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Cartas por la revolución

En 20 años, Marx y Engels se escribieron 2.500 cartas; es otra fuente para conocer su pensamiento.

Cartas por la revolución.

Cartas por la revolución.

La Razón (Edición Impresa) / Macello Musto es politólogo

00:00 / 13 de junio de 2018

En 1845, cuando el gobierno francés expulsó a Karl Marx debido a su militancia comunista, Federico Engels lo siguió a Bruselas. Ese mismo año también apareció una de las pocas obras escritas en común, una crítica del idealismo de los jóvenes hegelianos, titulada La Sagrada Familia, y los dos redactaron un voluminoso manuscrito —La ideología alemana— que luego se dejó a la “crítica roedora de los ratones”. Posteriormente, junto con los primeros movimientos de 1848, Marx y Engels publicaron lo que se convertiría en el texto político más leído en la historia de la humanidad: El manifiesto del partido comunista.

En 1849, después de la derrota de la revolución, Marx se vio obligado a mudarse a Inglaterra y Engels se unió a él poco después. El primero se instaló en Londres, mientras que el segundo se fue a trabajar a 300 kilómetros de distancia, en Manchester, donde comenzó a dirigir el negocio familiar. De 1850 a 1870, año en que Engels se retiró del negocio y, finalmente, pudo reunirse con su amigo en la capital británica, ellos dieron vida al periodo más intenso de su correspondencia, discutiendo, varias veces por semana, los principales acontecimientos políticos y económicos de su época. La gran parte de las 2.500 cartas intercambiadas entre las dos fechas se remonta a este periodo de veinte años, con la adición de otras 1.500 enviadas por ellos a militantes e intelectuales de casi veinte países. Completan esta impresionante correspondencia unas 10.000 cartas enviadas a Marx y Engels por terceros y otras 6.000 cartas de las cuales, incluso si no se han localizado, hay evidencia de su existencia. Es un tesoro precioso, en el que se encuentran ideas que, a veces, no podían desarrollarse completamente en sus escritos.

Pocos relatos del siglo XIX pueden presumir de referencias tan eruditas como las que surgen de las misivas de los dos revolucionarios comunistas. Marx leía en ocho idiomas y Engels dominó hasta doce; sus textos se distinguen por la alternancia de los muchos modismos utilizados y por las citas cultas, incluidas aquellas en latín y griego antiguo. Los dos humanistas también fueron grandes amantes de la literatura. Marx conocía el teatro de Shakespeare de memoria y nunca se cansaba de hojear sus volúmenes de Esquilo, Dante y Balzac. Engels fue durante mucho tiempo el presidente del Instituto Schiller en Manchester y adoraba a Ariosto, Goethe y Lessing. Junto con el debate permanente sobre los acontecimientos internacionales y las posibilidades revolucionarias, hubo numerosos intercambios relacionados con los principales descubrimientos de la tecnología, la geología, la química, la física, matemáticas y antropología. Para Marx, Engels siempre constituyó un confronto indispensable y la voz crítica que debía ser consultada cada vez que era necesario tomar posición sobre un tema controvertido.

En algunos periodos, hubo una división real del trabajo entre ellos. De los 487 artículos firmados por Marx, entre 1851 y 1862, para el New York Tribune, el periódico más difundido en los Estados Unidos, casi la mitad fueron escritos por Engels. Marx informó al público estadounidense sobre los acontecimientos políticos más relevantes del mundo y las crisis económicas, mientras que Engels relató las muchas guerras en curso y sus posibles resultados. Al hacerlo, permitió que su amigo pudiera dedicar más tiempo a completar su investigación sobre economía.

Desde el punto de vista humano, su relación fue incluso más extraordinaria que la intelectual. Marx confió a Engels todas sus dificultades personales, comenzando con la terrible pobreza y los muchos problemas de salud que lo atormentaron durante décadas. Engels se prodigó con total abnegación para ayudar a su amigo y a su familia, haciendo siempre todo lo que estaba a su alcance para garantizarles una existencia digna y facilitar la finalización de El Capital. Marx le estuvo constantemente agradecido por el apoyo, como se muestra por lo que escribió en una noche de agosto de 1867, unos pocos minutos después de terminar la corrección de los borradores del libro I: “te lo debo solo a ti que esto haya sido posible”.

A partir de septiembre de 1864, la redacción de la magnum opus de Marx también se retrasó debido a su participación en las actividades de la Asociación Internacional de Trabajadores. Había asumido la gran carga de su dirección desde el principio, pero incluso Engels, tan pronto como pudo, puso sus habilidades políticas al servicio de los trabajadores. La noche del 18 de marzo de 1871, cuando tuvieron la noticia de que “el asalto al cielo” había tenido éxito y que en París había nacido la primera Comuna socialista en la historia de la humanidad, comprendieron que los tiempos podían cambiar más rápido de lo que ellos mismos esperaban.

Incluso después de la muerte de la esposa de Marx en 1881, cuando los médicos le impusieron diversos viajes fuera de Londres, para tratar de curar mejor sus enfermedades, los dos nunca dejaron de escribirse. A menudo usaban los sobrenombres afectivos con los que eran llamados por sus compañeros de lucha: el Moro y el General —Marx por el color negro de su barba y pelo, Engels por su gran experiencia en materia de estrategia militar.

Poco antes de su muerte, Marx le pidió a su hija Eleanor que le recordara a Engels “hacer algo” con sus manuscritos inconclusos. Él respetó su voluntad y, justo después de esa tarde de marzo de 1883, cuando lo vio por última vez, emprendió un trabajo ciclópeo. Engels sobrevivió a Marx durante 12 años, la mayoría de los cuales fueron empleados para hacer que las notas de los libros II y III de El Capital, que su amigo no pudo completar, se publicaran.

En ese periodo de su vida, extrañaba muchas de las cosas de Marx y, entre ellas, también su constante intercambio epistolar. Engels catalogó cuidadosamente sus cartas, recordando los años en que, fumando una pipa, solía escribir una por noche. Las releía a menudo, en algunas circunstancias con un poco de melancolía, recordando los muchos momentos de su juventud, durante los cuales, sonriendo y burlándose uno del otro, se habían esforzado en prever dónde estallaría la próxima revolución. Pero nunca abandonó la certeza de que muchos otros continuarían su trabajo teórico y que millones, en todos los rincones del mundo, continuarían luchando por la emancipación de las clases subalternas.

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