Animal Político

Divorcio: la puerta fácil

El divorcio degrada el matrimonio, no es una salida ni una solución.

La Razón (Edición Impresa) / Elisa Lanza Sevilla, es pintora y docente en artes

06:00 / 10 de octubre de 2018

Mis padres se divorciaron cuando yo era adolescente, decisión que cambió radicalmente mi mundo. En mi juventud empecé a sentir un rechazo hacia el matrimonio, pensaba que nunca me casaría o que terminaría divorciándome. Esto representó para mí un periodo de profundo sufrimiento y tristeza, tuve muchas dudas sobre el matrimonio y el valor verdadero de este compromiso. Pese a todo, un buen día me casé, aun con sentimientos de duda, llegando a pensar que esa alianza no duraría, y que si no funcionaba, podía divorciarme; con esa mentalidad me uní en matrimonio, sin embargo, gracias a Dios y a nuestro compromiso mutuo, esto no fue así. Mi esposo y yo permanecimos casados 20 años, día a día nos esforzamos por cumplir nuestros votos, hasta que su inesperada muerte nos separó. Pasamos años difíciles, especialmente al principio, y hubo momentos en los que estuvimos a punto de tirar la toalla, no obstante, gracias a que recibimos ayuda oportuna y a que no nos rendimos pudimos superar las dificultades. Lo que aprendí es que siempre es posible girar la página en nuestras vidas y reescribir una nueva historia trabajando con esfuerzo y dedicación.

Mi matrimonio salió adelante, pero la realidad es que muchas parejas no superan los desafíos a los que se enfrentan y que, lamentablemente, hoy este solemne vínculo ya no es una alianza o un compromiso de por vida. Es solo un contrato temporal entre adultos, que a veces se ve innecesario y se rompe fácilmente. El índice de divorcios aumenta vertiginosamente, con consecuencias dramáticas. En palabras de Miguel A. Fuentes VE, “este fenómeno va creando en nuestra sociedad, una maraña de  hombres y mujeres divorciados y vueltos a casar, vueltos a divorciar y vueltos a re-casar, hijos que conviven con su padre y la nueva mujer de su padre, que no es su madre, o con su madre y el nuevo (segundo o tercer) esposo de su madre, que no es su padre, simplemente que dejan de tener padre y madre, para tener padrastros y madrastras, hermanastros y hermanastras”. Ante esto, es importante cuestionarnos acerca de qué legado estamos dejando a las nuevas generaciones, qué está pasando en nuestra sociedad y qué es lo que está ocurriendo con nuestros legisladores.

Vivimos una desvalorización total del sentido verdadero del matrimonio, una pérdida de la cultura del esfuerzo; hoy se prefiere lo light, lo fácil y los remedios rápidos; abundan frases como “haré la prueba”, “si no funciona, me divorcio” en otras palabras, la actitud de “lo tomo, lo uso y lo desecho”, sin compromiso serio. Conocer que ante el trámite burocrático que implica un divorcio, se pretende reducir el tiempo para terminar en cinco días con un matrimonio, según en el parágrafo II art. 96 de la Ley del Notariado, es una abrumadora señal de que vamos por mal camino. Ante esta indignante propuesta, cabe preguntarse: ¿Realmente queremos el bien de la sociedad, el bien del matrimonio y de las familias? La familia está en crisis y a diario vemos cómo se quiere corromper el concepto de matrimonio y desvirtuar este núcleo social con ideologías diversas, políticas y este tipo de leyes, que en lugar de construir solo destruyen. Esta práctica trae consecuencias; según estudios, el divorcio es factor de baja natalidad, multiplica los problemas de los hijos y el abandono de la niñez, incrementa la delincuencia precoz, la tendencia al suicidio, la práctica del concubinato, y genera lo que se denomina poligamia sucesiva.

Como sociedad, no podemos aplaudir ni celebrar que se pretenda apresurar la ruptura y destrucción de un matrimonio, porque los efectos de estas decisiones son nefastas para el bienestar de la familia y, fundamentalmente, de los hijos. No olvidemos que la promesa fundamental que hacemos a otro ser humano está dentro del voto del matrimonio. Las preguntas que deberíamos hacernos antes de promover leyes que afecten a la familia son: ¿Dónde queda el honor y la integridad del juramento de fidelidad esponsal y de estar en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad y en la riqueza y en la pobreza, hasta el final? ¿Dónde queda el carácter de indisolubilidad, de aquello que es para siempre? Las leyes sobre la familia deberían orientarse a fortalecer e incentivar el compromiso real, la responsabilidad, la conformación de parejas esforzadas que busquen ayuda, orientación psicológica, espiritual, y que valoren la interdependencia aprendiendo a perdonar y a luchar en colaboración mutua por lo que se quiere.

Activista por la familia, manifiesto mi absoluto rechazo a este tipo de leyes prodivorcio, antifamilia, antiética y antimoral, afirmando con toda convicción que el divorcio degrada el matrimonio, no es una salida ni una solución, el divorcio perjudica a toda la sociedad y, fundamentalmente, afecta a los hijos.

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