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Cañahua, la mística de la Granja Samiri

La familia Canaviri unió sabiduría ancestral con ciencia para producir un grano de calidad.

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda

01:55 / 13 de junio de 2018

Cuando los esposos Wilfredo Canaviri y Trigidia Jiménez volvieron a la granja rural que los padres de él mantenían cerca de Toledo —población que está a dos horas de Oruro—, creyeron que con sus estudios universitarios en Agronomía vencerían cualquier obstáculo que se les presentara. “Nos creíamos superhéroes, porque pensábamos que la tecnología iba a solucionar todos los problemas que hay dentro de la producción de alimentos”, comenta Trigidia.

La realidad los despertó de aquel sueño rápidamente. Durante esos años la quinua estaba en su precio más alto, así que el aymara decidió apostar todo su capital a aquel grano durante dos años seguidos. Mientras tanto, su padre y su esposa decidieron probar suerte con la cañahua. La tierra habló claro: la quinua se perdió las dos veces, mientras que la pequeña hectárea de cañahua dio frutos.

Poco a poco, los esposos reconocieron que el trabajo agrícola es mucho más que conocimiento científico y retomaron la religión ancestral que los padres de Wilfredo profesaban. “Ese primer año, mi suegro me dijo ‘hija, no solo es ponerle semilla a la tierra, también tienes que poner semilla en tu espíritu’. Volver sembró en mí nuevos valores, me ha hecho mucho más solidaria, más abierta y más simple. Despertar, ver el amanecer, sentir el viento y el frío; eso me hace feliz”.

Después de 13 años, la Granja Samiri   se convirtió en la mayor productora de cañahua orgánica de Bolivia, produciendo 80 hectáreas de grano en sus predios, que quedan a 67 kilómetros de Oruro.  

El martes 22 de mayo recibió a más de 30 participantes —entre chefs y productores, entre otros— en el evento Sembrando encuentros de saberes y sabores, organizado por el Movimiento de Integración Gastronómico Boliviano (MIGA) y el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).

La comunicación entre los trabajadores y la Pachamama es parte fundamental de la producción. Por eso el recorrido comenzó con un ritual, donde se pidió por una buena cosecha. En un lugar elegido por los ancestros de Wilfredo mucho antes, se situó un poncho rojo, rodeado por un circulo de piedras que representó el universo, “sin comienzo ni fin”,  junto a los diferentes elementos que lleva la ofrenda ritual, que se terminó por quemar.  

Trigidia dirigió el acto y se mantuvo descalza, a pesar de que las temperaturas invernales marcaron un par de grados centígrados bajo cero. Una de las reglas fundamentales de Samiri también nace de esta relación mística. “Aquí se respeta la vida de todos los seres vivientes”, afirma la agrónoma. Aprendieron a interpretar los hábitos de sus “vecinos”, para pronosticar cambios en el clima, lo que les permite planificar estrategias que resguarden su producción. Por eso también evitan a toda costa el uso de productos químicos.

 Después del ritual, los visitantes desayunaron api, empanadas y buñuelos, todos preparados con cañahua por estudiantes de Gastronomía del Instituto Tecnológico Superior de Caracollo (Itsca), guiados por el chef Marcelo Mercado.   

Wilfredo y Trigidia eligieron no tecnificar demasiado la obtención del cereal porque avasalla los principios del ecosistema que habitan. La cañahua es un cereal que crece principalmente en Perú y Bolivia y está considerada como un superalimento, porque aparte de carbohidratos tiene un alto contenido de proteína, además de calcio, fósforo, hierro y magnesio. Con trabajo cuidadoso lograron identificar y estabilizar genéticamente cuatro tipos diferentes de cañahua: samiri, wila, janko y negra, además de determinar cuál es el mejor uso para cada una.

“Al principio teníamos una mezcla de ecotipos. Ahora sabemos que samiri es buena para hacer pipocas, wila para las harinas y janko para el pito que se consume tradicionalmente. Esto nos permite abrir más mercados”, detalla Wilfredo.

Sin embargo, donde sus conocimientos están cambiando la historia de este cereal en Bolivia es en el paso de la materia prima a líneas listas para el consumo. El 30 de junio se inaugurará oficialmente su nueva planta transformadora con cinco productos: pipocas de cañahua; sopas instantáneas; barras energéticas, dulces y saladas; harinas y api, y pito.

Los seis miembros de la familia trabajan arduamente para consolidar este sueño y se han especializado: Trigidia difunde y cuida el lado tradicional de la siembra de cañahua y Wilfredo se dedica a la producción de materia prima. Pilar, la hija mayor que es diseñadora gráfica, se encarga del marketing, la publicidad y los pedidos. Jamir conoce la planta y toda su maquinaria —que está especialmente diseñada para su empresa—. “Mi hermano Jonathan es quien más decidido está a lograr su meta: él quiere ser chef y promover el consumo de la cañahua a nivel mundial”, narra Pilar, mientras sonríe pensando en su hermano que vive en Oruro por sus estudios. El menor, Willy, es el más entusiasta con la reparación de maquinaria e infraestructura, por eso quiere ser ingeniero civil.

 El recorrido terminó con un almuerzo que mostró la diversidad de platos que pueden hacerse con este cereal —acompañamientos, queques y helados, entre otros— de manos de los estudiantes del Itsca. Los invitados, todos actores de la cadena productiva alimentaria, reflexionaron sobre esta propuesta, hasta que Trigidia planteó: “¿Qué hace cada uno para contribuir con la seguridad alimentaria?”.

La cañahua es una de las opciones más interesantes de alimentación para el futuro, porque además de sus propiedades nutritivas, requiere poca agua, crece en suelos poco fértiles y es muy resistente a las consecuencias del cambio climático.

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