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Reseña a ‘el límite es el infinito’

Estamos ante una obra de fuerte sentido educativo, cultural e histórico, y una lección de método de trabajo.

La Razón (Edición Impresa) / Daniel Prieto C. es doctor en Educación y Comunicación

14:00 / 07 de marzo de 2019

El límite es el infinito. Relaciones entre integración y comunicación, representa un punto de llegada de un largo, fructífero, caminar por el contexto latinoamericano; no nace una obra como ésta ni de la improvisación ni de las prisas y mucho menos de la aplicación de algunos pobres esquemas de lo que significan los dos términos en juego. Digámoslo así: no es lícito aventurarse a esas profundidades sin haber desarrollado pensamiento y teoría; tampoco lo es sin haber atesorado vivencias.

La obra de Adalid Contreras Baspineiro es producto de una constante labor de pensamiento y teoría ligada a la práctica social en el contexto latinoamericano, de la cual no se ha apartado a lo largo de décadas. Punto de llegada, entonces, de la reflexión, la capacidad crítica y la experiencia.

Cuando digo “la obra” me refiero no solo a este libro. A un intelectual le corresponde la tarea de expresar sus búsquedas mediante el recurso de la escritura, Adalid no ha cesado de sostener esa práctica a través de más de veinte libros entre los que vale la pena mencionar Vuela que no te corten las alas; Sentipensamientos: de la comunicación para el desarrollo a la comunicación para el vivir bien; y, Recordar el futuro: planificación de la comunicación desde las mediaciones.

Mi primera afirmación con respecto a El límite es el infinito es la siguiente: Estamos ante una obra de fuerte sentido educativo. Podría hacer extensivo esto a la totalidad de los escritos de nuestro amigo sin temor a equivocarme. En su quehacer en organizaciones internacionales y nacionales, formales y no formales, en sus proyectos, en sus cursos y en sus libros, Adalid ha sido siempre un educador. Hemos afirmado en muchas oportunidades que si alguien se define como tal está en la vida con una preciosa función: abrir alternativas para que los demás aprendan.

Segunda afirmación: Estamos ante una obra de fuerte sentido cultural e histórico. Para llegar a ella, para construirla, ha sido necesario un caudal casi inagotable de información. No se trata de esos escritos pegados en exceso a horizontes cercanos. Para comprender las relaciones comunicación-integración es preciso buscar en la historia profunda, en la trama infatigable de la cultura a lo largo de siglos y nuestro autor emprende esos caminos con todo un bagaje de conocimientos. El texto muestra con fuerza al lector infatigable, al investigador y, de manera radical —es decir, de raíz— al intelectual comprometido con una forma de concebir y practicar la comunicación en la integración. Esto último es fundamental: Adalid no solo se refiere a esa relación como el académico centrado solo en su pasión por investigar, sus búsquedas se entrelazan constantemente con su práctica; no nos habla de algo que no haya pensado, tampoco de algo que no haya hecho. Cuando, por ejemplo, nos explica los riesgos de una comunicación empecinada en difusionismos, impactos y, por qué no decirlo, manipulaciones, lo hace desde una opción por una comunicación alternativa, una comunicación otra que ha sostenido a lo largo de toda su vida profesional.

No hablo de esto último por noticias. Conocí a Adalid en 1985 en un curso que ofrecíamos en CIESPAL (Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina). La toma de posición, la concepción de la educación y de la comunicación de aquellos tiempos está presente treinta años más tarde en el libro que nos ocupa. Presente en las opciones esenciales pero… ¡cuánto más profunda, cuánto más madura, cuánto más sustentada por todo lo atesorado por una coherencia constante!

Tercera afirmación: La obra es una lección de método de trabajo. Me permito decirlo: hace ya largo tiempo que me fatigan los discursos altisonantes en el campo de la comunicación y de la educación, aquellos que predican más de lo que explican, que se alzan a voz de cuello sostenidos por una ira sin márgenes, que buscan persuadir a nombre de cualquier ideal y no dialogar, que se enfrascan en pretendidos heroísmos y en el arte de la guerra, que visten de enemigos a todos quienes piensan diferente a sus consignas.

Adalid toca temas que fueron y muchas veces son heridas abiertas en nuestros países, pero no lo hace con la espada verbal desenvainada por el guerrero, sino con la serenidad de quien busca comprensiones y no agresiones. ¿Tomas de posición?: por supuesto y clarísimas. ¿Señalamientos de lo que han significado tortuosos caminos de seudo integraciones y de seudo llamados a la comunicación?: por supuesto, pero sin incendios ni tambores de guerra. ¿Invitaciones a hilvanar nuestras utopías, a construir nuestro futuro?: sí, de manera constante, pero sin presentarse como quien puede dirigir conductas y conciencias.Llamo “método de trabajo” a una relación serena con lo investigado y lo vivido, a una capacidad de narración que no decae, a una recuperación del dato para reflexionar sobre él, a una organización de la obra, a su estructura, a sus hallazgos presentados como resultado de lo que uno es en definitiva: un trabajador de la comunicación, la educación y la cultura, y no un pretendido héroe intelectual.

Estamos ante un libro que debería ser material de consulta en nuestras instituciones educativas dedicadas a la comunicación y la educación; tenemos muchísimo que aprender de las experiencias y saberes de quienes, como Adalid, han caminado, vivido, pensado nuestra América Latina.

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