Animal Político

El museo del viento

Personalmente, creo que siempre es preferible un museo a un cuartel.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia es artista pintor y antropólogo

00:00 / 22 de enero de 2020

Un museo no es un basurero donde se arrojan cosas viejas y mucho menos un lugar aburrido, como suponen personas que nunca lo visitaron. Una visita al mismo informa, forma o deforma. El origen latino de la palabra lo vincula con un lugar para devoción de las musas. Una definición pretendidamente universal dice que este espacio es un lugar donde se conservan y exponen colecciones de objetos artísticos, científicos, históricos, etc.

Los primeros museos fueron producto de las guerras de conquista y colonización: al principio, los objetos que se exhibían fueron de los pueblos conquistados, fruto del robo y la rapiña para mostrar y demostrar una pretendida superioridad de una cultura o raza sobre otra. Este imaginario que dejó la colonialidad no fue ajeno a la pretensión a la hora de instituir museos imperiales, mostrando e informando la superioridad europea respecto a las culturas indígenas, consideradas bárbaras y salvajes.

Tras la revolución del 52, el MNR enfrentó la necesidad de modelar un espíritu revolucionario y sus intelectuales generaron espacios para crear conciencia de pertenencia a una sociedad mestiza, haciendo desaparecer del imaginario a los pueblos indígenas, recluyéndolos en museos dedicados al folklore, como asunto superado y del pasado, promoviendo una supuesta modernidad.

El Museo Nacional de Arte fue creado con las mismas proyecciones de separar a los pueblos salvajes de los civilizados; así, la sala introductoria empezaba con la pintura colonial, ignorando conscientemente el concepto de arte y sacralidad de los pueblos originarios, considerados solo como valores folklóricos, sin sustento simbólico y menos de algún valor estético comparable con Europa, considerado pueblo civilizado.

En Bolivia, en el último decenio, se inauguraron más de quince museos, muchos con el propósito de descolonizar los contenidos para revertir la idea de pueblos sin valores culturales, frente a supuestos pueblos superiores. Varios museos privados tomaron el reto de modificar la visión que durante varias décadas habíamos insertado en nuestros imaginarios. Muchos de ellos fueron puestos en la perspectiva de generar valor cultural a espacios comunitarios; la mayoría cerró porque no fueron diseñados y conformados por profesionales museólogos, museógrafos y expertos en marketing turístico.

En este contexto, el arquitecto Freddy Blanco vendió la idea a funcionarios del anterior gobierno de erigir un Museo en Orinoca (Oruro), lugar de nacimiento de Evo Morales Ayma, con todos los regalos que éste había recibido durante su gobierno. Sus adulones aplaudieron la idea y engrasaron su egolatría, convenciéndole fácilmente; así lograron, según CNN, presupuestar la friolera de siete millones de dólares, otros dicen cinco. Siendo cualquiera de estas cantidades, es la suma más importante gastada en un proyecto de estas características, en un lugar desolado, sin servicios básicos, alejado de un centro urbano y con un constante viento que silba en la altiplanicie.

La multiplicidad de objetos que le obsequiaron al expresidente debía ser sometida a una catalogación, que es diferente a levantar un inventario. Solicitaron apoyo de funcionarios de los museos a cargo de la Fundación Cultural del Banco Central, cuyo director Cergio Prudencio instruyó a dos funcionarios a que procedan a levantar un  registro para facilitar el montaje que fue ejecutado por el cineasta Juan Carlos Valdivia y Freddy Sánchez.

La narrativa  del  nuevo Museo de la Revolución Democrática Cultural  fue escrita por una historiadora, texto que debía ser la base de dicho museo y que no fue respetado, convirtiendo el lugar más bien en una especie de mall de prendas de vestir con algún toque histórico y folklórico.

Nunca se supo sobre los montos de los contratos, no  hubo auditorías  y mucho menos la validación sobre la pertinencia del valor del museo. 

El 2 de febrero del 2017, fecha paradigmática por la celebración de la Virgen de la Candelaria y su significación en el calendario ritual andino, se inauguró el museo con la presencia de Evo Morales, que lloró de emoción, para satisfacción de sus acólitos. En el fondo, era un museo de  culto a la personalidad de Morales.

La pretensión del gobierno de la Sra. Áñez y de su partido,  Demócratas,  es muy sensible para un sector importante de la población. Lo razonable sería un diagnóstico sobre sus resultados y posteriormente una reunión con los pobladores de Orinoca para evaluar  una  posible conversión en una institución educativa de tercer nivel (agropecuaria, salud, etc.) que pueda servir a la zona, sin ocultar la memoria histórica, (aunque no  guste a los actuales gobernantes) y mantener una sala para rememorar la asunción al poder del primer presidente indígena de Bolivia. Los objetos importantes de la colección pueden ser repartidos en los museos estatales y municipales, según su vocación. Así tendremos una acción simétrica para no seguir abriendo  las heridas, pero eso, siempre, a través de la consulta democrática y no autoritaria. Personalmente, creo que siempre es preferible un museo a un cuartel.

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