Animal Político

Ecuador y Argentina: dos caras de la misma moneda

Para los candidatos de centro-derecha, estas elecciones se definieron por la manera cómo gestionaron en su favor los nuevos clivajes programáticos y valóricos dominantes en la sociedad, pero sobre todo por su (in)capacidad para ir más allá de sus públicos habituales.

La Razón (Edición Impresa) / Armando Ortuño es investigador social

00:00 / 16 de abril de 2017

Los resultados de la segunda vuelta de la elección presidencial ecuatoriana nos ayudan a reflexionar sobre las posibilidades electorales del centro-derecha y de los oficialismos de orientación nacional-popular en la región. Las experiencias en Argentina y Ecuador son relevantes, pues ambas involucran a gobiernos de izquierda nacional-populares buscando su continuidad frente a coaliciones opositoras heterogéneas. La comparación es interesante porque tuvieron desenlaces opuestos.

Aprendizajes que no implican ningún automatismo, pues cada elección tiene sus propias dinámicas que dependen fundamentalmente de factores contextuales internos.

Una primera constatación es que ambas experiencias ratifican el alto nivel competitivo de todos los procesos electorales que se realizaron en la región en el último tiempo: Dilma Roussef en 2014, Mauricio Macri en 2015, Pedro Pablo Kucynski en 2016 y ahora Lenin Moreno fueron electos en segundas vueltas con ventajas menores al 2%.

Estas disputas tan ajustadas se explican por el contexto en el que se realizan. En las dos elecciones que nos interesan estaba en cuestión la continuidad de procesos políticos vigentes desde hace años que tienen muchos activos en su haber, pero que también enfrentaban cuestionamientos sobre el futuro de sus políticas y acerca de las prácticas de sus dirigencias. No son comicios que suceden en tiempos de grandes turbulencias o de crisis, más bien se producen en un clima de estabilidad pero donde se ha instalado el escepticismo. Por eso, las pulsiones de cambio y de continuidad conviven conflictivamente en la mente y sentimientos de los electores, haciendo volátiles sus decisiones.

En segundo lugar, en ambos casos se revelaron los dilemas de la estrategia de polarización que las oposiciones eligieron para superar al oficialismo. Usualmente, los sistemas electorales presidencialistas con balotaje incentivan por diseño cierto grado de polarización, pero esta tendencia se exacerbó aún más en estos países debido a la heterogeneidad de las oposiciones que enfrentaban a un oficialismo bien instalado. Un antipopulismo genérico fue el instrumento que les permitió articularse pese a sus diferencias ideológicas y a la competencia de liderazgos en su seno, es decir se unieron, en la segunda vuelta, más por el espanto frente al adversario que por el amor entre ellos.

Sin embargo, aunque la diferenciación, de índole negativa, suele ser una necesidad para consolidar una base militante, útil para enfrentar una primera vuelta y clasificarse para la segunda, la victoria final depende de su capacidad de interpelar a audiencias que están más allá de sus electorados más leales. Para eso, precisan de una estrategia de polarización para acumular fuerzas en cierto momento y de ampliación de fronteras políticas en otro para ser mayoría. Tanto en Argentina como en Ecuador, ambas lógicas se fueron desplegando, primero mediante una aguda polarización en las redes sociales y entre las élites políticas y mediáticas, y después con acciones para persuadir a las masas mayoritarias de electores no alineados.

En el caso del Ecuador, si toda la dinámica política se hubiera simplificado en torno al eje oficialismo-oposición, Lasso podía esperar una victoria cómoda en el balotaje considerando que el 60% de los electores en primera vuelta no eligieron una boleta de Alianza País. Pese a eso, casi medio millón de votantes de fuerzas de centro-derecha de la primera vuelta apoyaron a Moreno el domingo. En el caso de Macri, su victoria no hubiera sido posible sin el refuerzo en segunda vuelta de votantes de Sergio Massa, peronista bonaerense que presentó una candidatura autónoma en la primera ronda pese a que había sido aliado de los Kirchner.

En síntesis, ni la polarización es incompatible con una ampliación de audiencias políticas, obviamente sabiendo regularla adecuadamente, ni la virulencia divisiva de las redes sociales o del debate mediático expresan necesariamente la existencia de comportamientos y sentimientos de igual intensidad en las grandes masas de ciudadanos involucrados incidentalmente en la campaña, quienes son al final los que dirimen la querella en unos comicios ajustados.

Finalmente, es interesante reflexionar sobre las razones por las que Macri pudo construir una mayoría suficiente para derrotar al kirchnerismo, mientras que Lasso fracasó en el intento. Ambos parecen, a priori, similares: exempresarios, con una ideología explícitamente promercado y creadores de una fuerza nueva de centro derecha. Los dos se hicieron adalides del cambio, arrebatando ese término a la izquierda, buscando contrastar al denominado “populismo” desde valores como la eficiencia, la concordia, el institucionalismo y la anticorrupción. Aunque quisieron asumirse como postideológicos, su lugar político siempre fue la centro-derecha, logrando transformarla en el eje de la recomposición política de las oposiciones, subordinando a su estrategia de conquista del poder a las centro-izquierdas alternativas, el radicalismo en Argentina y a la Izquierda Democrática y Pachakutik en Ecuador, bajo el argumento del antipopulismo.

Ambos fueron, pues, exitosos en mover la frontera programática sobre quien representaba realmente el cambio constituyendo una coalición con sectores de centro-izquierda y apropiándose de valores progresistas. Sin embargo, Lasso no pudo desprenderse del todo de una impronta ideológica neoliberal, asociada a su historia personal, mientras que Macri la fue limando gradualmente desde su salto de empresario a dirigente de Boca, primero, y luego como alcalde de Buenos Aires,“peronizándose” en dosis homeopáticas cuando fue necesario.

Sobre todo, Macri entendió que la batalla de ampliación de las fronteras políticas no es solo programática sino también cultural, es decir escenificó un estilo de comunicar y de hacer política informal, televisivo y hedonista, que le permitió apelar no solo a las clases medias tradicionales sino a los masivos mundos de los emergentes populares urbanos. Al contrario, Lasso, rehén de la virulencia de las redes sociales y los círculos combativos de clase media, no pudo desprenderse de su identificación con un estilo e imagen alejado del pueblo. De hecho, los votos que permitieron a Lenin Moreno triunfar provinieron principalmente de electores populares costeños que suelen votar por partidos populistas de derecha y en menor medida de votantes de la izquierda tradicional quiteña, más relacionada con las clases medias, que mayormente dieron su apoyo a Lasso en el balotaje. 

En definitiva, para los candidatos de centro-derecha, estas elecciones se definieron por la manera como gestionaron en su favor los nuevos clivajes programáticos y valóricos dominantes en la sociedad, pero sobre todo por su (in)capacidad para ir más allá de sus públicos habituales mediante una adecuada comprensión de las prácticas de comunicación y la cultura de ciertos segmentos de votantes populares.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2 3 4 5 6 7 8
23 24 25 26 27 28 29
30 31

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia