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A 47 años del inicio de la guerrilla de Teoponte

Tres años después de la muerte del Che, un grupo de jóvenes optó por la lucha armada.

A 47 años  del inicio de  la guerrilla  de Teoponte.

A 47 años del inicio de la guerrilla de Teoponte.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Jové

00:00 / 23 de julio de 2017

El 19 de julio de 1970, una columna de 67 hombres, caracterizados como alfabetizadores del programa gubernamental ejecutado por el ministro de Educación de entonces, Mariano Baptista Gumucio, se internaba en la espesura de Teoponte, en el norte de La Paz.

La consigna de “Volveremos a las Montañas”, lanzada por Inti Peredo el 20 de julio de 1968, se hacía realidad, pues los elenos (del Ejército de Liberación Nacional, ELN) estaban de nuevo en afanes guerrilleros.

El 8 de octubre de 1967, en la escuela de La Higuera, en el sudeste boliviano, el comandante Ernesto Che Guevara había sido fusilado, pero los soldados del ELN aseguraban: “a nuestros muertos no se los llora, se levanta su fusil y se sigue combatiendo”. Por eso, el Inti, hasta el día de su muerte, el 9 de septiembre de 1969, se esforzó en volver a la contienda con el propósito declarado de comenzar una revolución continental.

El ELN siguió su labor después de la muerte de sus dos principales hombres, esta vez bajo el mando militar de Oswaldo Chato Peredo y bajo su conducción, una decena de integrantes del Comité Ejecutivo de la Confederación Universitaria Boliviana (CUB), un puñado de combatientes bolivianos, chilenos y peruanos, se puso en marcha la segunda ofensiva insurreccional en un lustro.

Poco más de medio año antes, al mediodía del 30 de diciembre de 1969, desconocidos llegaron en un automóvil a puertas de la Cervecería Boliviana Nacional, en la avenida Montes de la ciudad de La Paz. Todavía no se había construido la autopista a El Alto, por lo que ese punto marcaba el final de la vía troncal paceña.

El movimiento había sido planificado. A esa hora, Jorge Gutiérrez Guzmán, de 29 años y contador del Bank of America, salía de la factoría con un maletín que contenía una fortuna: 250.000 pesos bolivianos. En esos tiempos, el gerente de esa empresa percibía dos o tres mil pesos bolivianos, para tener una idea de lo cuantioso de esa remesa.

El contador se resistió al asalto y murió, pero el carabinero Froilán Siñani abrió fuego y también perdió la vida. Horas después, los efectivos de la Dirección Nacional de Investigación Criminal recibieron la información de que dentro de un vehículo abandonado a pocas cuadras del lugar, en la calle Beni, un hombre se desangraba. Era Ívar Tejada Peredo, sobrino del líder insurgente, quien había recibido durante el asalto un impacto de arma de fuego en el pecho y poco después falleció.

Con ese dinero y el producto de otras “recuperaciones”, como llaman los grupos irregulares a los operativos destinados a recaudar fondos para sus actividades, los elenos financiaron la compra de armas y organizaron el estallido del segundo foco guerrillero en Bolivia.

Ya en el norte tropical paceño, los soldados del ejército irregular lograron algunas operaciones exitosas. Secuestraron a dos técnicos alemanes de la South American Placers, la empresa extranjera que explotaba la riqueza aurífera de la región, y los canjearon por 10 presos políticos que el régimen del presidente Alfredo Ovando Candia tenía en sus celdas.

El golpe de efecto que causó el nuevo foco fue el segundo triunfo, aunque los militares reaccionaron inmediatamente y aislaron la zona en conflicto. Nadie podría entrar o salir del lugar sin antes rendir cuentas de sus actos a los uniformados.

La debilidad física, la falta de una adecuada preparación y la carencia de alimento hicieron el resto en filas de los guerrilleros. Uno desertó, otros pidieron su baja y, sin armamento ni uniformes, fueron licenciados y al ser localizados por los militares, fueron fusilados sin mayor trámite. Otro, quien comió la última lata de sardinas que quedaba al grupo, corrió la misma suerte.

En total, fueron 58 los muertos insurgentes en esa acción. Los efectivos del Ejército no sufrieron bajas.

La aventura duró tres meses, pero el ELN estaba lejos de desaparecer. Durante dos décadas mantuvo actividades políticas de algún tipo, en cierto periodo bajo la forma del Partido Revolucionario de los Trabajadores de Bolivia (PRT-B) y su última acción armada fue conducida por la Comisión Néstor Paz Zamora, que secuestró al industrial y dirigente deportivo Jorge Lonsdale, pero esa es otra parte de la historia.

  • Jorge Jové es periodista y editor del diario Extra

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