (Edición Impresa) / Mariana Villa Luna

21:56 / 04 de mayo de 2018

Estar en Copenhague es estar en una ciudad mágica. Desde Bolivia, por mi ventanilla del avión vi pasar Brasil, el océano Atlántico, el norte de África, las montañas de Francia y los Alpes en Suiza. Entendí mejor la forma del mundo y, mientras más me acercaba al norte, la luz y los colores variaban, se hacían más fríos. La nave pasó sobrevolando el mar Báltico cada vez más bajo, y supe que estaba llegando a un destino lleno de sorpresas: me recibía un atardecer mojado en diversos matices de gris y azul. Ese fue uno de los mejores días de mi vida.

En Copenhague (København) el aire del mar se respira puro, limpio y fresco. Los canales de agua marina atraviesan la ciudad. En la costa, la vista se pierde en el mar y desde algunos lugares puede verse Suecia, a solo 28 km de distancia. En Copenhague hay diversas playas para disfrutar bajo el sol de verano —el cual, por cierto, es brevísimo, solo se presenta contados días en primavera-verano—. El agua es muy fría y cuando te bañas parece que hasta el corazón se refresca con sus aguas misteriosas del norte. Las gaviotas bailan en el cielo junto con los cuervos. La gente navega en kayaks, pues el mar es tan tranquilo que no hay olas para surfear. Los daneses se bañan en el mar todo el año, incluso cuando la temperatura llega a los dos grados centígrados bajo cero.

En una de tantas oportunidades acudí al Festival Internacional de Literatura en el Museo de Arte Moderno Louisiana, que está junto al mar, en la costa norte de Copenhague, con jardines que llegan hasta la playa decorados con esculturas modernas de artistas como Max Ernst, Joan Miró y Henry Moore, entre otros. Su cautivadora arquitectura de forma circular consta de tres edificios conectados por pasillos de vidrio. En varios sectores del jardín se encuentran carpas instaladas para la ocasión y también están disponibles dos auditorios y algunas salas interiores. Cada conferencia, diálogo o lectura dura más o menos una hora y suelen haber tres conferencias simultáneas para elegir. Hay conferencias en danés y en inglés. Asistí a las de Colson Whitehead, Edouard Louis y Chris Kraus y después fui a ver el atardecer a uno de los muelles y a mojarme un poco en el mar.

Entre arte y tecnología

En el museo está la exposición retrospectiva de la artista contemporánea serbia Marina Abramoviç, la cual estremece, pues provoca reacciones fuertes en el público a través de su propio cuerpo en performances radicales. Por ejemplo, ella dispuso diferentes objetos sobre una mesa grande, había desde flores hasta cuchillos, una pistola, clavos, cigarrillos, destornilladores, sierra, velas, fósforos, etc. Y la idea era que el público podía tomar cualquiera de estos objetos y usarlos en el cuerpo de la propia artista mientras ella se quedaba quieta en el salón durante horas. De paso a la conferencia de Chris Kraus se podía apreciar algunos cuadros de Pablo Picasso y Roy Lichtenstein.

Copenhague también es un lugar bastante hyggelig (palabra danesa sin traducción que quiere decir: acogedor, cómodo, seguro, lindo y placentero) para trabajar en la computadora. Se puede elegir entre algún café o una de las bibliotecas. Mi favorita es Den Sorte Diamant —“El Diamante Negro”, en español—, la biblioteca de la reina. Se trata de un edificio moderno con forma de trapecio y hecho casi en su totalidad con vidrio negro y granito pulido. En su superficie se refleja el mar y el cielo escandinavo. Para llegar allá voy en bicicleta pasando por la Estación Central —a 100 metros del apartamento—, cuidándome de no atropellar a los turistas que caminan despistados por la ciclovía.

Cruzando la avenida están los jardines de Tivoli, un parque de diversiones decorado con fuentes de agua y lagunas; diversas aves pasean por ahí, desde pavo reales hasta gallinas de todas las razas. Fue fundado en 1843, lo cual lo convierte en el parque de diversiones más antiguo del mundo, donde además de montañas rusas y otras atracciones hay conciertos y actuaciones de pantomima. Dos veces a la semana, a la medianoche, se presenta un show de fuegos artificiales.

Frente a Tivoli está la Glyptoteket Ny Carlsberg, un palacio de esculturas de mármol y antigüedades de Grecia, Roma, Egipto y piezas del renacimiento europeo. También alberga algunas piezas de arte moderno de artistas como Degas y Rodin. Este museo fue fundado en 1882 por Carl Jacobsen, el magnate de las cervezas Carlsberg. Casi enfrente está el National Museet, que contiene algunas de las piedras rúnicas más grandes y antiguas de la época de los vikingos, así como joyas de oro y otras piezas de esta cultura.

Cruzando los canales está Slotsholmen, diminuta isla que alberga al Castillo de Christiansborg, donde están las oficinas del Primer Ministro, el Parlamento y el Tribunal Supremo, además de los ambientes reales. Frente al castillo se ubica el Teatro de la Reina y la entrada a los jardines de la Biblioteca de la Reina. Ahí, cerca de la fuente que se erige en medio del jardín, me siento a escribir oyendo el agua caer y el canto de los pájaros. Frente a mí y mi café se encuentra un monumento al filósofo danés Kierkegaard que parece contemplarme. Nos miramos mutuamente. Kierkegaard pensaba que el conocimiento teórico no tiene valor si no puedes experimentar la vida; él decía que la verdadera forma de existir es vivir en el aquí y el ahora. Así que me quedaba disfrutar de cada instante, absorbiendo cada precioso momento con todos mis sentidos.

En los lagos de agua salada —que están en el centro de la urbe— los cisnes caminan a mi lado mientras paseo en bicicleta para conocer un poco más de la urbe. A toda hora se ven patos verde esmeralda, grullas y garzas reales, urracas blancas con alas azules tornasoladas, gansos, cigüeñas, gorriones, mirlos y petirrojos que cantan dulcemente y se posan en cada árbol. Hay una espesura verde envidiable.

Con el tiempo supe que esta capital europea no es solo la ciudad más feliz del mundo, según el ranking de la ONU 2014 y del Instituto de la Investigación de la Felicidad de Copenhague, sino que también es una de las ciudades más verdes, ecológicas, divertidas y románticas.Antiguas historias de castillos, reyes y caballeros laten en la ciudad y en la costa hay monumentos de sirenas junto al mar, y en las calles inscripciones en runas, bestias mitológicas marinas y aladas como las de la fuente de la plaza de la Alcaldía y dioses, como Hermes, custodiando las calles comerciales, junto a estatuas de dragones y seres mágicos. Cada día transcurre como en un cuento de hadas.

En Copenhague no se corre peligro. Ahí empecé a comprender lo que significa “el primer mundo”. Su política ecologista y de recursos renovables hace que la ciudad sea limpia y segura. El agua caliente y el sistema de calefacción en las viviendas utilizan energía obtenida de la quema de basura en una planta que en invierno funciona como pista de esquí. Es una capital verde nutrida por energía renovable. Las bicicletas tienen prioridad sobre los autos, quienes deben pagar altísimos impuestos cada año. Aun así, están de moda los vanguardistas autos Tesla, conocidos por ser ecológicos, ya que pueden recargar su energía con cargadores eléctricos situados en las aceras, mientras sus conductores salen a trabajar o a tomar un café que cuesta alrededor de 35 kroner (35 bolivianos). Aunque la ciudad es cara para cualquiera que no sea danés, es amigable y tiene un montón de ofertas de ocio y cultura gratuitas, como recorrer las calles adoquinadas del centro y la peatonal Gågade. Las casas pequeñas en colores pastel tienen una historia de 850 años. Para el aniversario de la ciudad se preparan conciertos y fiestas al aire libre al lado de los canales y castillos; todos los museos abren sus puertas gratuitamente al público y en las paradas de buses se instalan los DJ mientras la gente baila y toma cervezas. Éstas son fuertes y pueden llevar agregados de flores como hyben (rosa mosqueta), hyldeblomst (flor de sauco) y variedad de frutos rojos.

Hay de todo: está la semana de la moda donde se obtienen las mejores fotografías del alto diseño danés. Y mientras transcurre el Festival Internacional de Ópera no es difícil encontrarse en el mercado de comidas Torvehallerne a una hermosa cantante de ópera con cabello verde y voz de sirena. O a un espectacular tenor cantando, bailando y saltando entre barcos por los canales de Nyhavn.

Para tener una vista completa de la ciudad hay una cantidad de imponentes edificios para elegir: Rundetaarn, una torre redonda ubicada en el centro que se constituye en el primer observatorio del mundo construido en el siglo XVII; la torre de Christiansborg; la torre de escaleras en espiral de la Iglesia de Nuestro Salvador Vor Frelsers Kirke, desde donde se suicidó el arquitecto que la diseñó tras entregar su trabajo al rey, quien le hizo notar que la baranda estaba al revés, puesto que el arquitecto era zurdo. Y, por supuesto, las torres de los juegos del parque de los jardines de Tivoli, tan elegante y fantástico que cuentan que inspiró al propio Disney.

Estacionamiento de bicicletas en el centro, al límite de las calles peatonales.

Sin duda mi actividad favorita era pasear por la ciudad en bicicleta, alrededor de los lagos, de los canales, por las anchas avenidas y parques, y esquivar con cuidado a las personas, coches de bebés, autos y escombros en los desvíos y crías de cisne. O subir con las bicis al tren rumbo a los bosques de las afueras de la ciudad y buscar a los hermosos gigantes de madera escondidos del escultor Thomas Dambo.

Los espacios verdes se encuentran en cada esquina: el parque de Frederiksberg, con su felino custodio que parece el mismísimo gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas; el parque del escritor Hans Christian Andersen; el Jardín del Rey, a donde solía ir a comer sándwiches al lado de escolares jugando al freesbee; el Kastellet, que es uno de los antiguos fuertes, construido en forma de estrella; y finalmente el parque del Museo Nacional de Arte, donde es fácil perderse por su tamaño; todos con lagunas y animales.

Igualmente, el jardín botánico Botanisk Haven es asombroso. En el invernadero se hallan especies de todo el mundo y no es extraño hallar árboles andinos como la queñua y acacia, palmeras y otras especies del trópico boliviano. Las ardillas rojas recolectan frutos secos y semillas.

Y si se quiere un poco de historia, casi todos los museos tienen un día gratuito a la semana. Son muy ricos y sorprendentes, desde los edificios en sí mismos hasta los contenidos de sus colecciones, desde Caravaggio hasta Picasso y Modigliani. En casi todos ellos está permitido sacar fotos.

Mundo digital

En Dinamarca casi no se usa el dinero en moneda física, todo es digital. Inclusive los escasísimos mendigos usan la app “MobilePay” para vender revistas en las puertas de los supermercados. A las dos semanas de haber llegado, ya que nunca vi una moneda física, fui al cajero automático solo porque quería ver cómo se ven las coronas kroner (y tienen corazones). Eso sí, puede ocurrir que las máquinas estén sucias y no puedan leer tu chip, tal como me pasó en la cafetería Democratic de la biblioteca municipal a la que iba con frecuencia. El vendedor tuvo que preguntarme si tenía efectivo, con lo cual todos se le quedaron mirando estupefactos. Por suerte, una elegante azafata de Rotterdam gentilmente pagó mi capuccino doble. Claro que con la vergüenza ya no me quedé en la biblioteca y me fui a caminar por Stroget, saludando a los meseros de la pizzería en el camino con un “buongiorno”, y mirando las vitrinas de Chanel, Valentino, Gucci, Versace, Burberry y Armani. La cartera Gucci que me antojé tenía unos tigres y aves bordadas y costaba 2.000 euros, precio con descuento. No, gracias. De vez en cuando se oye un tango o la música extraña que sale de esos instrumentos de percusión que parecen platillos voladores (los hang). Proviene de los músicos que están en las calles del centro en verano, tocando para los turistas y que son los únicos que tienen dinero en efectivo.

Uno de los gigantes de madera escondidos en los bosques fuera de Copenhague.

Una cita casual con mi novio siempre se transformaba en algo memorable, porque hasta los mercados de comida son trendy (de moda), como Isla de Papel, donde puedes comer los mejores falafel de la ciudad contemplando el atardecer en el mar al lado de una fogata y una obra de Yoko Ono que se encuentra a la entrada de la galería de arte moderno. Frente al canal está la Casa de Ópera, espectacular y magnífica por su imponente estilo.

Y aunque en Copenhague la mayoría de los días están nublados, era una buena idea entrar a escribir en alguna cafetería decorada con cientos de libros mientras llovía, pedir un varm chokolade (chocolate caliente) acompañado de un muffin de mora, pan de canela, una tarta de frutilla o croissants con almendra y ruibarbo, un tallo comestible que se usa en pastelería.

El único peligro en Copenhague quizá sea el de no querer irte. Y si bien siempre que vuelves de algún viaje no eres la misma persona que partió, es imposible dejar Copenhague sin extrañar cada día un rincón o un detalle distinto de esta capital nórdica. Cuando cierro los ojos no me es difícil imaginar que todavía estoy allá, leyendo un libro a los pies de La Sirenita ubicada a la orilla mar. Y si bien los turistas japoneses no dejan mucho espacio para tomar fotografías, siempre es posible encontrar un rinconcito pacífico.

Por eso no puedo evitar preguntarme si al salir del aeropuerto de Copenhague, no habríamos entrado a tomar el tren que nos llevaba al  andén 9 ¾.

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