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Cocina y resistencia

El chef y premiado cronista ecuatoriano Santiago Rosero relata los recientes disturbios en Ecuador desde la cocina.

La Razón (Edición Impresa) / Santiago Rosero

13:49 / 17 de noviembre de 2019

Entre los varios ajustes económicos que el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, anunció el 1 de octubre de 2019, el que más descontento generó fue el de la emisión del decreto 883 para eliminar los subsidios a la gasolina extra y el diésel, los carburantes más consumidos en el país. Los gremios de transportistas pidieron la derogatoria de ese decreto y convocaron a un paro nacional para el 3 de octubre. Luego se sumaron sindicatos de trabajadores y la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), y solo entonces el paro cobró otra magnitud y recibió el apoyo de gran parte de la población.

Los siguientes días transcurrieron entre refriegas de distintas intensidades y el aviso de que miles de indígenas de diversas zonas del país se movilizarían hasta Quito para protagonizar las protestas. La tarde del domingo 6 de octubre circuló en redes sociales un anuncio en el que se señalaban varios puntos de acopio de alimentos para atender a los manifestantes que llegarían. El lunes 7 por la mañana me contacté con uno de esos lugares para saber si podía colaborar cocinando los alimentos que iban a recibir. Me dijeron que la Conaie iba a instalar una cocina comunitaria en El Arbolito, un parque en el centro-norte de la ciudad, que históricamente ha sido el epicentro de protestas y el lugar adonde arriban las comitivas indígenas.

Para cuando llegué, hacia la media tarde, la cocina constaba apenas de una mesa de trabajo improvisada sobre una pila de palets, un techo de plástico templado entre dos árboles delgados, dos estufas de tres quemadores y unas pocas ollas. Pero a partir de ese momento, todo lo que ocurrió alrededor se dio con una energía inusitada que permitió que las cosas se fueran poniendo en su lugar como hacía falta. Decenas de personas de los sectores populares y la clase media empezaron a llegar para donar víveres y ofrecer ayuda.

Éramos alrededor de 15 voluntarios en ese momento y algunos trajimos nuestros propios utensilios de cocina. En dos ollas grandes, pronto pusimos a cocinar arroz y una menestra (una especie de estofado de granos) de lenteja con pedazos de plátano verde, y como no había contenedores para realizar preparaciones, improvisamos cortando por la mitad los botellones de agua vacíos que empezaban a acumularse. Nos apremiaba la anunciada llegada de al menos cuatro mil indígenas desde el norte y sur del país, que se instalarían en El Arbolito y en el Ágora de la Casa de la Cultura, un recinto para espectáculos multitudinarios que queda junto al parque. Al arroz con menestra sumamos papas con encebollado de atún y mote (maíz cocido) con estofado de salchicha. En esa cocina espontánea ya estaba instalado un motor humanitario. Las preparaciones sencillas que lográbamos eran la concreción de un cúmulo de voluntades libres de cualquier dictamen.

A eso de las 20.00, llegaron los primeros cientos de indígenas. Habían salido de sus comunidades en la mañana, en buses, en camiones, muchos haciendo largos tramos a pie. Lo primero que hicieron al llegar fue lo evidente, buscar comida caliente para aplacar el agotamiento. Lo mínimo que podíamos hacer era ofrecérselas.

El servicio tuvo tanto de caos como de regocijo, y hacia la medianoche, miles de platos fueron servidos gracias al despliegue de una serie de conexiones y solidaridades que crearon comunión. “La comida es un hecho social total”, apuntó el antropólogo francés Marcel Mauss, y ya en esa primera jornada esa dimensión se hizo evidente en tanto los alimentos proporcionados no solo suplieron las urgencias fisiológicas, sino que se constituyeron en un símbolo de unión y resistencia. 

Al día siguiente, todo en el parque cobró una envergadura aún mayor. Aumentaron las donaciones, se montaron otras dos cocinas y, en general, la dinámica completa entró en un ritmo de frenética eficiencia. Para nosotros, los cocineros, la consigna era, de cierta forma, sencilla: preparar unos dos mil platos entre desayunos, almuerzos y cenas.

Así pasaban las horas en esa suerte de frente de batalla con campamento humanitario. En la esquina del parque que mira a la Asamblea Nacional se daban algunos de los combates más feroces entre manifestantes y el piquete de policías que resguardaban el edificio público. La tarde era soleada y en la contraluz se veía nítida la carga de gas lacrimógeno que se acercaba al centro del parque. De pronto, dos bombas cayeron frente a las cocinas y el caos se hizo próximo. Voces por ahí decían que los militares iban a entrar con todo y alguien vino con la cara seria a recomendarnos que levantáramos a tiempo la cocina. Y así fue, entraron los militares y, en minutos, todo lo que se había construido tuvo que desbaratarse. Más aún, se supo que el Gobierno había decretado el toque de queda a partir de las 20.00.

Pero también, gracias a la diligencia que operaba en esas horas, esa misma noche una parte del campamento pudo reinstalarse a unas cuadras de ahí, en la Universidad Salesiana, y allá fue la cocina en la que yo participaba. A partir de entonces y durante los siguientes tres días, todo podría verse enmarcado en una dinámica aún más eficiente y abundante en donaciones y trabajo voluntario. En un perímetro de pocas cuadras, muy cerca del parque El Arbolito, quedan las universidades Salesiana, Politécnica, Católica y Andina. Las cuatro, más la Universidad Central, que está en un sector un tanto más alejado, se convirtieron en centros de paz y acogida humanitaria. En todos se montaron cocinas, espacios de atención médica y albergues con lo necesario para dormir. Los grupos de indígenas se dividieron en ellos por sus regiones de procedencia y a ellos volvían cada noche luego de permanecer en las calles sosteniendo las protestas.

En adelante, al tiempo que en los centros de acogida se mantenían con entereza todos los servicios, en las calles aumentaba el nivel de las refriegas y algunos actos vandálicos empeñaban las protestas. La mañana del sábado 12, el edificio de la Contraloría del Estado, la institución que controla el uso de fondos públicos, fue incendiado por un grupo de encapuchados a los que el Ejecutivo identificó como miembros de la pandilla Latin Kings que supuestamente respondían a directrices del expresidente Rafael Correa. El ataque a ese edificio se habría dado porque ahí reposaban documentos que lo vincularían a él y a miembros de su exgabinete con casos de corrupción, pero en medio del desbarajuste ninguna prueba respaldaba las acusaciones.

A esas horas, las imágenes aéreas que mostraban una ciudad en llamas generaban una mezcla inmanejable de tristeza y desconcierto. Más tarde, cayó la noticia de que el Gobierno decretaba el toque de queda a partir de las 15.00 y todo entró en un torbellino aún mayor. Pronto supimos que un canal de televisión y un periódico habían sido atacados por grupos de vándalos y que en barrios acomodados había enfrentamientos entre supuestos saqueadores y vecinos que se defendían. Pero a las 20.00 se vivió un momento de intenso júbilo cuando la ciudad se juntó en un cacerolazo que duró 45 minutos. Miles de personas encontramos en ese repique de ollas vacías una forma de decir que estábamos unidos.

El domingo 13 la expectativa reposaba en el diálogo que debían mantener el Ejecutivo y representantes indígenas, con la mediación de la ONU, para tratar de solucionar el conflicto. Tras una larga espera y una charla patética de parte del Gobierno y no muy lúcida de parte de los líderes indígenas, ya entrada la noche Lenín Moreno anunció que retiraba el decreto 883 y que en su lugar anunciaría uno nuevo que recogiera un acuerdo entre las partes.

El campo de batalla que habían sido El Arbolito y sus alrededores ahora era el corazón de un festejo desbordado. Tras 11 días acababa el capítulo más violento y turbio de la reciente historia política del Ecuador. Al día siguiente, desde muy temprano, cientos de voluntarios se juntaron para despejar el parque de todos los destrozos causados esos días. Para cuando yo llegué a intentar ayudar, a eso de las 10.00, ya todo estaba limpio y ordenado. El sentimiento era reconfortante y esperanzador, y creció aún más cuando vi que una cocina comunitaria seguía en pie para brindar comida a los voluntarios de la limpieza y a los cientos de indígenas que aún no se marchaban a sus comunidades. Me sumé para ayudar en el servicio del almuerzo y en un par de horas, bajo el inclemente sol de Quito, servimos cerca de mil platos de buena comida.

Lo que se vivió en El Arbolito y en los centros de paz me permitió recobrar la esperanza en la posibilidad de construir un sentido de comunidad en una ciudad que tiendo a juzgar de individualista y mezquina. En sintonía con lo que explica el filósofo George Didi-Huberman, lo que dejaron esos días de sublevación no son imágenes de acciones que buscaban acaparar un cierto poder, sino las de una gesta en la que se puso de manifiesto una clara potencia.

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