Animal Político

El Alto y la pobreza

El autor plantea la necesidad de crear condiciones reales de desarrollo e ingresos en favor de los alteños.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Mamani es sociólogo de la Universidad Pública de El Alto (UPEA)

08:00 / 14 de marzo de 2018

Con 848.452 habitantes, El Alto es, después de  Santa Cruz de la Sierra, cuya población llega a 1.454.539, la segunda ciudad de Bolivia con más residentes, según los resultados del Censo Nacional de Población y Vivienda 2012. En tercer lugar está La Paz con 766.468 habitantes y luego Cochabamba con 632.013.

Un desagregado de los datos en función de ingresos económicos da cuenta de que la urbe alteña tiene 433.259 ciudadanos no pobres, de los cuales, según el indicador de Necesidades Básicas Satisfechas (NBS), 223.539 tienen un nivel de satisfacción elevado. En el umbral de la pobreza están 309.720 personas, quienes viven en condiciones de vida aceptables. Y finalmente, 300.390 son pobres, clasificadas en: a) 267.043 con pobreza moderada; b) 32.914 indigentes y; c) 433 personas en marginalidad o que carecen de cualquier condición de bienestar.

Por tanto, los datos muestran que en El Alto hay pobreza y pobreza extrema. Probablemente, los datos oficiales sean “muy suaves”.

Tomemos dos ejemplos o “casos no estadísticos” (de la vida real) para intentar entender la problemática: por una parte, la pobreza se manifiesta cuando las personas apenas tienen recursos necesarios para satisfacer sus primeras necesidades. Doña Juana y su familia vivían en la pobreza; tenía dos hijas, apenas las alimentaba con los ingresos que obtenía como vendedora ambulante de gelatinas y refrescos de k’isa (durazno deshidratado) en la carretera El Alto-Viacha, donde falleció atropellada por un camión, el 23 de enero de 2018. Dejó dos huérfanas.

La pobreza extrema se da cuando las personas ya no tienen ingresos económicos para las primeras necesidades. Los esposos Quino vivían en la Urbanización Junt’uma, Distrito 8 de El Alto; tenían seis hijos y no podían alimentarlos porque ambos padecían enfermedades. Fue por eso que la niña Eva Quino (12 años) falleció tras ser afectada por la desnutrición. Únicamente el hermano mayor de 19 años trabajaba, a veces de ayunte albañil, por falta de un empelo estable. La familia sobrevivía algunos días con poca alimentación y otros, con agua.

Es la realidad alteña. Existen factores involuntarios que pueden llevar a una familia a la pobreza y a la pobreza extrema. Problemas como el desempleo, salarios insuficientes, enfermedades o el uso inconsciente del dinero que acaba con grandes fortunas conducen a las familias a una vida de subsistencia, a la forma de vida precaria, a “ganarse el pan de cada día”, no existiendo la capacidad de ahorro con visión de crecer o ampliar la economía popular.

La pobreza se concentra en los sectores marginales de El Alto y es de población indígena. Son migrantes que llegaron del campo, desde las zonas rurales. Se trasladaron con “ganas de triunfar”, con la ilusión y esperanza de una mejor vida. Cuentan con educación, salud y servicios básicos: luz, agua, alcantarillado e incluso gas domiciliario. Los gobiernos de ayer y de hoy —los de derecha o capitalistas y socialistas o de izquierda— siempre apostaron a superar la insatisfacción de las necesidades en cuanto al acceso a esos tres servicios. Pero en los hechos, ya en la ciudad como en el campo, una buena parte contaba con luz y agua, no obstante siguen siendo pobres.

Lo sucedido nos muestra que combatir pobreza no se trata solo de mejorar las condiciones de vida de la gente mediante el acceso a los servicios básicos. Se trata, más bien, de superar estructuralmente el problema, generando las condiciones para que la población logre mayores ingresos económicos. Las familias alteñas pueden tener todos los servicios básicos necesarios, pero si no hay ingresos…

Las políticas de Estado deben apuntar a remontar la economía de subsistencia y encaminarse a una economía de acumulación. Se debe salir de la economía precaria y la hambruna hacia la economía del bienestar social, de la acumulación de mayores ingresos familiares. Mientras no existan estas condiciones, aunque veamos a la población atendida con luz, agua, educación y salud, no se superará la pobreza.

No permitamos que el hambre haga sucumbir al pueblo. Una cosa es reconocer de palabra la situación de la pobreza y otra es combatirla en la práctica. Quien tendrá la capacidad de cambiar estructuralmente los problemas cotidianos de El Alto será la élite intelectual alteña identificada con el pueblo, porque conoce lo que sucede con los ciudadanos alteños.

Erradicar la pobreza en El Alto debe ser una prioridad fundamental porque cada minuto de demora representa una nueva amenaza para el pueblo alteño.

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