Editorial

Educación urbana

Cuando las cebras abandonan las calles de la ciudad, todo parece volver a una indeseable normalidad.

La Razón (Edición Impresa)

23:28 / 19 de noviembre de 2018

Ayer se conmemoró el 17 aniversario del programa “Cebras educadores urbanos”, y es posible afirmar que luego de casi dos décadas, estos personajes son, más que parte del paisaje urbano, un patrimonio de la ciudad y motivo de orgullo para propios y extraños. Sin embargo, también es evidente que, viendo los comportamientos en las calles, su esfuerzo ha sido insuficiente.

Cuando están en las calles, las populares cebras hacen la diferencia: los conductores respetan el paso de peatones, así como los semáforos, y por lo general evitan el uso innecesario de la bocina; los peatones cruzan por las esquinas y solo cuando el semáforo está en rojo; y quienes ignoran estas elementales normas reciben un amigable recordatorio de parte de los jóvenes disfrazados.

Sin embargo, cuando ya se han ido, todo parece volver a una indeseable normalidad: conductores desconsiderados que se detienen sobre los pasos para peatones, bocinazos sin razón, y los peatones hacen lo que pueden para cruzar las calles y abordar los vehículos de transporte de pasajeros. Los 17 años transcurridos desde el inicio del programa parecen haber servido para que la gente conozca las normas de tránsito, pero no para que cambie su actitud y comportamiento.

Pero las cebras hicieron mucho más que enseñar buenos hábitos en las calles. Las y los jóvenes que visten la “piel de cebra”, nombre emblemático que le han dado al disfraz, no solo se han transformado a sí mismos aprendiendo y viviendo la “filosofía cebra”, también la han transmitido a través de diferentes actividades educativas en escuelas, guarderías y otros espacios. Visto su aporte a la educación urbana, los municipios de Sucre, Tarija, El Alto, Oruro y Viacha han imitado el programa.

Asimismo, la importancia del programa es tal que desde 2011 se ha introducido el proyecto “Cebra por un día”, que permite a personalidades de la sociedad y a quien así lo desee vestir el disfraz y trabajar en las calles durante una jornada. El efecto, además de la sorpresa, es permitir que los ciudadanos comprendan los rigores a los que están sometidos los educadores urbanos en su día a día, y valorar aún más su aporte a la ciudad.

Finalmente, las cebras paceñas ya son conocidas en muchos países, gracias a un reportaje difundido meses atrás en la televisión estadounidense, cuando un conocido presentador las mostró como un ejemplo de educación ciudadana, recomendando a los telespectadores difundir de manera viral su imagen, acompañada del eslogan “solo añade una cebra”.

orresponderá a sociólogos y antropólogos entender y explicar por qué la sociedad paceña en general, y los conductores de automóviles en particular se muestran tan reacios a cambiar su actitud y respetar las más elementales normas de tránsito. Mientras tanto, el trabajo de las cebras sigue siendo de la mayor importancia, incluso si los resultados parecen exiguos.

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