Animal Político

Ni vigilar, ni castigar

El sistema penitenciario tendrá sentido solo si los internos trabajan y con ello cumplen su responsabilidad.

La Razón (Edición Impresa) / Luis F. Camacho rivera es psicólogo, trabajó en recintos penitenciarios

00:00 / 30 de enero de 2019

Solo encerrar y socapar. Es lo que se hace en el régimen penitenciario boliviano. Vigilar y Castigar es la obra de Michel Foucault en la que se describe y analiza “el nacimiento de la prisión”: “El siglo XIX se sentía orgulloso de las fortalezas que construía en los límites y a veces en el corazón de las ciudades. Le encantaba esta nueva benignidad que reemplazaba los patíbulos. Se maravillaba de no castigar ya los cuerpos y de saber corregir en adelante las almas. Aquellos muros, aquellos cerrojos, aquellas celdas figuraban una verdadera empresa de ortopedia social.” (Foucault M., 1975)

Hace dos siglos se ufanaban de “saber corregir las almas” de los delincuentes, hoy ni siquiera eso se pretende. Con “ponerlos tras las rejas” a que delincan desde las sombras y en contubernio con la Policía, ya se justifican los salarios, pero no así las funciones: ni vigilar y mucho menos castigar. Tener techo, comida, droga sin que para ello se deba trabajar, es una situación que ni siquiera induce a la reflexión. Solo conduce a lasitud y degradación de la humanidad que, en diferente grado, cada una de las personas que cumplen condena portaba al ingresar. ¿Rehabilitación? Ni en sueños. Y no es porque sea demasiado difícil o costoso, además de estar reglamentada en la Constitución y las leyes. Es simplemente porque no conviene a quien tiene “las riendas” en la mano.

No es intención del presente artículo señalar con el dedo al culpable del execrable delito de fomentar la criminalidad; lo que sí nos interesa es diseñar a grandes rasgos, un camino de salida. Empecemos tratando de responder la fácil pregunta con una entre muchas difíciles respuestas: ¿Por qué se delinque? Las causas son muchas y muy diversas, desde las neuropsicológicas que dan origen a inclinaciones a la marginalidad y a las psicopatías, hasta las más comunes que nacen de la necesidad y de la mano de la oportunidad y la pereza. Estas últimas, por ser, como dijimos, las más comunes, son las que más nos interesan y probablemente las más fáciles de comprender y explicar: las necesidades son muchas, no hay trabajo y los que hay demandan mucho esfuerzo y son mal pagados. La pereza nos vence y la oportunidad se presenta: vender drogas ilegales. No se requieren estudios superiores ni inferiores y se gana relativamente bien con poco esfuerzo. El trabajo está ligado a la diversión y al glamour de la farándula y “la noche”. Tarde o temprano nos alcanza el largo brazo de la ley y nos deposita tras las rejas. Al cabo de poco tiempo la dinámica envolvente de la prisión y la certeza de no poder caer más bajo nos adormece y acabamos haciendo el mismo trabajo, pero amparados por la ley. Hemos perdido la libertad, es cierto, pero también la vergüenza.- “Señora xx, usted es por séptima vez reincidente, es cierto que aquí tiene usted techo, comida, agua, luz, servicio de salud, sin gastar un centavo, pero ¿no valora usted la libertad?”, en mi rol de psicólogo de la prisión, trataba yo de inducir a la reflexión a una mujer privada de libertad. - “¿De qué libertad me está usted hablando licenciado?”, me respondía con otra pregunta, haciendo gala de seguridad.

Es cierto que la libertad como la salud solo se valora en cuanto se la pierde; en tal sentido, la privación de libertad debería ser la mejor oportunidad para reflexionar y encontrar sentido a la vida en libertad, pero no es así. ¿Por qué? Pues sencillamente porque la pena se ablanda al extremo de perder sentido. No hay por qué volver a los suplicios del medioevo, pero la prisión debe constituirse en un verdadero sistema o régimen dirigido expresa y sistemáticamente hacia la asunción o construcción de un conjunto de valores y actitudes que puedan denominarse de Responsabilidad Social. Tal conjunto de actitudes y valores tiene como base dos condiciones indispensables a un régimen penitenciario cuyo objetivo y razón de ser sea la rehabilitación y reinserción social, familiar y laboral de personas que, por diversas causas, hubieren cometido delitos: 1) la obligatoriedad del trabajo y 2) la erradicación de la gratuidad. Cabe resaltar que ambas condiciones tienen como propósito revertir dos distorsiones insertas por el capitalismo en la estructura y dinámica social: 1) la creencia de que es posible y justo que algunas personas vivan sin trabajar y 2) la creencia de que algunas personas pueden gozar gratuitamente de ciertos bienes y servicios.

Cuando fui psicólogo en el Centro de Rehabilitación para Adolescentes y Jóvenes en Conflicto con la Ley Qalauma, en diversas oportunidades reflexionamos con los jóvenes internos acerca de, ¿cuál es la razón por la que unos adolescentes y jóvenes que cometieron actos contrarios a la ley tengan vivienda con todos los servicios necesarios, alimentación, salud, educación, capacitación técnica en carpintería, agronomía, gastronomía, panadería, serigrafía… sin pagar un solo centavo y cientos de miles de adolescentes y jóvenes bolivianos que probablemente nunca cometieron infracción alguna no gocen de los mismos o similares privilegios? Nunca logramos dar una respuesta satisfactoria a tal interrogante y eso porque la privación de libertad siempre se planteó como un castigo, no como una oportunidad para el infractor de rectificar la propia conducta y resarcir a la sociedad los daños ocasionados por el delito. Cuando la pena se ve solo en función punitiva, la formación cristiana que tenemos despierta los sentimientos de culpa y se trata de evitar toda acción disciplinaria que pudiera sugerir crueldad, entonces la pena se reblandece al extremo de constituirse premio o privilegio. Una estrategia disciplinaria o educativa necesariamente conlleva cierto rigor que no tiene el propósito de causar sufrimiento.

Así, solo tiene sentido la existencia de un régimen penitenciario en el que todas las personas privadas de libertad, sin excepción, trabajan y con el producto de su trabajo cubren a plenitud sus responsabilidades personales, familiares y sociales. De lo contrario se constituye en instituciones de fomento a la criminalidad.

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