Escape

CHIPRE, la isla más codiciada del Mediterráneo

El país europeo se dividió en dos desde la invasión turca de 1974.

Ciudad. Kyrenia o Girne (su nombre turco) es una ciudad en la costa norte de Chipre donde el turismo llega floreciente a pesar de la división del país. Foto: Internet

Ciudad. Kyrenia o Girne (su nombre turco) es una ciudad en la costa norte de Chipre donde el turismo llega floreciente a pesar de la división del país. Foto: Internet

La Razón (Edición Impresa) / María Hervás, El País.

00:00 / 10 de septiembre de 2017

Faltan tres días para la fiesta. Cada estudiante tendrá que llevar la vestimenta típica de su país. Ammar Haj Hassan, de 22 años, no tiene en su armario nada que se parezca al traje sirio. Lleva sin volver a casa cinco años, desde que empezó la carrera de Farmacia en la Eastern Mediterranean University. El campus de Famagusta es hoy su único hogar. Un hogar en un Estado, la República Turca del Norte de Chipre, que no existe. O que ningún país del mundo, salvo Turquía, reconoce. Aun así, hay 20.000 alumnos matriculados en esta moderna universidad, la mayoría procedentes de Turquía, África y Oriente Próximo. Como Shadi Aggash, de Ramala, que estudia Finanzas y se ha ofrecido a dejarle a Hassan un atuendo palestino que a él le sobra. Ambos cuentan que vinieron a estudiar a este país del Mediterráneo oriental porque es un “oasis de paz” a pesar del conflicto que sufre la isla desde hace 43 años. “Aquí hay chicas muy guapas de todo el mundo”, bromea Aggash mientras mira de reojo a las dos iraníes que se sientan al lado. “Los estudiantes nos eligen por la calidad de nuestros grados, porque es un sitio muy seguro y porque no necesitan visado ni ningún tipo de permiso de residencia”, explica el rector, Necdet Osam. También tiene que ver con que las titulaciones —impartidas en inglés— están acreditadas por el Ministerio de Educación de Turquía, lo que les permite dar luego el salto a Europa o Estados Unidos.

Este ambiente cosmopolita contrasta con el que se respira en el resto de la ciudad. Apenas se ve gente en las deterioradas callejuelas del centro de Famagusta, sus playas están casi vacías y los hoteles de Varosha, el barrio griego donde veraneaban Elizabeth Taylor o Sophia Loren en los setenta, están abandonados y ocupados por soldados. Durante siglos, Famagusta fue uno de los puertos estratégicos del Mediterráneo, un enclave de paso entre Oriente y Occidente. Hoy no atracan barcos en el muelle y la mayoría de turistas que la visitan no se quedan ni a dormir. Es una urbe decadente en una isla militarizada y dividida en dos. Dentro de un país, Chipre, donde se levanta el último muro de Europa.

Desde que en 1974 el Ejército turco invadió un tercio del territorio, los turcochipriotas viven en el norte, en la autoproclamada República Turca del Norte de Chipre (RTNC), custodiados por unos 35.000 soldados turcos. Los grecochipriotas residen en el sur, en la República de Chipre, país miembro de la Unión Europea. La población del norte no llega a los 300.000 habitantes. La del sur, más de 800.000. Todos han aprendido a convivir separados por una frontera de 180 kilómetros, la llamada Línea Verde, que vigilan un millar de cascos azules, y que atraviesa la capital, Nicosia.

Pero el statu quo puede dar un giro en cualquier momento. La inestabilidad creciente en Oriente Próximo (la costa de Siria queda a unos 100 kilómetros de Chipre), el descubrimiento de las reservas de gas en sus aguas y el pulso entre varios actores —con el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, a la cabeza, seguido de la Unión Europea y Rusia— condicionan el futuro de la isla. La comunidad internacional, auspiciada por la ONU, reclama la reunificación del país. Pero las últimas negociaciones para alcanzar un acuerdo se volvieron a frustrar en julio. Mientras, la decadente Famagusta, condenada como todo el norte al ostracismo mundial, sale adelante gracias a sus universidades. En los últimos años se han abierto 14 campus —la mayoría privados— en el norte. Ahora mismo hay matriculados casi 80.000 estudiantes extranjeros. Este sector se ha convertido en una de las principales vías de financiación de su asfixiada economía, que depende de las ayudas de Turquía. Otra son los casinos, frecuentados muchas veces por turcos que no pueden darse ese gusto, prohibido en su país.

El turismo también aflora poco a poco. El norte tiene muchos atractivos naturales e históricos, como las ruinas romanas y griegas de la ciudad de Salamina. Ceren Bogac, una turcochipriota que participa en Famagusta Ecocity, el proyecto para recuperar el antiguo barrio griego de Varosha, reivindica la riqueza cultural de esta parte de la isla. “Tenemos que restaurar nuestro patrimonio, que en realidad es el de todos”, dice mientras se escucha de fondo la llamada a la oración de la mezquita Lala Mustafa Pasha, una imponente catedral gótica que los otomanos convirtieron en templo musulmán en el siglo XVI.

La mayoría de turistas se concentra en Girne (nombre turco de la antigua ciudad griega de Kyrenia), un paraíso playero, resguardado por verdes montañas desde las que ondean varias banderas de la República Turca del Norte de Chipre. Aquí hay una importante colonia de ingleses. Stephen Day es uno de ellos. El vicepresidente de la British Residents Society, organización que representa a los británicos que viven en la parte ocupada, lleva 12 años disfrutando de su jubilación en Chipre. “Hay unos 10.000 compatriotas con casa aquí”, cuenta. Con los turcos, forman las comunidades foráneas más grandes en el norte.

En el sur, en la República de Chipre, alrededor del 23% de la población son expatriados. Sobre todo de Reino Unido, Grecia y Europa del Este. La zona grecochipriota recibió en 2016 tres millones de turistas. Y Pafos, la ciudad más occidental de la isla, ha sido declarada Capital Europea de la Cultura 2017. Cada vez más extranjeros quieren instalarse en la tercera isla más grande del Mediterráneo atraídos por el clima, la calidad de vida y el idioma (los isleños heredaron el inglés). “Aquí no se muere nadie, pero es un conflicto tenso con un montón de soldados a ambos lados de la frontera”, recordaba Espen Barth Eide, último enviado especial de la ONU.

Grecochipriotas y turcochipriotas convivieron durante siglos. Los primeros, de fuerte identidad helena, son mayoría. La idea de anexionarse a Grecia (un movimiento conocido como enosis) siempre ha estado muy vigente entre ellos. Sobre todo en la época en la que Chipre era una colonia británica. Los segundos, en minoría, querían separarse de sus vecinos ortodoxos. En 1959, los chipriotas consiguieron su ansiada independencia británica. La nueva Constitución integraba a los dos grupos étnicos en un mismo Estado. Un año después, Reino Unido —que se quedaría con dos bases militares en la isla que luego han utilizado para sus operaciones en Oriente Próximo— firmaba un tratado de garantías con Grecia y Turquía para preservar el orden del nuevo país. Pero la estabilidad duró poco.

En los sesenta, la violencia entre las dos comunidades fue en aumento. La ONU decidió enviar un contingente de 8.000 cascos azules. La tensión estalló el verano de 1974. Un golpe de Estado orquestado por una junta militar en Atenas, que pretendía llevar a cabo la enosis, acabó con el Gobierno del arzobispo Makarios III. Entonces Ankara lanzó una operación militar para defender a los turcochipriotas e invadió la parte septentrional, hasta ocupar más de un tercio de la isla. En los meses de julio y agosto de 1974, el antiguo ­aeropuerto de Nicosia, capital de Chipre, se convirtió en un campo de combate.

Conflicto

El que fue el aeródromo más moderno de la isla es desde entonces un fantasmagórico lugar donde el tiempo parece haberse detenido. Todavía hoy se pueden ver las balas que impactaron en un avión de pasajeros de la compañía Cyprus Airways que nunca volvió a despegar. El graznido de los cuervos hace eco dentro de la turbina de sus motores. Las dos pistas de aterrizaje han sido devoradas por los matojos y el secarral. Los alambres oxidados y los cristales se desparraman por el suelo de una de sus dos terminales. La contienda acabó con un país dividido y una línea de alto el fuego controlada por la ONU que discurre por el aeropuerto.

“Nosotros no podemos cambiar esto. Es una zona muerta”, sentencia el oficial de la ONU Robert Schütz. Él es uno de los casi 900 cascos azules que permanecen todavía en Chipre vigilando la Línea Verde. Los soldados patrullan por tierra y aire esta franja desmilitarizada que se extiende de este a oeste y que ocupa un terreno que oscila entre los 20 metros y los 7 kilómetros. El viejo aeropuerto quedó dentro de este territorio neutral y aquí se encuentra el cuartel general de la ONU en Chipre.

Aquel verano de 1974, unos 160.000 grecochipriotas del norte tuvieron que huir y ponerse a salvo en el sur. Y viceversa. Más de 40.000 turcochipriotas del sur fueron obligados a desplazarse al norte. Todos pensaron que volverían. Stavroulla Vassiliadou Yiannaka tiene 82 años y aún sigue esperando. La anciana ortodoxa no puede reprimir las lágrimas al recordar cómo tuvo que dejar su casa en Katokopia, un pueblo al noroeste de Nicosia que quedó en la zona ocupada, para ponerse a salvo en la capital. Su marido y ella tenían tres hijos pequeños. “Tuvimos que empezar de cero”. En 2003, cuando el Gobierno del norte abrió la frontera (desde entonces hay varios puestos de control para cruzar la Línea Verde), visitó su casa. Le abrió la puerta una señora turcochipriota. “Me dijo que era de Pafos, que también ella tuvo que abandonarlo todo”. Su hija María, de 50 años, no fue capaz de acompañarla. “Son recuerdos muy dolorosos”. Donde sí suele ir es al campo de naranjos y limoneros heredado de sus padres y que se encuentra en la Línea Verde. “No podemos construir porque es una zona protegida por la ONU, solo nos dejan recoger la cosecha”. Cuando se le pregunta a la abuela por la situación del país, contesta: “Los turcochipriotas han sido nuestros hermanos. Podemos convivir con ellos, pero sin los colonos”.

Se refiere a los turcos que llevan años instalándose en la isla, pero la falta de cifras oficiales impide saber cuántos son. Cada vez son menos los que pueden contar en primera persona cómo fue la convivencia entre las dos comunidades. Las nuevas generaciones han crecido sin contacto. “El desconocimiento del otro es culpa de la educación que han recibido”, explica Niyazi Kizilyurek, un respetado profesor turcochipriota de la Universidad de Chipre. Tampoco ayuda la alta tasa de emigración. La isla atrae a los jubilados extranjeros, pero expulsa a sus jóvenes. “Cuanto más tiempo pase, más crecerá el desinterés por la reunificación”, advierte Kizilyurek.

Cuando Ceyda Alcicioglu tenía seis años se imaginaba a los “grecochipriotas como monstruos”. Esta veinteañera creció en la parte turca de Nicosia, una capital europea dividida por un muro de sacos terreros, espinosas alambradas y viejos bidones de latón. La frontera se hace imperceptible si no fuera por los soldados que permanecen en ambos lados. Cada mañana, la joven cruza el puesto de control griego para ir al museo en el que trabaja. Alcicioglu consiguió unas prácticas en un programa que promueve el intercambio entre jóvenes de los dos lados. Cuando llega al puesto de la calle Ledras, la principal vía comercial, tiene que identificarse ante los soldados grecochipriotas. Esta tarde ha quedado para tomar unas cervezas con Elizavet Kozakou, una grecochipriota que ha encontrado empleo en el lado turco. Ella también tiene que mostrar su documento de identidad para ir a la universidad en la que trabaja. Ambas esperan que el conflicto se resuelva. “Aunque parece que a nadie le interesa realmente”, sostiene Kozakou.

El presidente grecochipriota, Nikos Anastasiadis, y el líder turcochipriota, Mustafa Akinci, se reunieron a primeros de julio en la localidad suiza de Crans-Montana para llegar a un acuerdo que volvió a frustrarse. La negociación, auspiciada de nuevo por la ONU, apostaba por un Chipre reunificado bajo la fórmula de una federación bicomunal con una única soberanía. El asunto más espinoso fue el de siempre: las garantías de seguridad. El Gobierno de Anastasiadis pide la retirada de los 35.000 soldados turcos del norte. Algo impensable para los turcochipriotas, porque sienten que la presencia militar es la única que les garantiza su pervivencia frente a la supremacía griega. Una propuesta que también desaprueba Ankara. En una ocasión, Erdogan definió la relación entre su país y el norte de Chipre como la “de una madre con su hijo”. Un vínculo que, según algunos expertos, no ayuda a la reconciliación. “Turquía es un líder agresivo en potencia que afecta a todo Oriente Próximo”, sostiene Hubert Faustmann, director de la fundación política alemana Friedrich-Ebert-Stiftung en Nicosia. Los turcochipriotas reivindican que sus hermanos turcos han sido hasta ahora su único salvoconducto para salir adelante. Por ejemplo, desde el año pasado reciben agua a través de un oleoducto submarino que conecta los dos países y que les permite paliar una terrible sequía.

Religión

El primer municipio beneficiado ha sido Morphou (de unos 19.000 habitantes). Rodeada de campos de naranjos, aquí se encuentra la iglesia de Agios Mamas, un importante templo ortodoxo cerrado para los feligreses. “Si quiere entrar, hay que pedir permiso”, recuerda su alcalde turcochipriota, Mahmut Özçinar. Lo que ha aumentado en los últimos años en esta localidad ha sido el número de mezquitas. “Ahora viven más musulmanes y por eso se construyen más templos”, explica.

Los turcochipriotas de carácter secular denuncian, en cambio, la islamización de la región. “Lo que está haciendo Turquía es una política consciente de transformación cultural contra la mayoría de la sociedad autóctona del norte de Chipre”, denuncia el politólogo Faustmann. Muchos temen que esto les separe aún más de sus vecinos cristianos. Neophytos, obispo de Morphou, siempre intentó tender puentes, fue el primer sacerdote que ofició una misa en el norte. Pero su visión sobre el futuro no es pacífica. “La solución al problema chipriota se dará después de una reorganización mundial, una guerra que ya ha comenzado en Siria”, dice desde su despacho, como si estuviera en el púlpito.

“La comunidad internacional está harta de esperar”, advertía Espen Barth Eide antes de la última negociación frustrada. El diplomático noruego ha intentado acercar posturas durante tres años, pero después del fracaso en la reunión de Crans-Montana, se despedía del país a primeros de agosto. El descubrimiento de yacimientos de gas al sur de la costa de Chipre puede derivar en otro elemento de confrontación. El Gobierno del norte, con Erdogan a favor, exige participar en la explotación de unos recursos que pertenecen, según ellos, a todos los chipriotas. Estas reservas se extienden por aguas de Israel y Líbano. La Unión Europea apoya la construcción de un gasoducto que atravesaría Chipre y Grecia y que reduciría la dependencia energética de Europa con respecto a Rusia. Pero hay varios escollos: el elevado coste que tendría el gas, la tensa relación entre Israel y Líbano, y el problema chipriota.

La presión puede estallar en cualquier momento. Oleg Reshetnikov no quiere ni pensarlo. Montado en su flamante descapotable, conduciendo a 130 kilómetros por hora por la autopista que conecta Nicosia con Limasol, al sur, el empresario ruso presume de lo bien que le va. Le fascina dejarse llevar por la velocidad mientras atraviesa los campos de trigo que se extienden a ambos lados de la carretera. Si le gusta un sitio, saca el dron del maletero para hacer fotos. Reshetnikov, de 43 años, larga perilla roja y aspecto desenfadado, se instaló aquí con su familia y fundó una compañía de publicidad online. “Estaba harto del frío”, cuenta. También influyeron las ventajosas condiciones en política fiscal que ofrece Chipre a los inversores. Más de 35.000 expatriados rusos residen en Chipre. La mayoría vive en Limasol, la urbe más cosmopolita. Después de cinco años de crisis, rescate y recesión, la economía se va recuperando. “Esta isla tiene muchas posibilidades, por eso quiero que mis hijas crezcan aquí”, reconoce Ivan Mikhnevich, uno de los fundadores de la compañía de videojuegos Wargaming, con sede en Nicosia. “Por eso hemos creado un partido político, para luchar por los intereses de los expatriados”, cuenta este bielorruso de 38 años. “La sociedad todavía no es lo suficientemente moderna y democrática”.

Chipre es hoy más que nunca un enclave de nacionalidades y culturas donde cada uno busca su lugar, ajeno al conflicto. Una isla de oportunidades para los futbolistas españoles que no han podido brillar en su liga patria. El AEK Larnaca, uno de los equipos de primera división de la parte griega, cuenta en su plantilla con más de una decena de jugadores “made in Spain”. “Yo no sabía ni dónde estaba este país”, confiesa Juanma Ortiz, de 35 años, que jugó en el Atlético de Madrid. “Aquí cobramos un sueldo a final de mes, nuestros hijos aprenden inglés y se parece mucho a España en el clima y el estilo de vida”, explica Imanol Idiakez, el entrenador.

La isla que vio nacer a la diosa Afrodita también atrae cada año a cientos de parejas para contraer matrimonio. Muchos son israelíes y libaneses. En este rincón tan cercano a Oriente Próximo, los enlaces civiles entre personas de diferente religión no encuentran ningún obstáculo. A las nueve de la mañana se celebra la primera boda en el Ayuntamiento de Lárnaca. El novio, Stalisnav Beggelman, es un ruso judío afincado en Israel. La novia, Anna Lazko, también es rusa, pero ortodoxa. Aquí nadie les pondrá peros para dar el gran paso. Los casa Monica Meleki, una concejala búlgara de pelo rojo y cara de muñeca de porcelana. Empieza la ceremonia. Se escucha una balada de Tina Turner. La música la ha elegido Tina Constantinous, la señora de la limpieza. Al no tener invitados, ella será la única testigo de su amor. Diez minutos después, los recién casados empezarán su luna de miel en este paradisiaco rincón del Mediterráneo que sigue sin encontrar su encaje en el mundo.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28 29 30

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia