Animal Político

‘Wawa roscas’ en el año electoral

Un sector de la clase media no lo dice, pero en realidad no quiere renovar el gobierno sino cambiar el modelo.

La Razón (Edición Impresa) / Danilo Paz Ballivián es sociólogo, investigador asociado del CESU-UMSS

00:00 / 05 de junio de 2019

Todo indica que no se pueden realizar tareas complejas sin efectuar primero las básicas, esto vale para la economía, la sociedad o la política. No se puede pensar en un desarrollo del mercado interior sin una vinculación carretera interna, no existe un programa de salud efectivo sin disponer de agua potable, no es posible la industrialización de minerales sin una fundición, no existe una industrialización del gas sin una separación de líquidos, tampoco una fábrica de baterías de litio sin una planta de carbonato. Como en el fútbol, en la educación no existen profesionales de excelencia sin un trabajo en las ligas menores o en el primer y segundo nivel de enseñanza. No existen cultivos de caña de azúcar sin antes construir ingenios azucareros, como no existe una democracia real mientras los extremos de ricos y pobres sean abismales.

Ciertamente la historia está plagada de intentos que van contra esta lógica. En países de capitalismo atrasado como el nuestro nos empeñamos en incrementar la exportación de materias primas para disponer de divisas para la importación de productos industrializados. Nuestra vinculación terrestre fue diseñada para exportar e importar, mientras que la vinculación de centros de producción y consumo interno es postergada. La retórica fue siempre que nuestro mercado interno es muy pequeño para competir y no podemos competir porque nuestro mercado interno es pequeño, un callejón sin salida; tal vez por ello Daniel Sánchez Bustamante, abuelo de Gonzalo Sánchez de Lozada, llegó a la conclusión perversa de que: “Bolivia es pobre y tiene que vivir pobremente”.

Ahora que nos damos cuenta de que no se puede construir un segundo piso sin uno primero, con mucho retraso, por cierto, se prioriza la construcción de carreteras internas, la exploración y separación de líquidos de gas, el agua para el consumo humano y riego, la fundición de hierro, la explotación e industrialización del litio, la construcción de represas hidroeléctricas, ingenios azucareros, fábricas de cemento y otras de orden socioeconómico, más difíciles de establecer como la redistribución de ingresos, el desarrollo de una clase media productiva nacional y el sistema único de salud.

Frente a este fenómeno social, un sector de la clase media profesional, que vive de sus conocimientos y destrezas, restringido en su poder de mediación política durante el Proceso de cambio, se une en la práctica a las fuerzas más reaccionarias del país, paradójicamente con los mismos argumentos que valieron para derrocar a las dictaduras, como la independencia sindical, la lucha por los derechos humanos y la recuperación de la democracia.

No lo dicen, pero en realidad quieren no una renovación de gobierno sino el cambio de un modelo económico y político por otro, de un “neonacionalismo” a un “neoliberalismo”, sin considerar que estos ciclos duran décadas y que las clases populares organizadas, ahora empoderadas, no están dispuestas a ceder.

El Proceso de cambio, como cualquier otro de liberación nacional, se mueve en un entorno adverso. La pseudoburguesía subordinada a la inversión extranjera, que vive de exportar materias primas e importar productos industrializados, los pseudoempresarios agrícolas, cuyo interés es exportar y (aprovechar) la subvención estatal, y los capitalistas improductivos del comercio y las finanzas  forman en su conjunto el bloque de poder hegemónico, al que se suma una élite de operadores de la clase media profesional y política de abogados, ejecutivos de organizaciones no gubernamentales y analistas políticos: “wawa roscas”, tal vez diría René Zavaleta, que esperan y procuran la caída de Evo Morales desde el mismo enero de 2006.

“Lo último que cambia es la cabeza de los hombres”, señalaba Zavaleta; en efecto, la psicología de la nueva rosca al parecer sigue siendo la de sus abuelos que: “se sentían dueños del país pero al mismo tiempo lo despreciaban —dice Sergio Almaraz. En ningún momento pensaron que el dinero y el poder que poseían lo debían a un pueblo que los había aceptado pasivamente”. Como operadores de esa vieja rosca estaban también “los bufetes de abogados, que pasaban de la diplomacia al parlamento y al ejecutivo”, continúa Almaraz. La etapa neoliberal 1985-2005, con propiedad puede denominarse de gonismo, no solo porque Sánchez de Lozada en ese periodo es ministro y dos veces presidente, sino porque el mismo es empresario minero y artífice de la enajenación de las empresas del Estado y de los recursos naturales no renovables, operación irónicamente de “capitalización”. La sabiduría popular decía que “Goni se compró el MNR para después venderlo”; a esta altura de la historia podemos asegurar también que Sánchez de Lozada subordinó a una élite de clase media progresista y de izquierda, con el expediente justificatorio de la Ley de Participación Popular y permitiéndoles ejercer un cierto poder de decisión política y otra vez pasar “de la diplomacia al parlamento y al ejecutivo”.

No es pues casual que en la coyuntura electoral del momento aparezcan como representantes de la oposición dos exvicepresidentes de Sánchez de Lozada y que el resto de esa élite de clase media profesional y política desplazada durante el Proceso de cambio se incorporen en las listas de candidatos parlamentarios y las listas de empleo burocrático en los poderes del Estado en disputa. Otra vez recurriendo a la sabiduría popular: la oposición “distribuye el gordo de la lotería sin haberse comprado el boleto”. De cualquier forma, el gobierno del MAS está obligado, ahora más que nunca, a establecer y ejecutar una estrategia de cero a la impunidad de la corrupción pública y privada, y destinar los recursos económicos a los sectores estratégicos del Estado y a la pequeña y mediana producción industrial y campesina del país, que apuntan directamente a la industrialización, desarrollo del mercado interior y la soberanía alimentaria.

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