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La Condena a Lula no debe alegrar

En un país donde solo van a prisión pobres, negros y prostitutas, ahora la Justicia debe caer a todos los corruptos.

La Condena a Lula no  debe alegrar.

La Condena a Lula no debe alegrar.

La Razón (Edición Impresa) / Juan Arias

00:00 / 30 de julio de 2017

Brasil es una noticia mundial por la condena de Lula a nueve años y medio de prisión por corrupción, puesto que el exsindicalista fue el presidente más popular y carismático de la democracia. Lula había logrado que el gigante estadounidense saliera de su complejo de inferioridad para proyectarse en el futuro como una pieza importante del ajedrez mundial. Fue, además, el presidente más amado, casi adorado, por el mundo de los más pobres.

La noticia de su condena, sin embargo, llega en un momento crucial para la política brasileña, con un presidente como Michel Temer en vísperas de poder ser depuesto por corrupción y una sociedad dividida y tensa, atemorizada con los 14 millones de desempleados del país. Por eso esta noticia no puede, de ninguna forma, ser un motivo de alegría.

Sin entrar en el juicio sobre la sentencia emitida contra Lula por el mítico juez Sérgio Moro, algo que aún tendrá que ser analizado y decidido en otra instancia judicial, lo cierto es que, dejando de lado las ideas políticas de cada uno, ésta no debería ser una temporada de júbilo. No puede ser un momento de alegría, porque la noticia encierra una infinidad de simbolismos como la caída del ídolo de la izquierda brasileña y con él la esperanza de la refundación del Partido de los Trabajadores (PT), que llegó a ser el más importante de la izquierda latinoamericana.

Siempre se dijo que el PT no existía sin Lula ni Lula sin el PT. Hoy, con Lula condenado por la Justicia a la cárcel por un crimen de corrupción, de algún modo la democracia sufre y se rompen muchas esperanzas. ¿Habrá quien diga que la sentencia contra Lula, el primer presidente del país condenado por motivos criminales, significa, al mismo tiempo, la esperanza de que, por fin, en este país la justicia sea igual para todos.

Podría incluso ser verdad, pero con una condición: que todos los demás políticos, muchos de ellos acusados de crímenes aún mayores, acaben, como Lula, condenados por esa misma Justicia, algo que no parece ser lo que la sociedad siente.

La misma diligencia que el juez Moro usó contra Lula en el Supremo Tribunal Federal (STF) ya debería haberse usado contra docenas de políticos de primer plano de la vida nacional de Brasil, de partidos que gobernaron con la izquierda del PT, y que parecen ser tratados con otro sistema de mediciones.

Si la condena dictaminada por Moro contra Lula, a la que podrían sumarse otras más, quiere ser vista como un triunfo de la Justicia en un país donde solo iban a la prisión los pobres, los negros y las prostitutas, será necesario que la sociedad pueda ver, sin esperar ni un minuto más, que sean condenados los otros líderes políticos, que ahora aparecen como intocables y cuyas denuncias, no menos graves que las de Lula, se arrastran durante años.Si se trata de limpiar la corrompida vida política de un país para dar lugar a una nueva era de esperanza donde la impunidad con los poderosos sea algo

del pasado y no existan privilegiados ante la Justicia, entonces que la condena de Lula a la cárcel sea seguida de los demás políticos corruptos. Y eso sin esperar más, para que la grave decisión tomada contra Lula no parezca otra forma de impedir que se postule de nuevo a las próximas elecciones presidenciales.Hoy, más que ayer, la Justicia va a ser analizada ante los ojos abiertos de una sociedad más madura y más incrédula que en el pasado para saber si se trata de realizar una verdadera catarsis contra la plaga de la corrupción político-empresarial o si con esta condena apenas se encendieron los fuegos artificiales para tapar intereses poco confesables.¿No suelen ser los mayores corruptos los que, al disponer de mayores medios financieros, presentan mayores posibilidades de ser reelegidos? Este es el nuevo desafío para el elector brasileño en 2018: estar alerta para no “absolver” en las urnas, como en el pasado, aquellos que son notoriamente corruptos o corruptores.Dejemos, pues, que cada institución cumpla su papel. Los tribunales de Justicia que juzguen la culpabilidad o inocencia de los políticos y que los electores se esfuercen en votar a quienes consideren más dignos y mejor preparados para presidir los destinos del país. Como reza lo dicho del Evangelio:  “A César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. Jesús provocó también a los suyos con el enigmático consejo: “Dejen que los muertos entierren a sus muertos” (Mateo 8:22). Los brasileños tienen la ocasión, en las elecciones del próximo año, de impedir que los políticos moralmente muertos puedan resucitar en las urnas.

  • Juan Arias es periodista y filólogo, corresponsal de El País en Brasil

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