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Hegemonía del vivir bien y la reelección de Evo en 2019

El MAS dispuso todo el aparato estatal para fijar en el ideario que Morales es insustituible.

Hegemonía del vivir bien y la reelección de Evo en 2019.

Hegemonía del vivir bien y la reelección de Evo en 2019.

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Ariñez

02:04 / 01 de noviembre de 2017

Estamos muy bien como país —en todos los aspectos, pero fundamentalmente en el aspecto económico, lo dicen las cifras y lo respaldan los organismos internacionales— que merecemos continuar en el Gobierno hasta 2025 y mucho más, hemos llegado para quedarnos, pues. Esa es la premisa sobre la cual el gobierno del presidente Evo Morales apoya un plan para justificar-respaldar su posible repostulación en los comicios de 2019.

La hegemonía que se discutía para quebrar al capitalismo emergente y luego consolidar, bajo la extensa ruta marxista, a los movimientos de proletarios detractores del poder opresor ha tomado cuerpo en Bolivia. No ahora, sino hace mucho.

Se habría gestado gradualmente, según precisa el vicepresidente Álvaro García en su texto Identidad boliviana: Nación, mestizaje y plurinacionalidad (2014), “con la insurgencia del indianismo-katarismo desde los años 70 del siglo XX, con el fortalecimiento del movimiento indígena-campesino, las marchas en defensa de la hoja de coca y la soberanía, las grandes sublevaciones del 2000 al 2005 en contra del neoliberalismo”, que dieron paso al proceso de cambio y, en suma, al vivir bien de los bolivianos en los albores del siglo XXI.

Así, (García lo ratifica en el mismo texto) las “clases plebeyas y naciones indígenas son hoy en día el bloque social dirigente del Estado Plurinacional” que “reconocen a esas otras identidades nacionales” que “inscriben sus prácticas materiales en el ordenamiento estatal”. Es decir, la consolidación de la Bolivia de hoy.

Una definición clásica de la Real Academia Española (RAE) da cuenta que hegemonía es la “supremacía de cualquier tipo”. Empero, entendida desde el punto de vista filosófico-sociológico, se concibe como “la intervención del poder (en cualquiera de sus formas) sobre la vida cotidiana de los sujetos y en la colonización de todas y cada una de sus esferas, que ahora son relaciones de dominación”. Así lo desmenuza Antonio Gramsci que es interpretado por Rafael Rodríguez y José María Seco en el texto Hegemonía y democracia en el siglo XXI: ¿Por qué Gramsci?

Para el filósofo italiano —dicen los autores— estaba claro que la clase dirigente refuerza su poder material con formas muy diversas de dominación cultural e institucional, mucho más efectivas —que la coerción o el recurso a medidas expeditivas—, en la tarea de definir y programar el cambio social exigido por los grupos sociales hegemónicos.

Ambas acepciones son válidas para representar la verdadera dimensión de lo que el gobiernista Movimiento Al Socialismo (MAS) hace a diario desde que se activó el recurso legal abstracto de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) para habilitar a Morales a una nueva contienda electoral que, a decir de sus adeptos, la tiene ganada desde ahora.

Su propio gabinete, en pleno, se ha sumado en “tojpa” a los adeptos oficialistas que piden una repostulación que quiebra la Constitución Política del Estado que el propio Morales defendió. “¿Juran respetar y hacer respetar la nueva Constitución Política del Estado?”, había preguntado el Mandatario ese 7 febrero de 2009, cuando promulgó la Carta Magna, a miles de personas concentradas en El Alto que le respondieron fuerte, claro y con el puño izquierdo en alto: “Sí, juro”.

Hoy, ese compromiso cayó en saco roto y, bajo una incipiente campaña seudoelectoral, el MAS (como partido, pero también como Gobierno) ha dispuesto todo el aparato estatal para irrumpir —en las redes sociales, en los medios estatales (que pagan todos los bolivianos), en actos públicos de gestión, en las calles, en las plazas... en todo— con la premisa ulterior de que la repostulación de Morales es legal, es legítima y hay que defenderla a ultranza.

Nada es casual. De hecho, García lo había matizado en el Foro Internacional de Filosofía de Venezuela “Estado, revolución y hegemonía”, del 28 de noviembre de 2011: “La construcción de hegemonía es un tema sobre el cual no hay una fórmula precisa, es una construcción diaria, es un arte de conquista, de seducción, no hay una norma; de hecho, la política es la construcción de la hegemonía”.

Empero, ese arte de conquista, de seducción, parece trascender hacia la intransigencia desmedida, deja de ser exhorto democrático y se convierte en imposición, en advertencia oscura que no escatima en recordarle al pueblo que “nunca permitiremos que la derecha retorne”, que “apenas estamos 11 años (y) nos falta avanzar 20 años, 30 años, 40 años, 50 años, 100 años, 200 años” más. Nos imponen la idea de que “Evo es insustituible”.

Así estamos. Aquí, entonces, no solo está en juego la consecución y éxito de una práctica social y política hegemónica, sino también el respeto al ejercicio democrático bajo el cual ya se rechazó la repostulación de Morales el 21 de febrero de 2016. El MAS y Evo, sin duda, son y serán parte importante de la historia del país, empero está en sus manos decidir cómo trascender en el tiempo: por la ruta de las luces o las sombras.

  • Rubén Ariñez es periodista de La Razón

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