Editorial

Contrabando en guerra

Hacen falta soluciones que vayan más allá de la sola interdicción y el uso de la violencia.

La Razón (Edición Impresa)

00:23 / 19 de agosto de 2019

El ataque de un presunto grupo de contrabandistas contra el puesto fronterizo de Pisiga, el jueves por la madrugada, aparece como evidencia de que el renovado control a la importación ilegal de bienes que se ejecuta desde este año está tocando poderosos intereses y que sus agentes están dispuestos a llegar a extremos para conservar su modo de vida. Hay vocación de guerra.

Según reportó el Viceministro de Lucha Contra el Contrabando, el grupo de presuntos contrabandistas atacó el puesto del Comando Estratégico Operacional (CEO) de Pisiga, en la frontera con Chile, con piedras y dinamita, dejando tres vehículos de la patrulla fronteriza quemados y otros daños de consideración. La violencia fue tal que el paso fronterizo fue cerrado durante varias horas, hasta tener la situación bajo control.

Los antecedentes del violento ataque, el primero hasta ahora, pues siempre se trató de enfrentamientos en el momento de evitar la internación de mercadería de contrabando, se remiten a febrero de este año, cuando el entonces recién creado CEO detuvo e incineró cinco camiones con mercadería de contrabando en uno de los caminos alternos que vinculan Chile con Bolivia.

Muchos de esos caminos fueron inhabilitados con la excavación de zanjas, lo que dificultó todavía más el trabajo de los operadores del ilícito. En julio dos enfrentamientos dejaron un puesto fronterizo destrozado y otro automóvil también quemado; y en el segundo, un camión incinerado y un contrabandista herido, quien logró huir.

En ese contexto, explicó el viceministro, ya se ha identificado dos clanes familiares dedicados a la importación de contrabando y las fuerzas de seguridad van tras sus pasos. Se sabe que uno de ellos, con condena por narcotráfico en Chile, se esconde y que el negocio es ahora administrado por su esposa. El otro clan está conformado por gente que se esconde en Chile.

Sin embargo, lo más difícil de la lucha contra el contrabando es, desde hace ya muchos años, el activo involucramiento de las comunidades rurales que habitan cerca de la frontera, pues no solo impiden la investigación y captura de los delincuentes dedicados de manera directa al negocio, sino también participan en las acciones hostiles contra la fuerza anticontrabando.

También se explicó al denunciar el último ataque que estas comunidades proveen mano de obra para el contrabando hormiga, que al parecer es la alternativa ante la imposibilidad de internar camiones llenos de mercadería sin que el CEO los detecte e intercepte. La frontera, dicen quienes han estado ahí, comienza a llenarse de casetas donde se acopia contrabando.

Son tiempos duros para los contrabandistas que llegan desde Chile, pero dura también es su respuesta. Al parecer, están dispuestos a poner en juego su vida y la de quienes trabajan para ellos antes que abandonar su ilícito negocio. Hay, pues, necesidad de encontrar soluciones que vayan más allá de la sola interdicción y el uso de la violencia.

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