Animal Político

Lista errónea de las drogas

La clasificación responde más a la historia y a la política que a la ciencia.

La Razón (Edición Impresa) / Helen Clark y Ricardo Lagos de la Comisión Global de Política de Drogas (*)

00:00 / 17 de julio de 2019

Muchas veces, cuando la gente piensa en las drogas y en quienes las consumen, evoca imágenes de “yonquis” que se inyectan heroína en la calle o de jóvenes profesionales que “echan por la borda” sus prometedoras carreras porque “se enganchan” a la cocaína. En cambio, el alcohol se ve más como un facilitador de las relaciones sociales que como una sustancia que puede infligir un daño importante, y las personas que consumen tabaco no suscitan una mirada despectiva, a pesar de la droga letal que tienen entre manos.

Sin embargo, las conclusiones científicas no admiten dudas: el alcohol y el tabaco son sustancias psicoactivas con elementos adictivos y perjudiciales. Lo que las diferencia en nuestro imaginario es su situación jurídica, que a su vez viene determinada por un proceso de evaluación, con serios defectos, que pretende clasificar las sustancias según sus posibles daños.

Este sistema de clasificación e inclusión en listas define la política de control del cultivo y producción, distribución y consumo, y comercialización y promoción de las sustancias psicoactivas. En teoría, el sistema se basa, por un lado, en el grado en que una sustancia puede generar dependencia y en la probabilidad de que su consumo cause daños (y el grado de daños); y, por otro lado, en sus posibles beneficios como medicina. En la práctica, este sistema, piedra angular de la política de drogas, sufre una fractura prácticamente irreparable.

Veamos dos sustancias psicoactivas ilegales bien conocidas: el cannabis y la heroína. No se conoce casos de sobredosis letal de cannabis. El riesgo de dependencia también es relativamente bajo y se calcula que 9% de quienes lo consumen presentan un uso problemático. En cambio, la heroína resulta mortal en dosis elevadas, lo que puede suceder fácilmente cuando la heroína de la calle, cuya calidad se desconoce, se “corta” con potentes adulterantes sintéticos o con fentanilo, y su consumo desemboca en la dependencia de casi el 23% de quienes la prueban. La ciencia demuestra que el cannabis y la heroína presentan niveles de riesgo muy distintos. Pese a ello, ambas sustancias figuran en la categoría de control más estricto a escala internacional (la Lista IV) en la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes de Naciones Unidas, como si fueran análogas. Muchos países traducen en leyes nacionales lo que dispone la Convención Única, a pesar de lo irracional de la clasificación común.

Esta falta de armonía entre la ciencia, las obligaciones internacionales y la política nacional conduce a situaciones absurdas y, a menudo, trágicas. Billy Caldwell, un adolescente británico, sufría de ataques epilépticos que ponían en peligro su vida hasta el momento en que recibió aceite de cannabis en Estados Unidos, gracias a lo cual logró estabilizar su estado de salud. Sin embargo, lo que era un medicamento en Estados Unidos fue confiscado por las autoridades del Reino Unido como una droga ilegal. En este caso, lo absurdo de la situación fue lo bastante evidente como para que el Reino Unido adoptara la Ley Billy, que otorga un acceso limitado al cannabis medicinal. No obstante, en estos momentos, Billy está luchando una vez más para conseguir una receta a través de los servicios locales de salud y no de unas costosas consultas privadas. Si pierde esta batalla, su familia ve la posibilidad de trasladarse a un país donde la “droga” que su hijo necesita se considera una “medicina”.

Lo cierto es que una droga sea legal o ilegal, y se vea como “droga” o medicina, tiene más que ver con la historia, la geografía y la cultura que con sus propiedades farmacológicas o los daños que pueda causar. Por ejemplo, el alcohol y el tabaco son sustancias mucho más letales de lo que solemos admitir. En 2012, 3,3 millones de muertes en el mundo  tuvieron que ver con el alcohol, mientras que el tabaco mata a casi la mitad de quienes lo consumen. Pero como eran las drogas aceptadas socialmente en los países de origen de los principales negociadores de la convención de 1961, nunca se consideraron drogas que se debían someter a fiscalización internacional. En cambio, el uso tradicional de la hoja de coca como un estimulante ligero en la zona andina se prohibió hasta que un país decidió cuestionar esta decisión. Bolivia se retiró de este tratado sobre drogas de la ONU en 2012 y se volvió a adherir a él un año más tarde, añadiendo una reserva que posibilitaba que se mantuviera la tradición de masticar hojas de coca.

La clasificación también es sujeta de consideraciones políticas. Hasta 1961, la decisión de clasificar las sustancias psicoactivas estaba en manos de organismos de salud especializados y de sus expertos. Ahora, los expertos solo formulan recomendaciones, que después se votan en la Comisión de Estupefacientes, un órgano integrado por los Estados miembro de la ONU. Así, los argumentos ideológicos —como el deseo de “erradicar las drogas” para proteger a la sociedad porque su consumo se considera moralmente “negativo” y la dependencia, un “mal”— son capaces de primar sobre la evaluación científica de los riesgos.

Se necesita reformar la manera en que se evalúan las drogas y quién se encarga de ello. En el informe de la Comisión Global de Política de Drogas, La clasificación de sustancias psicoactivas, publicado el 25 de junio, proponemos principios para establecer un sistema basado en la ciencia como fundamento de una política racional sobre drogas. Se debe efectuar un análisis multidisciplinario de costo-beneficio, con una sólida base científica, de los daños potenciales y los beneficios percibidos, empezando por las sustancias más usadas. Abogamos porque se determine qué umbral de riesgo es socialmente aceptable y porque las autoridades transmitan este mensaje claramente. Ya aludimos el elevado número de muertes relacionadas con alcohol y tabaco, pero la opinión pública no suele ser consciente, por ejemplo, de que se producen más muertes por sobredosis de paracetamol que por sobredosis de anfetaminas.

Todos los medicamentos legales  presentan riesgos y efectos secundarios que la comunidad médica, las autoridades y, en última instancia, las sociedades han considerado aceptables tras confrontarlos con sus beneficios terapéuticos. En el caso de los usos no médicos, debemos sopesarlo de manera diferente, pero es evidente que el nivel aceptable no es cero; de lo contrario, el alcohol, el tabaco y la cafeína se habrían prohibido hace mucho. Instamos a elaborar políticas que animen a las personas a alejarse de las sustancias dañinas, recurriendo a reglamentos médicos, normas de protección del consumidor y otras medidas al margen de la justicia penal. Necesitamos una perspectiva de salud pública para abordar todo uso problemático de sustancias psicoactivas.

(*) Ex Primera Ministra de Nueva Zelanda y ex Presidente de Chile. Artículo publicado originalmente en inglés en The Independent.

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