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¿Entre una mirada nacional y otra de clase?

Para el autor, hay dos grandes líneas de construcción de la creencia en el país, dos visiones en pugna.

¿Entre una mirada nacional y otra de clase?

¿Entre una mirada nacional y otra de clase?

La Razón (Edición Impresa) / Grover Cardozo es periodista

00:00 / 11 de julio de 2018

Alguna iglesia evangélica que suele tocar la puerta de los domicilios regala —como parte de su proselitismo religioso— unos afiches en los que se  observan dos caminos coloridamente representados: por un lado el del bien, con una senda blanca y que —según dicen— conduce al cielo y, por el otro, una de rojo intenso y que —según esa hipótesis— conduce al infierno.

En una situación parecida nos encontramos hoy los bolivianos. Buena parte de la población ya definió su opción entre los dos caminos, pero cuando menos dos millones aún analizan por cuál camino transitar.

De un lado, posibilidades mayores para el futuro de Bolivia, aunque no exento de algunos nubarrones, y, en el otro camino, más oscuridad e incertidumbre, pero también con demandas propias por ser parte del país. Dicho de otro modo: por un lado, la postura de quienes buscan que Bolivia avance, registre logros rápidos, se desarrolle “y por fin sea una nación en la historia” y, por otro, una postura más clasista, que plantea defender los derechos de un grupo social específico sin importarle mucho la suerte de los demás y menos aún el destino nacional.

¿Por qué camino vamos hoy? Esa es la pregunta del millón y estamos en el deber de dar la respuesta, para saber en qué medida por uno u otro camino se cumplen las expectativas y anhelos nacionales y no solo las egoístas miradas de clase.

Al fin y al cabo, el ser o el existir sigue siendo la premisa dominante en la vida de los seres humanos y por ende de los bolivianos. Y no se trata de caer en una lógica meramente competitiva, sino comprender que existe la necesidad de que por una u otra vía una persona, una familia o un país necesitan hablar de logros y sentirse ya no solo objeto de la historia, sino el  sujeto mismo.

Por eso la reflexión sobre el futuro de Bolivia provoca una angustia de carácter existencial. Y se plantea la disyuntiva: seguimos siendo el país que en sus zonas rurales expone altos índices de pobreza (a pesar de los avances) o, por otro lado, unidos y sin sectarismos etnicistas ni clasistas se plantea un pacto mayor de unidad, para de verdad, entre una sólida mayoría, edificar un futuro luminoso para el país, por encima de los intereses que se activan en lejanas latitudes del planeta.

Los dos caminos plantean dudas, pero no en el mismo nivel. En un lado, se vislumbra más claridad, certidumbre y posibilidades de futuro si a tiempo y con amplitud se abren puertas a la participación real de la diversidad social y política en las decisiones del Estado.

El gran problema de la otra opción son sus antecedentes, porque en 50 años no pudo demostrar su viabilidad y utilidad histórica. Desde el general René Barrientos Ortuño se sucedieron uno y otro gobierno civil o militar sin capacidad de comprender la complejidad del país. Cinco décadas de  gobiernos con posturas meramente clientelares, cuya capacidad ni siquiera alcanzó para elaborar un Plan Nacional de Desarrollo.

Pero en el otro lado, también son necesarias algunas rectificaciones y el hecho de que el Movimiento Al Socialismo (MAS) con una sola mirada de la realidad (básicamente las de los movimientos sociales) insista en seguir gobernando el país, renunciando a un espíritu más incluyente, sobre todo de sectores de clase media y alta con vocación nacional, genera para muchos un sentirse poco en la propia tierra.

Una cualidad del bloque social popular es que tiene una fuerte vocación nacionalista y construyendo un Estado fuerte apuesta por la reinversión de los excedentes económicos en Bolivia. Esta postura está distante de quienes buscan controlar nuestros recursos con escasa participación de la población de base, apostando a externalizar la riqueza del país.

Al igual que la ciudadanía, los responsables de medios de comunicación y periodistas deben elegir uno de los dos caminos. Puede que la cosecha no sea en el corto plazo, pero es necesaria la contribución para que esa cosecha se dé en algún momento, porque los niños/as de hoy necesitan más generosidad de las generaciones salientes.

Para cerrar volvemos al punto de partida: o vamos por el camino nacional-popular, con los aciertos y ventajas relativas referidas, o se insiste en el camino de lo

ya conocido, con riesgos de reposición de injusticias, pérdida de soberanía y retorno a la ingobernabilidad de décadas anteriores.  

Una pregunta que puede ayudar es: ¿cómo imaginamos a Sudamérica en 10 años y con qué musculatura queremos ver a Bolivia en ese momento?

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