Animal Político

El líder renacido, una marcha por la vida de Filemón

Filipo se fue alejado del poder luego de marchar y buscar el voto. Descansa ya en el patio de su casa en Tiquipaya, donde aún poco antes de morir formaba líderes.

Filemón Escobar nació en Uncía, Potosí, en 1936. A sus 21 años fue Secretario de Cultura del Sindicato de Mineros de Siglo. Foto: archivo La Razón

Filemón Escobar nació en Uncía, Potosí, en 1936. A sus 21 años fue Secretario de Cultura del Sindicato de Mineros de Siglo. Foto: archivo La Razón

La Razón (Edición Impresa) / Mauricio Quiroz / La Paz

00:00 / 18 de junio de 2017

La marcha de Filemón Escóbar a través de esta vida finalizó la noche del martes 6 de junio. Su estirpe, formada en la lucha sindical minera, se extinguió; no así su legado, que también está marcado por su capacidad de reinventarse para la historia; de renacer.

“Es el último dirigente de su generación. Simón Reyes, Juan Lechín, César Lora, Isaac Camacho han muerto en diferentes circunstancias, en la lucha unos y otros por enfermedad, como Filemón. Todos ellos representan toda una gran etapa del movimiento obrero que fue derrotado en 1986, cuando se hizo efectiva la relocalización en las minas y la flexibilización laboral en las fábricas”, evalúa Miguel Lora, exdirigente del magisterio y militante del trotskista Partido Obrero Revolucionario (POR).

Filipo, como era conocido en la lid política, fue protagonista de una tenaz resistencia a las dictaduras; sufrió especialmente la persecución del régimen de René Barrientos (1964-1969); supo reinventarse en la clandestinidad luego de que el coronel Hugo Banzer aplastara las utopías de la Asamblea Popular (1971); de la mano del movimiento obrero sindical y volvió a marchar para recuperar la democracia que retornó en 1982.

“En el gobierno de Juan José Torres (derrocado por Banzer), la izquierda marxista y ortodoxa reivindicó la revolución proletaria y frenó un pacto con el nacionalismo del mismo Torres (...). Filemón fue el único en decir: ‘Si atacamos a Torres estamos abriendo las puertas al golpe militar de Banzer’. Esto fue corroborado por la historia y a partir de eso rompe con Guillermo Lora y se aleja del POR, sin dejar de ser trotskista”, recuerda Rafael Puente, activista del Colectivo Urbano por el Cambio de Cochabamba (Cueca).

De hecho, la figura de Filemón Escobar, fuertemente vinculada con la Marcha por la Vida de 1986, pasó a formar parte del panteón de una generación de líderes sindicales que se propuso nada menos que la transformación del país; la revolución sobre la base de la participación social. Buscó renacer en al menos seis ocasiones a través del poder del voto.

“Compañeros marchistas, es imposible romper el cerco militar”, afirmó el 28 de agosto de 1986 quien fuera dirigente minero de Catavi . A través de un vetusto megáfono se dirigió a miles de trabajadores que habían llegado a Calamarca, un pueblo ubicado a la vera del camino; 60 kilómetros antes de llegar a La Paz. La Marcha por la Vida fue el último intento del movimiento sindical minero de mantenerse en la vanguardia del movimiento obrero del país.

En efecto, cientos de pertrechados soldados; aviones y helicópteros de las Fuerzas Armadas volando a baja altura sobre las cabezas de los marchistas eran parte de la escena. “Si seguíamos, hubiera sido una masacre”, afirmaba Escobar, luego, cuando le tocó rendir cuentas.

La Marcha por la Vida se produjo en agosto de 1986, un año después de que Víctor Paz Estenssoro llegara al poder a través del voto y aliado con Hugo Banzer, devenido a demócrata de la mano de ADN. El 28 de agosto de 1985 se firmó el Decreto 21060 que dio lugar al largo periodo del llamado “ajuste estructural” que se dio bajo la lógica de una nueva era liberal.

Quizá por eso Filipo, incluso antes de emprender esa larga caminata de los mineros, olfateó la derrota. “Llegó nuestro largo invierno aquel mes de mayo de 1985. Ese mes, los trabajadores mineros de todas las minas de Comibol votaban masivamente por el banzerismo. En la plaza de Llallagua, Banzer realizó la mayor concentración humana que se recuerde”, escribió Escóbar en De la Revolución al Pachakuti (2008), un ensayo autobiográfico marcado por reflexiones que transitan por el largo proceso histórico del neoliberalismo.

De este modo, el llamado de Calamarca, que implicó la caída del poder sindical de los trabajadores del guardatojo, dio lugar a un proceso de resistencia social que se incubó de muchas maneras. Para Escóbar, este “largo invierno” se sintió en las cálidas tierras de la Amazonía; confinado, como ya pasó en la dictadura.

“El año 1995, en plena democracia y casi 30 años después (de Barrientos), durante el régimen de Gonzalo Sánchez de Lozada, decenas de dirigentes sindicales fuimos apresados y confinados a San Ramón, San Joaquín (...). El que relata este esbozo autobiográfico volvió a ser confinado a Puerto Rico (Pando). Cuando abrieron las puertas del avión, nos quedamos asombrados (...) porque nos recibió el Comandante de División que era el mismo teniente que nos cuidaba el año 1967 (Barrientos)”, escribió Escóbar en el texto antes citado. “Después del DS 21060, a muchos compañeros mineros los encontré en el trópico de Cochabamba”, apuntó luego en el mismo escrito.

Así Escóbar se reinventó luego en el Movimiento Al Socialismo (MAS) y pasó a ser formador político y proyectarse en el mundo indígena para comprenderlo y empoderarlo. “Fue el único viejo pensador que entendió la importancia de los pueblos indígenas originarios de nuestro país, y partir de entender eso, se consagró a la construcción del MAS con Evo Morales”, apostilla Puente en las exequias del líder que supo renacer, incluso antes de marcharse de esta vida.Escóbar, entre luces y sombras, se fue sin los honores de Estado, alejado del MAS y de Evo Morales. Fue declarado “traidor” un año antes del triunfo de los actuales gobernantes, quienes le acusan de un “oscuro” pacto con la Embajada de Estados Unidos para dar inmunidad a tropas de aquel país.

Filipo se fue alejado del poder luego de marchar y buscar el voto. Descansa ya en el patio de su casa en Tiquipaya, donde aún poco antes de morir formaba líderes. “Que se quede presente en nuestros corazones, en nuestro actuar cotidiano”, apunta el líder del agua, el asistémico Óscar Olivera.

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