Animal Político

Estructura partidaria, ¿para qué?

Una evidencia de las primarias es que la oposición carece de estructuras partidarias.

La Razón (Edición Impresa) / Valeria Silva Guzmán es diputada por el MAS

00:00 / 06 de febrero de 2019

Durante el siglo XIX el bipartidismo ejercitó algunos mecanismos internos de toma de decisiones orgánicas para legitimar conducciones caudillistas; y a lo largo del siglo XX, tanto los partidos anteriores a la Guerra del Chaco como los que surgieron tras los efectos de esta contienda bélica, ejercieron cierta democracia interna, heterogénea en sus formas y sus alcances. Durante la denominada “democracia pactada”, a pesar de que algunos partidos se esforzaron en sostener sus mecanismos de democracia interna, ésta terminó siendo totalmente avasallada por los acuerdos de los entonces líderes de esos partidos. Aquí se cruzan, por tanto, hechos históricos con categorías de la ciencia política: hubo prácticas de democracia interna, pero nunca han sido institucionalizadas.

En este camino, se han generado anécdotas, desde pintorescas hasta dramáticas, que son, sin duda, motivo de investigación y de literatura. Solo por mencionar algunas. Las hemerotecas permiten conocer los intensos debates y grandes distancias que se generaron al interior de ADN entre los “dinosaurios” (Fernando Kieffer, Guillermo Fortún y Wálter Guiteras, entre otros) y los “pitufos” (donde resaltaban Tuto Quiroga y Guido Nayar Parada). Esta pelea entre grandes y chicos generó lo que se conoce como “la crisis de gabinete de (Hugo) Banzer”. De otro lado, en el MIR la pelea se tradujo en “cardenales” (Gastón Encinas y Hormando Vaca Díez, liderando) versus “renovadores” (Luis Vásquez Villamor y Wilman Cardozo, entre otros); al respecto, Cardozo manifestó en declaraciones a Fides en 2005 que “el resultado del cogobierno con el MNR fue catastrófico”, defendiendo de esta manera el relevo a Jaime Paz Zamora.

Pero la hermenéutica del cuoteo de los 90 y el tufo que permaneció hasta los primeros años de este siglo se llevó consigo, además, algo que era muy valorado en las décadas anteriores: la militancia como un acto noble vinculado al interés común. Efectivamente, luego de este triste período de la historia democrática, la militancia quedó muy venida a menos; pero esto, además de ser discutible, no es trascendental. El verdadero efecto de la destrucción de la mística de la militancia —y por tanto de su existencia influyente— no ha sido evidenciado ni discutido a profundidad. La pregunta es, entonces, ¿para qué sirve la militancia y la estructura partidaria?

Los análisis fáciles y débiles dirán que la militancia sirve para hacer campaña y ejercer control electoral; es éste, además, un criterio común a quienes desprecian la organización y todo lo vinculado a lo colectivo. Hay una estrecha relación entre la visión de país con la estructura militante, al interior de los partidos. Los liderazgos políticos están en la obligación de buscar retroalimentación y diálogo con sus partidarios en las regiones; esta práctica evitará que vuelvan a surgir políticos como Carlos Mesa, quien durante su breve gobierno —sin territorio y sin militancia— no dejó de desdeñar y hasta insultar al oriente boliviano, como quien desconoce absolutamente la mitad del país que gobierna. Vale mencionar que el binomio “Sánchez de Lozada-Mesa” fue el gatillo de la bala que hirió de muerte a la importante militancia del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), la que sobrevivía desde el 52 y que quedó al margen de las decisiones por quien fuera el heredero de Víctor Paz Estenssoro. Es, por tanto, lógico que hoy que Mesa repite los errores de hace 15 años siga despreciando lo colectivo y pretendiendo hacer política solo.

Los liderazgos fuertes durante la historia boliviana han conseguido que la gente les siga, más allá de las oficinas que giran en torno al kilometro cero. Y aquellos que se han sostenido, lo han logrado también porque han podido trasladar las preocupaciones de su gente a la discusión de lo público, de lo que es de todas y de todos. Los hechos históricos, que evidencian una fuerte tendencia al caudillismo no solo en Bolivia, sino en la región, demuestran que el de-sapego a lo colectivo deriva en el fin de los proyectos políticos.

Se puede concluir, ergo, diciendo que la institucionalización de las elecciones primarias le dan oxígeno al sistema de partidos y que, sobre todo porque Bolivia ha llegado tarde a este ejercicio institucional, es preciso fortalecerlo, con el fin de generar más y mejores condiciones para la visión de país, sin vicios regionalistas ni elitistas.

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