Animal Político

El fin de las identidades colectivas

La socióloga reflexiona sobre la fuerza de la identidad individual en un contexto de globalización.

La Razón (Edición Impresa) / Pamela Alcócer / La Paz

00:00 / 30 de julio de 2017

Qué significa nuestra identidad individual? ¿Hasta dónde predomina la identidad colectiva y de qué tipo de fundamentos se alimenta? La persona que somos esconde y muestra muchas cartas, o mejor dicho, oculta muchos perfiles, rostros y facetas, de las cuales pocas son la verdadera esencia de nuestro espíritu y corazón.

Toda identidad es un misterioso invento, muchas veces exagerado, otras veces forzado por las condiciones de una guerra, de un conflicto social profundo y, en la mayoría de los casos, la identidad está sustentada por las ilusiones de engrandecer nuestro ego cuando es agredido por un actor o fuerza dominante.

Lo fundamental, sin embargo, parece ser aquel momento en el que nos reconocemos por medio de la tranquilidad de nuestro lenguaje: un universo simbólico inagotable. Gracias al lenguaje podemos hablarnos a nosotros mismos y responder con una verdad genuina. Por lo menos, eso intentamos. En el fondo, esta es nuestra identidad: el lenguaje veraz con el que reflexionamos de manera digna. El objetivo es redescubrir nuestro ser. Hablar con uno mismo implica una tarea difícil, un acertijo doloroso pero liberador. Estoy aquí, soy yo, decimos. Un tiempo y una época, un ser y una identidad se expresan cuando en el acto de meditación, tranquilamente sale a la luz el ser que tenemos adentro por medio del habla sin malentendidos y sin distorsiones. La predominancia de la identidad individual es el tesoro más hermoso que nos impulsa hacia el amor y hacia una necesaria fortaleza para combatir las contradicciones éticas que nos afectan cada día.

El reverso de la medalla son las identidades colectivas, todas ellas afectadas por la ideología, es decir, por la comunicación sistemáticamente deformada junto con las mentiras del poder de turno que únicamente busca legitimar a los, supuestamente, más fuertes.

Bolivia, al igual que otras sociedades y culturas, es víctima del conflicto de identidades donde trata de imponerse el sobredimensionamiento de las identidades indígenas, cuando los vientos de hoy nos llevan hacia un mundo abiertamente transcultural, plural, multidimensional, agresivo pero también cosmopolita. La globalización capitalista y postindustrial del siglo XXI nos enseña que llegó el fin de las identidades culturales nacionales, vernáculas y étnicas.

Todo este entramado fue una construcción ficticia que nació y murió con la rapidez y la solidez de las olas del mar. Lo único que permanece es la identidad individual: la verdadera traza del ser. La autenticidad no radica en la cultura o el poder oficial, sino en la mirada interior.

El pasado ha huido frente al proceso globalizador donde actualmente se impone una ciudadanía libre de ataduras y culturas tradicionales.

Los que esperan el retorno del Incario o del Abya Yala, pronto se dan cuenta de que estará ausente para siempre. Pero el presente es de uno, de la fuerza interior que nos transmite la personalidad auténtica. A pesar del presente, cuántas dudas surgen llegado el momento de actuar, debido a que la fuerza de la sociedad trata de encadenarnos a costumbres que representan puro convencionalismo y arbitrariedad. ¿Por qué se manifiesta tanta impotencia y desesperación como si uno estuviera prisionero físicamente, encerrado sin poder moverse ni atrás ni hacia adelante, suspendido en los códigos de la ideología y la cultura ancestral?

Debemos romper cualquier ligadura con lo atávico. Con el pasado colonial y las protestas que idealizan una identidad cultural auténtica. Lo único auténtico es el ímpetu de uno, la personalidad que se une a la sinceridad de lenguaje interior sin ideologías ni legitimaciones espurias.

Cuando reflexionamos en torno a no dejar que el pasado te diga quién eres, sino que solamente dejemos que te diga quién serás si enciendes tu poder interior, tu voluntad unívoca, entonces rescatamos nuestra historia personal, sublime y profunda. El pasado influye en el ser aunque no determina ni el futuro ni el presente. Ahí está el reto: forjarnos cada día, intentando que la voluntad domestique al destino, gracias a la identidad individual que es la tabla de navegación en medio de la globalización y el capitalismo destructivo. No es la clase social ni el grupo étnico ni los edificios nuevos aquello que nos emancipará porque todo gira en torno a deformidades ideológicas, aprovechadas por la política en sus formas más perversas. Es la libre determinación de nuestro ser como individuos lo que nos permitirá sobrevivir.

Bolivia debe olvidar los conflictos de identidad colectiva que supuestamente nos agobian. Ni andinos ni amazónicos ni indios, somos únicamente hombres y mujeres libres, auténticas y globalizadas.

  • Pamela Alcócer Socióloga; especialista en políticas públicas y sociología comparada

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