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Cuando el dinero no lo es todo

Un tema a considerar en el crecimiento de las economías son las instituciones con que cuenta.

Cuando el dinero no lo es todo.

Cuando el dinero no lo es todo.

La Razón (Edición Impresa) / Charls Ticona Rojas es economista

00:52 / 06 de junio de 2018

Parece una idea recurrente, utilizada por algunos opinadores, empresarios, políticos y colectivos ciudadanos, el indicar que el Estado ha recibido recursos extraordinarios producto del alza de los precios de las materias primas, y que con tales recursos no se hubiese conseguido cambios estructurales en la economía.

Algunos se han preguntado el destino de esa plata e incluso le han puesto números a los recursos percibidos, que irían de 50.000 a 60.000 millones de dólares, comparándola con una especie de medio Plan Marshall (PM). Dichas cifras —dependiendo la temporalidad de análisis— no son erróneas del todo, en principio; pero el análisis evocaría a lo meramente monetario.

Pues bien, mucho del éxito del PM, para la reconstrucción y reindustrialización de los países y regiones devastadas por la Segunda Guerra Mundial, se debe a sus instituciones, las cuales no desaparecieron pese a los fuertes embates que afrontaron antes —en el periodo de entre guerras—, durante y a la culminación de la conflagración bélica. Esto les permitirá encarar un nuevo periodo de prosperidad económica y cohesión social.

Entonces, un tema a considerar en el crecimiento de las economías son las instituciones. Como sostienen, de forma separada, Daron Acemoglu y Dani Rodrik (ambos economistas), la prosperidad de los países depende en última instancia de sus instituciones. Asumir esto es importante, pero no se debe caer en el fetichismo de las instituciones, que consiste en reclamar para nuestras sociedades las mismas instituciones que se dieron en otras latitudes: si funcionó para ellos, también funcionará para nosotros.

Como dice Rodrik, “las soluciones institucionales que sirven en determinado ámbito pueden ser inapropiadas en otro que carezca de las normas y las instituciones complementarias. En otras palabras, las innovaciones institucionales no siempre se trasplantan bien”.

Ahora bien, la institución más importante de un país es su Estado, en tanto brinda certidumbre y estabilidad a la economía, garantiza la convivencia y da un horizonte de vida a su población (al menos en términos teóricos e ideales).

¿Qué tipo de Estado teníamos antes de 2006? En el plano más inmediato se asumió un Estado con 20 años de un orden neoliberal, el cual prometía progreso y crecimiento si nos abríamos al mundo, cosa que no pasó. Al mismo tiempo y de forma transversal, se asumió un Estado con cerca 180 años de un orden republicano, el cual negaba a vastos sectores de la población, los cuales no se sentían representados por el mismo.

Salvo algunas excepciones, como la revolución del 52, lo inadecuado de nuestras soluciones institucionales fue la regla en nuestra historia, ya que no se fomentó la inclusión de la población marginada a la sociedad y a la economía (de ahí surge la explicación de algunos opinadores, aunque no se dan cuenta, cuando afirman que somos una economía pequeña —la cual no tiene nada que ver con la cantidad de la población). Incluso algunas de las instituciones complementarias ya nacían débiles, fragmentadas o centradas a lo urbano.

Parte de la solución pasó por la construcción de un Estado Plurinacional (con sus altibajos), la cual reconociera a los “otros”, los excluidos de las decisiones nacionales, aquellos que no solo están en las zonas alejadas/rurales, sino entre nosotros, en nuestras ciudades, con sus preocupaciones, temores, alegrías, fortalezas, etcétera.   

Si no se hacía de esa forma, se corría el riesgo de que se repita los sucesos del 2000, 2001, 2003 y 2005; y por más dinero que se tenga —hasta tres planes Marshall— el problema persistiría. Y de eso ya nos alertó el profesor Rodrik, del impacto económico generado cuando las instituciones no manejan el conflicto de buena forma: “Los desequilibrios macroeconómicos y los colapsos de crecimiento son más probables en sociedades con alto grado de desigualdad de los ingresos y fragmentación etnolingüísticas, y menos probables en países con instituciones democráticas e instituciones públicas de alta calidad”. Hay que aclarar que aún la institución de la democracia (representativa) fue duramente cuestionada en esos años de efervescencia social.

La fortaleza del Estado como institución, y que aún sigue en proceso de construcción, se manifiesta entre otros muchos factores en la reducción de la pobreza de su población: la moderada pasó de 66,4% en 2000, a 37,3% en 2017; y la extrema bajó de 45,2% a 17,1% en el mismo periodo de tiempo. Así la economía se convierte en un factor de inclusión, vía demanda interna. En ese sentido, los ingresos generados durante los buenos años de los precios internacionales, no tienen por qué explicarse por una relación costo/beneficio, tal como se podría esperar de una empresa, el Estado tiene otros fines más altos. Además dichos recursos no son producto de la conmiseración de nadie (país u organismo internacional) como fue el PM, y el interés de Estados Unidos, para que no sean presa, los países receptores, del comunismo.

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