Animal Político

Prevenir el feminicidio

Es decisivo advertir a tiempo las primeras expresiones de reacción violenta.

La Razón (Edición Impresa) / Luis Fernando Camacho es psicólogo, especialista en adicciones y violencia

00:00 / 11 de septiembre de 2019

Desde hace años en nuestra sociedad, las personas más vulnerables (mujeres, niños y ancianos de ambos sexos) son víctimas de violencia, con mayor frecuencia dentro de su propio hogar que en la calle. Aunque ahora se tratará específicamente de la violencia en contra de la mujer, quiero alertar sobre la necesidad de investigar y proteger también con políticas públicas a los otros segmentos poblacionales vulnerables en contra de la violencia.

Absolutamente nada justifica la violencia en el hogar, ni qué decir del feminicidio.

El ángulo desde el que se analizó y abordó este asunto hasta ahora ha sido principalmente el jurídico. Es un delito de la mayor gravedad y merece, sin atenuantes ni indulto, la sanción penal más severa. Pero la ley se aplica, lamentablemente, cuando los hechos ya han sucedido y nadie devuelve la vida a las víctimas, la madre a los hijos, la hija a los padres. Nadie nos devuelve, a la sociedad de hombres y mujeres justos, a la persona y su existencia útil y amable. Se trata más bien de prevenir, de anticiparnos a hechos por demás lamentables y, como para toda anticipación, se requiere identificar las causas.

La violencia en el hogar o en la pareja es un fenómeno psicológico, emocional y social complejo y como tal es multicausal. Se puede mencionar desde los determinantes neurofisiológicos hasta los factores medioambientales, psicosociales y culturales. Muchas personas asumen la violencia como una herramienta para resolver problemas, probablemente porque en su experiencia  personal ha sido así. Sin embargo, es pertinente mencionar que el factor psicológico está siempre presente en mayor o menor medida. ¿En qué estado mental y anímico tiene que estar una persona para quitar la vida nada más y nada menos que a la persona a quien supuestamente ama? Recuerdo que, cuando yo era niño, no había pollos de granja muertos, pelados  y congelados para comprar. Si uno quería comer pollo, debía estar dispuesto a matar pollo y a esa labor, en mi hogar, solo se atrevían la empleada doméstica o mi abuela. Es que para derramar la sangre, así sea de un pollo con el justificativo del hambre, hay que armarse de valor. ¡Cómo será matar a un ser querido!

Generalmente las personas inician su vida de pareja en armonía; las primeras manifestaciones de conducta violenta con frecuencia suelen presentarse en el varón, asociadas al consumo del alcohol y atribuidas a los celos. Aunque esto sea muy frecuente y común no puede decirse que sea normal. No es correcto decir que el alcohol produce violencia. El alcohol es solo una sustancia y en su estructura molecular no lleva la violencia contenida. Sin duda la inconsciencia relativa producto de la intoxicación abre el camino a las más bajas intenciones, pero no las crea. Tal afirmación solo sirve para liberar a las personas violentas de toda responsabilidad sobre sus acciones cuando se encuentran bajo el influjo del alcohol. Pero incluso esa liberación es del todo ilusoria, pues no existe legislación alguna que libere de culpa a las personas que cometen un delito en estado de ebriedad. Es más, generalmente constituye un agravante más que un atenuante. Pongámonos en ésta circunstancia: un conductor de automóvil se pasa el semáforo en rojo, el agente de tránsito lo detiene y comprueba que el conductor ha bebido, ¿le disculpa la infracción? Todo lo contrario.

La otra circunstancia que muchas veces se usa como justificación de la violencia en contra de la pareja es la infidelidad comprobada o los celos. En tales casos, las  personas psicológica y emocionalmente equilibradas, “cuentan hasta diez” (como se suele decir para significar que las personas controlan sus impulsos antes de actuar) y, con dolor o sin él, tratan de reconstruir su vida con otra persona. No todos los casos de infidelidad terminan en homicidio. Probablemente la mayoría se resuelve de forma más o menos civilizada.

Si bien los descritos suelen ser los argumentos con los que más frecuentemente se trata de justificar o explicar los hechos de violencia en contra de las mujeres o el feminicidio, no son los únicos. En la persona violenta, el evento más inocuo puede servir de gatillo para desencadenar un episodio de violencia incontenible durante el cual ni la “pena de muerte”, como sanción penal, tiene la suficiente fuerza para generar unos segundos de reflexión.

En consecuencia, si se quiere prevenir el feminicidio y/o la violencia en contra de la mujer, ella deberá advertir a tiempo las primeras expresiones de la reacción violenta por parte de su pareja y conversarlas oportunamente, en un momento de plena distensión y claridad de consciencia, con el propósito de promover, en el potencial agresor, la consulta con un o una especialista en la materia. Es importante reconocer también que el abuso del alcohol y de otras drogas constituye una expresión de violencia autodestructiva y, por lo tanto, de la tendencia a destruir lo que más se ama. O sea, es una clara advertencia de peligro.

Si lamentablemente no se pudo prevenir de modo oportuno la violencia física, es importante sentar la denuncia, a los primeros indicios de conducta violenta, ante la autoridad competente.

La responsabilidad del Estado empieza en la formulación y ejecución de políticas públicas dirigidas a la población en su conjunto; a la persona violenta, para que sepa que su mal tiene cura si lo reconoce con sincera humildad, y fundamentalmente a los funcionarios públicos policiales, judiciales y de salud para que desde ningún punto de vista resten importancia a este tipo de expresiones de violencia y que remitan a los agresores a consulta en psicología o psiquiatría, pero no como sanción, sino como lo que es: una oportunidad de superación o cura; y envíen a la víctima a los servicios de protección creados para el efecto.

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