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Bailar hasta morir

Histeria colectiva en Estrasburgo.

Danzarines. Una mañana de julio de 1518, una mujer conocida como Frau Troffea salió a las calles de Estrasburgo, Francia, y comenzó un baile compulsivo y frenético que duraría entre cuatro y seis días. Al cabo de un par de semanas se juntaron 400 danzarines. Foto: Internet

Danzarines. Una mañana de julio de 1518, una mujer conocida como Frau Troffea salió a las calles de Estrasburgo, Francia, y comenzó un baile compulsivo y frenético que duraría entre cuatro y seis días. Al cabo de un par de semanas se juntaron 400 danzarines. Foto: Internet

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo / La Paz

00:00 / 06 de agosto de 2017

Diversos sectores de la sociedad boliviana critican el excesivo número de entradas, prestes callejeros, bailes por doquier. Algunos datos podrían asegurarles la razón, solo en La Paz se registran al menos 800 fiestas patronales, según la Unidad de Promoción del Folklore y las Artes Populares del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz. Más de dos celebraciones por día en el departamento. El asunto está tan impregnado en los genes, que hasta existen leyendas y mitos populares que involucran de plano a la danza, como la del Tata Danzanti, ese personaje andino que debe bailar hasta morir o sufrir durante el bailoteo como una penitencia impuesta tras faltar a la comunidad o deshonrar a sus padres, tal cual narra Jorge Sanjinés en La nación clandestina.

Pero lo que algunos apuntan como una conducta colectiva propia de los Andes, exportada por las comunidades en el exilio, no puede ser considerado un patrimonio exclusivamente nacional. No hay civilización sin música y ésta ha invitado desde siempre al hombre a mover el cuerpo como respuesta natural. Es como si fuera una necesidad humana. El bailarín y coreógrafo francés Jean-Georges Noverre planteó en el siglo XVIII que la misión esencial de la danza es expresar por sí misma ideas y emociones, con una narración lógica como se da en una obra de teatro. El antropólogo español Josep Martí llegó a afirmar que “la danza proviene de la necesidad ritual del hombre”.

Lo más curioso en la historia de esta expresión artística, donde se utiliza el movimiento del cuerpo, tuvo sus momentos de histeria general hace casi cinco siglos, en 1518, en un pueblo de Francia llamado Estrasburgo, donde cientos empezaron a bailar sin explicación alguna hasta, en algunos casos, encontrar la muerte. Los cronistas de la época dicen que a mediados de julio de aquel año, Frau Troffea, una lugareña,  se paró en mitad de una calle de aquella por entonces villa del noreste de Francia, y comenzó a bailar y no paró hasta que el cuerpo le dijo basta. No atendía razones, bailaba y bailaba sin pausas. Al final de la semana, otras 34 personas se habían unido a la danza y a fin de mes ya eran 400 bailando por las calles como poseídas por el mismísimo demonio, un caso que la ciencia tardó años en tratar de explicar y que aún no tiene una teoría justificativa; un hecho que en la actualidad sería, sin duda, portada de todos los medios.

La danza del Tata Danzanti, cuya traducción al castellano es Señor Danzador, se practica en la actualidad y está relacionada con la muerte, fertilidad y reproducción.

La primera explicación que intentaron algunos era que, en realidad, se trataba de danzas practicadas en pleno éxtasis ritual por algún tipo de secta herética. Pero acabado el oscurantismo esta declaración fue descartada por completo. También se ha propuesto el ergotismo como solución. El también llamado Fuego de San Antonio era una enfermedad muy extendida en aquella época en la que un hongo, el cornezuelo, infectaba el centeno, y bastaba con elaborar una partida de pan con este hongo para “descerebrar” a algunos. Sucede que a partir de una sustancia del cornezuelo se sintetiza el LSD, esa sustancia química que produce una severa desconexión con la realidad, por lo que parece lógico un brote de locura colectiva. Aunque el profesor de Historia de la Universidad Estatal de Michigan, Estados Unidos, John Waller, explica que las sustancias químicas del cornezuelo podrían causar convulsiones y alucinaciones, no parece probable que puedan hacer que cientos de personas bailen durante semanas hasta llevarlos a la muerte.

Según Waller, lo que sucedió fue un caso de psicosis colectiva inducida por el estrés, tomando en cuenta que los años previos a 1518 fueron terribles para Estrasburgo y toda la región fronteriza con Alemania, pues hubo hambrunas muy serias en 1492, 1502 y en 1511. Además de ello, la sucesión de inviernos extremos y veranos sofocantes hizo que 1517 fuera un año con una tasa altísima de mortalidad, el hambre fue más profunda y la ansiedad no hizo más que crecer. Documentos históricos, incluyendo “apuntes de doctores, sermones, crónicas locales y regionales e incluso notas publicadas por el municipio de Estrasburgo” son enfáticos al afirmar que las víctimas bailaban sin explicación. Y a medida que la “epidemia” empeoraba, nobles preocupados con lo acontecido buscaron el consejo de médicos, quienes sugirieron causas astrológicas y sobrenaturales en lugar de científicas. Lo cierto es que muchos murieron de una forma envidiable. Bailando.

Otros casos de histeria colectiva

La principal característica de la histeria colectiva es que la conducta patológica se manifiesta en un gran número de personas. Normalmente, la histeria en masa empieza cuando un individuo cae enfermo o histérico durante un periodo de estrés. Luego de que este individuo inicial empieza a mostrar sus síntomas, otros comienzan a manifestar sintomatologías similares, generalmente náusea, debilidad muscular, ataques o dolores de cabeza. A menudo, la visión de milagros religiosos es atribuida a la histeria en masa. La Nochebuena del año 1021, 18 personas comenzaron a bailar en la puerta de una iglesia de Cölbigk, un pueblo de Sajonia, Alemania. El párroco, al comprobar que el estruendo no le dejaba continuar la misa, salió y les ordenó que callaran. Pero ellos lo pusieron al centro de un círculo para danzar a su alrededor. En 1247, un ataque similar ocurrió en Erfut, también en Alemania, y poco después 200 personas murieron ahogadas cuando el puente sobre el que bailaban se hundió bajo sus pies en Maastricht, Países Bajos. Y más cerca en nuestros tiempos, en 1962, en Tanzania un ataque de risa que comenzó con tres niñas se propagó de tal manera que en tres meses 1.000 personas lo habían padecido y 14 escuelas fueron cerradas por la imposibilidad de impartir clases.

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