Animal Político

Coartar la libertad en nombre de la ley

Es paradójico que la Ley de libertad religiosa se la use para restringir la libertad espiritual

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Macusaya Cruz es comunicador social

00:00 / 15 de mayo de 2019

Hace casi un mes se promulgó la Ley 1161, de Libertad Religiosa, Organizaciones Religiosas y Creencias Espirituales. Hecho saludable. Sin embargo, me da la impresión de que ciertos grupos evangélicos toman esta ley como un reconocimiento exclusivo a la fe que profesan y, a la vez, para descalificar otras creencias muy arraigadas entre sus feligreses. Es decir que la asumen para coartar libertades de creencias y religiones.

Un par de semanas atrás, mientras me dirigía de la estación del teleférico rojo en El Alto hacia la avenida 6 de Marzo, vi un grupo de sillas de plástico a unos metros de las casetas de yatiris. Eran como una veintena de sillas, la mayoría estaban desocupadas pero formaban un semicírculo frente a un orador evangelista, quien con un altavoz en la mano arengaba con mucha agresividad contra los “pagos a la Pachamama”. Su público no superaba las ocho personas, pero eso no impedía que se desfogara contra otras creencias. Situaciones similares he presenciado en otros espacios.

¿Pueden algunos grupos evangélicos tomar la mencionada ley como amparo exclusivo a su propia religión y como excusa para promover una “cacería de brujos y brujas”? No soy un entendido en Derecho pero ese no parece ser el espíritu de la ley. Y de hecho, esas actitudes pueden ser tomadas como contrarias al ejercicio de la libertad religiosa y de creencias espirituales.

Si consideramos que en Bolivia las ciudades tienen un fuerte componente cultural rural, no sorprende ver cotidianamente prácticas propias de sociedades agrarias pero en ámbitos urbanos. Entre estas prácticas resaltan las que están signadas por ofrendas.

No me refiero a lo que se llama pachamamismo, esa serie de rituales que no se practican ni en las comunidades ni en las ciudades, sino en ciertos círculos donde se busca exotismo; rituales que muchas veces son una artificialidad hecha para turistas. Me refiero a prácticas de personas que no se cuestionan la autenticidad o no de las mismas, sino que simplemente las hacen y creen en ello. Como cuando un chofer de taxi atropella a un perrito y para que el espíritu del animal no le traiga mala suerte ch’alla el cadáver del animal y el lugar del hecho con alcohol.

O cuando llega el mes de agosto, un sinnúmero de comerciantes en distintas zonas de La Paz, sin considerarse indígenas, hacen ofrendas a la Pachamama para ver crecer más su negocio. Hacen lo que hacían sus padres y lo hacen no por exotismo, sino por fe; porque creen que ello les permitirá tener un negocio próspero.

Podrían enumerarse una serie de situaciones en las que este tipo de creencias, fundadas en una herencia agraria y reproducidas en lo urbano, son llevadas a cabo en rituales sencillos muy cotidianamente, con más intensidad que muchas misas u otros actores religiosos. Pero en general son practicadas entre católicos y evangélicos. Incluso se puede decir que constituye un punto externo a estas religiones pero común a sus creyentes.

Cierto que en el caso de los grupos evangélicos, con cierto fundamentalismo fanático, han estado llevando campañas para erradicar las creencias andinas, en la Pachamama, por ejemplo. Sin embargo, esos intentos no han logrado su fin y aunque no sea de su agrado, estas creencias forman parte de la vida espiritual de una población inmensa en el país. Y, en ese sentido, merecen el respeto que su propia religión debe tener.

Sería tonto pensar que en Bolivia solo existen el catolicismo o solo los grupos evangélicos. Hay otras creencias, otras formas religiosas que han ido persistiendo incluso a pesar de los ataques católicos y evangélicos. Sin embargo, la nueva Ley sobre libertades religiosas y de creencias parece estar siendo agarrada como pretexto de algunos grupos evangélicos para amparar su conquista espiritual, para tratar de barrer con las formas religiosas andinas que hoy son vigentes, que son parte de la vida cotidiana y que merecen el respeto que otras religiones tienen. Suena incluso paradójico que esta ley, que busca garantizar el ejercicio de creencias y religiones, esté siendo tomada para coartar esas libertades.

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