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El adiós a un símbolo del comercio paceño, el Gato Blanco

Después de 70 años de vigencia, la afamada tienda paceña El Gato Blanco cerró sus puertas para siempre.

Sandra Asbún se para delante de la última ubicación de la tienda "El Gato Blanco", en el Shopping Norte. Foto: Wara Vargas

Sandra Asbún se para delante de la última ubicación de la tienda "El Gato Blanco", en el Shopping Norte. Foto: Wara Vargas

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández / La Paz

11:27 / 19 de diciembre de 2016

Margarita Zuleta se negaba a creer que El Gato Blanco iba a cerrar sus puertas, así es que salió de su casa para comprobarlo por sí misma. La mañana del 1 de diciembre tomó un vehículo público, llegó a la calle Potosí 1022 y se paró en la puerta corrediza ploma, que lleva como distintivo principal un gato blanco dentro de un círculo azul. “Se comunica al público en general que solamente se atenderá para entregar mercadería facturada hasta el día 30 de noviembre de 2016. Gracias por su comprensión”.

En ese momento, el rostro de Margarita reflejaba una mezcla de pena y recuerdos... “¡Vamos al Gato Blanco!”, gritaba su mamá para que ella y sus hermanos se vistieran rápido, hace más de 30 años, ya que era como visitar un parque o tal vez mejor, pues allí había de todo, “lo que uno necesitaba lo encontraba en El Gato Blanco”.

“Desde una aguja hasta vajilla japonesa”, corrobora Sandra Asbún, una de las dueñas y última administradora del negocio que estaba ubicado en el corazón de La Paz. Había muñecas españolas Famosa y Berjusa, juegos de mesa y juguetes Estrela y Grow, artículos para el hogar de las marcas Tramontina, Oxford, Villa Rica, Montealto y Pozzani. Sí, había de todo, y todo empezó con los bisabuelos de Sandra.

  • Gente observa desde las afueras de El Gato Blanco, que estaba en la calle Potosí 944.

Aproximadamente en 1912, Domingo Asbún y María Zugby emigraron de Belén (Cisjordania) con el objetivo de encontrar mejores días para ellos y su futura familia. Fue así como llegaron a Cochabamba, donde casi de inmediato abrieron su tienda, a la que bautizaron Palestina. La vida en esta tierra los trató bien, lo cual se reflejó en un hogar de 14 hijos.

Al cuarto lo bautizaron con el nombre de Antonio, quien desde muy niño mostraba un espíritu aventurero, tal es así, que cuando tenía la edad suficiente recorría los centros mineros del occidente boliviano para llevar mercadería en mulas y abrió con Abraham (su hermano mayor) la primera tienda El Gato Blanco en la Llajta.

En uno de sus viajes por el altiplano, Antonio recaló en La Paz, ciudad que eligió para vivir el resto de su vida. Al igual que sus padres, muy pronto, en los años 30, inauguró un comercio de artículos en general, que llamó Importadora Zugby, en la calle Genaro Sanjinés.

En poco tiempo, el espacio quedó pequeño para la prosperidad de su emprendimiento, así es que juntó dinero y comenzó la construcción de un edificio propio, en la calle Potosí 944, donde inauguró El Gato Blanco. “Donde hoy en día se encuentra la Fiscalía, ese edificio lo hizo mi abuelo”, afirma orgullosa Sandra antes de observar una fotografía de los 14 hermanos Asbún en la pared de su despacho.

El alma aventurera de Antonio se transformó con el tiempo en espíritu emprendedor, ya que compró una propiedad a pocas cuadras de la plaza Murillo, en la calle Potosí 1022, donde estableció la ubicación definitiva de El Gato Blanco, allí su hijo Fernando —padre de Sandra— edificó el Shopping Norte.

Desde botones hasta artículos para el hogar, la tienda importaba productos de China, Japón y Checoslovaquia (ahora República Checa), así como casimires ingleses y españoles. Era tan popular, que la mamá de Margarita gritaba: “Vamos al Gato Blanco”, con tal de que sus hijos se vistieran rápido y salieran a la calle. Y así como ésta y otras familias, al negocio también llegaban personalidades como el expresidente René Barrientos Ortuño, quien antes de ir al Palacio de Gobierno solía quedarse en la puerta del almacén para conversar con Antonio en quechua.

De igual manera llegaba don Pablo, un lustrabotas muy conocido en esa cuadra de la sede de gobierno y que también compartía amenas charlas con el dueño del “Gato”. Entre los clientes asiduos estaban el eterno dirigente minero Juan Lechín Oquendo y el líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz, a quien Sandra conoció de muy niña.

“¿Era El Gato Blanco su segunda casa?”, pregunta el periodista. “No”, responde. “Era mi casa”, dice con toda convicción, debido a que su papá la llevó al negocio desde sus ocho años para que se interiorizara del negocio familiar. “Nacíamos y crecíamos acá”.

Además de los asiduos clientes paceños, al local llegaban del interior del país y del Miamicito (el sector de comerciantes que se encontraba en la calle Chorolque, en inmediaciones de la Garita de Lima), principalmente para surtir su mercadería con las importaciones de El Gato Blanco. En Navidad, la tienda era dividida en dos, con el fin de que la parte delantera estuviera destinada solo a los juguetes que los niños esperaban con ansias, cuando escribían a Papá Noel que El Gato Blanco les trajera una pelota, una cuerda para saltar o canicas multicolores, que llegaban en grandes cantidades. El 24 de diciembre era muy difícil que los Asbún la pasaran en familia, ya que debían atender todo el día a los compradores, quienes 10 minutos antes de Nochebuena continuaban llegando porque necesitaban adquirir un regalo.

“Toda una vida de sueños, aventuras, de lucha, alegrías, penas, errores, aciertos”, reflexiona Sandra dentro de la tienda vacía y oscura. Entre los muchos problemas que atravesó, El Gato Blanco abrió este año de manera intermitente durante tres meses como consecuencia del cierre de calles por la movilización de las personas con discapacidad. El contrabando, las falsificaciones y el pago del doble aguinaldo fueron motivos suficientes para que el negocio colapsara. Al final, Fernando y Martha —padres de Sandra y dueños de El Gato Blanco— tomaron la difícil decisión de cerrar un ciclo de más de 70 años, de los que 45 se desarrollaron en el Shopping Norte. “Todo el mundo conoce El Gato Blanco, nos da mucha pena, no deberían haber hecho eso”, reniega Martha Baldivieso al ver el anuncio que tapa el rostro del felino que caracterizaba el negocio, y resalta que desde hace 40 años visita la tienda de los Asbún.

Miriam Lara y Martha Baldivieso tampoco creyeron la noticia y ahora lo comprueban al leer el anuncio pegado en la puerta del comercio cerrado. “Es una pena que se cierre. Imagínese, nosotros comprábamos de buena calidad y con factura”, dice Martha, mientras que Miriam rememora que su cuñada la llevaba a adquirir platos, vasos y termos. “Estamos doblemente agradecidos por la confianza. El llevar una taza de El Gato Blanco o una aguja es habernos abierto las puertas de su hogar”, manifiesta Sandra antes de abrazarse con María Quinteros, quien desde hace 52 vende afuera del shopping y que vio crecer a los Asbún, por lo que se siente parte de la familia y manifiesta el mismo dolor, que se expresa en lágrimas y en promesas de que seguirá acompañando a la familia.

“¿Habrá un nuevo Gato Blanco?”, pregunta el periodista. “No, ya no, se va…”, responde Sandra y el silencio y la pena inundan la tienda que no volverá más, mientras que la vida continúa desarrollándose en la calle Potosí, afuera de la puerta ploma, con la figura de un gato que fue emblema de la sociedad paceña.

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