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Río Caquena, la tercera cuestión pendiente con Chile

Se trata de un río ‘internacional o de curso contiguo’ que define una parte de la frontera boliviano-chilena.

La Razón (Edición Impresa) / Iván Bustillos / La Paz

00:00 / 04 de julio de 2018

Hasta donde se conoce, con Chile hay tres cuestiones pendientes en cuanto a recursos hídricos en la frontera: las aguas del Silala que, como dice el excanciller Javier Murillo de la Rocha, en realidad es líquido elemento “transportado” de Bolivia hacia Chile; el desvío del río Lauca, por el que Bolivia rompió relaciones diplomáticas con Chile en 1962; y, el caso menos difundido, pero no por ello menos importante: el desvío del río Caquena.  

Mientras en el caso del Silala y del Lauca se trata de dos cursos de agua transfronterizos, de “curso continuo”, que van de un país a otro, el Caquena es un “río internacional o de curso contiguo”, cuya principal característica es que sirve de límite territorial entre ambos países.

Se trata del límite de una parte de la frontera boliviano-chilena que precisamente está inscrita en el Tratado de Paz y Amistad de 1904. “Es un límite arcifinio, recurso natural que define una frontera; y esto en razón de lo que dice justamente el Tratado de 1904”, apunta el economista y diplomático Andrés Guzmán Escobari.

En efecto, en una parte del extenso artículo 2 de dicho Tratado (en el que se describe todo el trazo de la frontera), se lee: “El límite de Sur a Norte entre Bolivia y Chile (…) del Cerro Carbiri bajará por su falda a la angostura del Río Caquena o Cosapilla ([hito] 92) aguas arriba del Tambo de este último nombre. Seguirá después el curso del Río Caquena o Cosapilla, hasta la afluencia ([hito] 93) del desagüe aparente de las vegas de la estancia de Cosapilla, desde cuya afluencia irá en línea recta al mojón del Visviri ([hito] 94)”.

Límite. Entonces, concluye Guzmán Escobari, “Chile, al haber desviado este río, también ha modificado unilateralmente la frontera, lo cual es una violación al Tratado (de 1904) y es un atropello gravísimo a la buena fe y a la convivencia de ambos países”.

Uno de los pioneros en haber puesto en agenda el tema del Caquena es el ingeniero Antonio Bazoberry Quiroga. En enero de 2002 en el periódico La Prensa él recuerda que en 1961 ya se había denunciado el desvío: en un informe del intendente de Sajama, sargento Leonardo Coria Gómez, que luego fue presentado al Ministerio de Gobierno; en la denuncia se indica, da cuenta Bazoberry: “En el mes de octubre del presente año (1961), los técnicos chilenos efectuaron estudios sobre el aprovechamiento de las aguas de los ríos Chinocave, para el riego del valle de Lluta en territorio chileno. Bajo las órdenes del técnico chileno Nemesio Terán, se hicieron obras para cortar la corriente de agua del río Caquena a 25 kilómetros del hito fronterizo”.

Bazoberry añade que las aguas del río Caquena, que también se lo conoce como río Cosapilla, “formaban los bofedales de Charaña antes del desvío realizado por Chile”.

Haciendo referencia a que la denuncia había sido presentada al Ministerio de Defensa y al Consejo Supremo de Defensa, “adjuntando documentos, fotografías y un mapa”, Bazoberry destaca que en este mapa “las aguas del río Caquena, mediante obras de captación y un canal de 13 kilómetros, ingresan a un túnel de seis kilómetros para poder cruzar la cordillera y descargar el agua al río Colpitas, que confluye en el río Lluta”. Precisamente, las aguas del río Caquena son utilizadas para regar el valle de Lluta, ubicado en la provincia Tarapacá, Región I del Norte Grande (Arica e Iquique), destaca el ingeniero.

Según la Dirección General de Aguas de Chile (DGA), “el caudal desviado del río Caquena para regar el valle de Lluta es de 3,67 m3/seg.; y del río Lauca, 2,46 m3/seg. para regar el valle de Azapa”.

Potencia.  Al respecto, Guzmán Escobari recuerda que si el flujo del Silala es de 200-300 litros por segundo, el del Lauca es de 2.000 y algo más; en tanto que en el caso del Caquena, dicha corriente supera los 3.000 litros por segundo.

“Con el desvío del río Caquena se han generado cambios ecológicos en la región de Charaña, afectando el ecosistema y el hábitat de vicuñas, camélidos, flora y fauna andina”, concluye su alegato Bazoberry. (El mito del Silala, Antonio Bazoberry Quiroga, Plural Editores, La Paz, abril de 2016).

Precisamente fue a raíz de las protestas de los pobladores de Charaña que “en los años 60 Bolivia presentó una reserva al Gobierno de Chile por el desvío del río Caquena, y solicitó información respecto a lo que se estaba haciendo; el Gobierno de Chile hizo caso omiso, o sea no respondió siquiera a la solicitud que hizo Bolivia; y ahí se quedó la cosa”, destaca Guzmán Escobari.

En efecto, el diplomático e historiador boliviano Jorge Escobari Cusicanqui registra el hecho en su Historia diplomática de Bolivia (Plural Editores, sexta edición 2013). Allí relata que en 1962, en momentos de plena discusión por el desvío de las aguas del río Lauca, “nuestro país se enteró extraoficialmente que en Chile se estaban realizando trabajos preparatorios para desviar asimismo hacia su territorio las aguas internacionales del río Caquena. Este hecho motivó que el Gobierno boliviano, el 23 de febrero de 1962, dirigiese una nota a la Embajada de Chile en La Paz, mediante la cual adelantó sus formales reservas por tratarse de un río internacional que sirve, además, de límite arcifinio entre Bolivia y Chile en virtud del artículo 2 del Tratado de 1904”. En la misma nota, Bolivia le manifiesta que las aguas del Caquena son el “único medio de llenar” las necesidades y el desarrollo de labores agrícolas y ganaderas de Charaña, “población de 3.000 habitantes”.

En respuesta, el 3 de abril de 1962, el Gobierno chileno, cuenta Escobari Cusicanqui, dijo que “los únicos trabajos que se han llevado a cabo en el río Caquena son los relativos a la construcción de una estación liminimétrica, o sea un dispositivo para la medición de la cantidad de agua que escurre durante un segundo en el río Caquena”, añadiendo el reparo de que “si de las resultas de las investigaciones que se realizarán por intermedio de este dispositivo se llegara a la conclusión de que es posible hacer trabajos de captación, el Gobierno de Chile denunciaría las obras que llegasen a proyectarse al Gobierno de Bolivia”.

Hecho. Ante esto, es explícita la molestia del diplomático boliviano ante la práctica recurrente de Chile de proceder a trabajos sin informar a Bolivia y apenas prometer una futura negociación. “De manera que, como en 1939 con el caso del río Lauca, esta vez también ha tenido que partir nuevamente de Bolivia el requerimiento para que Chile se comida a informar a Bolivia que ese país está iniciando trabajos destinados al desvío de aguas internacionales. Solo falta que, como en el mismo caso [del Lauca], Chile no llegue jamás a hacer ‘la denuncia’ de sus planes, que se desentienda de los razonamientos bolivianos y que, sin recabar el consentimiento de Bolivia, proceda a desviarlas hacia su territorio…”  

Guzmán Escobari añade en su libro Un mar de promesas incumplidas (Plural Editores, 2015): “Al igual que en el caso del Lauca, Chile nunca presentó una denuncia a Bolivia para alterar el curso del río Caquena. El país del Mapocho aplicó, igual que en el caso del Lauca, su política de los hechos consumados y la verdad es que desde entonces las autoridades bolivianas tampoco hicieron mucho por impedirlo”.

Del lado chileno, apunta Guzmán Escobari, “en correspondencia a sus intereses, el Gobierno de Santiago mantiene el caso en el claroscuro y el de La Paz se lo ha permitido”. En julio de 2013, da cuenta el economista, los investigadores chilenos Michael Hantke y Rodrigo Weismer, en un estudio acerca de los conflictos y acuerdos sobre aguas transfronterizas, remarcaron: “Durante la década de los 60, el Ministerio de Obras Públicas, el Ministerio de Obras Públicas de Chile elaboró un proyecto de obras de riego para aprovechar las aguas de Cosapilla. Hasta la fecha no se ha materializado, pero de tanto en tanto surgen acusaciones en contra de Chile por el desvío de las aguas. Esta situación es conocida por los organismos de Chile y, en general, se ha preferido una posición de inhibición respecto del aprovechamiento de esta agua”.

Pero ciertamente contradiciendo este informe y sobre todo esa “posición de inhibición”, hace notar Guzmán Escobari, el canciller chileno de entonces (2013), Alfredo Moreno, “reconoció la existencia de problemas relativos a la utilización de aguas compartidas, entre los cuales mencionó explícitamente el caso del río Caquena”. Cuando Moreno habló a la prensa sobre la cuestión del Silala y la agenda de los 13 puntos, dijo: “Uno de esos puntos es el uso de los recursos hídricos compartidos como el Silala. Nosotros pedimos que se agreguen el Lauca, el Caquena y el resto de los ríos que son cursos de agua mucho más grandes que nacen en Chile y corren hacia Bolivia. El Lauca y el Caquena registran 3.000 litros por segundo. El Silala es un río muy pequeño con menos de 200 litros por segundo y que tiene su naciente en la frontera, la mayor parte está en Bolivia y sus aguas fluyen hacia Chile”.

Al respecto, en una conferencia de prensa ofrecida por los anteriores canciller, David Choquehuanca, y vicecanciller, Juan Carlos Alurralde, el 24 de marzo de 2016, como una de las pocas referencias al tema, al hablar del río Lauca, se señaló: “Están [en agenda] las obras de captación y conducción que ha producido Chile, lo propio ocurre con otros ríos de los que no tenemos información porque en el Lauca sí hubo una controversia, pero en otros ríos, como por ejemplo en el Caquena o en el Uchusuma que no sabemos cuánta cantidad de agua se están llevando (...) Tampoco tenemos que quedarnos callados, pero no solo eso, tenemos que revisar y tener toda la información sobre el desvío de Caquena, de Uchusuma”.

Este medio trató de saber en qué está el tratamiento del tema por las actuales autoridades de Cancillería y la Dirección Estratégica de Reivindicación Marítima, Silala y Recursos Hídricos (Diremar); no se tuvo éxito.

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