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Amigas por siempre; un lazo que dura cerca de 90 años

Marina y Yola se conocieron a los cuatro años y si bien la vida las distanció por algunas épocas, son unas aliadas.

Marina Barragán y su amiga Yola. Foto: Alejandra Rocabado

Marina Barragán y su amiga Yola. Foto: Alejandra Rocabado

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo / La Paz

18:50 / 01 de agosto de 2017

Inseparables. Sus vidas se cruzaron en el lejano 1929. Marina Barragán llegó junto a su familia de la potosina Catavi y fue recibida en La Paz por la progenie de Yola Pol. Eran unas niñas de cuatro años que empezaban a descubrir el mundo y entre ellas sus relaciones de amistad. El tiempo ha pasado, hoy ambas tienen 92 y siguen compartiendo momentos y sensaciones, rodeadas de sus generaciones consanguíneas que han sabido abrazar los lazos con el otro y formar una gran pero gran familia. Se trata de un testimonio de amistad digno de narrar en una fecha como la de hoy, en la que se celebra el Día del Amigo como corolario de aquella Cruzada mundial de la amistad que se había instaurado en Paraguay en 1958, la cual buscaba fomentar la Cultura de la Paz en un mundo siempre conflictivo.

La familia Barragán bajó aquel 23 de julio del automóvil y la más pequeña entre ellos tenía puesto un vestido blanco, guantes y llevaba un abrigo rojo. Fue lo que primero le llamó la atención a la pequeña Yola, quien miraba sobrecogida cómo aquellos adultos festejaban el reencuentro. Y también llegó el momento de la presentación de las niñas. “Ella va a ser tu amiguita”, fue la frase común. Y así fue. Empezaron a compartir esa apertura al conocimiento desde el kínder en el barrio San Pedro, aunque luego fueron separadas en escuelas distintas, Marina en el colegio Santa Ana y Yola en el Inglés Católico de la zona norte paceña. Pero ello no impedía que luego de que sonara la campana de salida, ambas acudan al reencuentro siempre guiadas por sus padres, que también eran grandes amigos. 

¿Qué hacían estas chiquillas para divertirse mucho antes de la medianera del siglo pasado? Pues jugar a las bolitas, a la tunkuña, pero por sobre todo con sus muñecas. “Ella ha sido muy buena desde wawa; cuando mi familia viajaba la llevábamos con nosotros, y lo mismo pasaba cuando se iba ella con sus parientes”, recuerda Yola. Fueron creciendo y Marina se hizo bolivarista y Yola del The Strongest, que tampoco significó un distanciamiento, todo lo contrario. “Íbamos todos los domingos al estadio ya sea con su familia o con la mía, y después nos íbamos de nuevo a jugar con las muñecas a la casa”, dice Marina hoy.

 

También empezó a hacerse una costumbre el asistir a las funciones matinales en los cines de la ciudad. “Los domingos por la mañana había funciones para niños especialmente”, cuenta Yola. Pero el destino las iba a separar un tiempo pues la familia Vargas Barragán decidió trasladarse a Buenos Aires, Argentina, donde Marina, a sus 15, sería instruida en el instrumento del piano, además de cursar corte y confección. Fueron años de tristeza para ambas que se habían acostumbrado a compartir de todo. En ausencia de su amiga, la joven Yola se hizo fanática de Palito Ortega, coleccionando sus discos, recortando las notas periodísticas sobre el artista e incluso asistiendo al concierto que brindó el argentino en ocasión de su visita a La Paz. Marina disfrutaba del mate y las medialunas, además de su formación musical, pero añoraba el retorno, una nostalgia que se traducía en lágrimas. “Nos escribíamos cartas por lo menos una vez al mes y nuestros papás se encargaban de enviarlas”, narra Yola.

El reencuentro volvió a ser pura felicidad para ambas. Ya eran jóvenes que recordaban los mejores años de sus vidas, la niñez. En esas andanzas, Yola pasó a integrar la fraternidad del club Always Ready y Marina la de un grupo rival, Los Splendid, para celebrar fechas como las del carnaval. La moda musical estaba marcada por la conga, el tango y también por la denominada Nueva Ola en el Club de La Paz, donde se organizaban diversas kermeses. Y también eran habituales asistentes a los rodeos de la plaza de toros Olympic en el complejo de su barrio.

Luego, el tiempo de los amores y los consejos entre amigas, hasta que de a una decidieron que había llegado el momento de formar su respectivo hogar. “Tuvimos enamorados que nosotras nomás sabemos”. Marina fue la primera a los 21, y luego Yola a los 23, con el aditamento de que los dos hombres también eran muy buenos amigos. Obviamente que la una estuvo en la boda de la otra y todo fue un festín de placideces. De ahí, los hijos que empezaron a llegar y a quienes se presentaba como los sobrinos de una y otra parte, formando un clan con familiares “de cariño”. “Somos comadres; nosotros éramos las encargadas los domingos para ir al estadio a agarrar espacio para todos”, dice Marina riendo.

También fueron testigos de los cambios que marcaron la historia del país. “Algo que tengo bien grabado en mi mente son las imágenes del asalto a la casa del presidente (Enrique) Peñaranda, la gente se llevaba sus cosas hasta en burros”, dice Marina. “Cuando éramos chicas era imposible pensar en un presidente indígena; eso se ha dado y yo estoy feliz de haber podido verlo”, explica Yola. Advirtieron hitos como la existencia del tranvía, la llegada de la televisión y del celular y recientemente de la construcción del teleférico, entre otras cosas. “La Paz es una ciudad hermosa, yo no la cambio por nada”, coinciden ambas amigas. Ellas que ya han cumplido 88 años de amistad. Y viven para contarlo.

Yola (izquierda) y Marina (derecha) en una visita al parque Disneyland en Estados Unidos.

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