Editorial

Malas mañas

Las malas mañas, sobre todo las que apuntan a apropiarse de recursos públicos, no tienen identidad partidaria

La Razón (Edición Impresa)

23:51 / 12 de febrero de 2020

Uno de los principales problemas de exhibir un discurso moralista es que, cuando no va acompañado de un comportamiento coincidente con las palabras, puede provocar una dolorosa caída. Es lo que acaba de ocurrirle al ahora ex gerente general de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (Entel), que luego de haber denunciado supuestos actos de corrupción durante el gobierno del MAS acaba de ser acusado por la misma causa.

Apenas 82 días duró el ahora acusado en el cargo. Fue posesionado el 16 de noviembre del año pasado y se le asignó un salario de Bs 30.000 mensuales. Y a las pocas semanas de asumir funciones instruyó pagos por alojamiento en un lujoso hotel de La Paz; autorizó un jugoso contrato de auspicio para un deportista; y compró 11 teléfonos móviles de alta gama, a cuenta de la telefónica estatal, a un proveedor local (pese a que la propia empresa es distribuidora de ese tipo de equipos para sus clientes).

No solo él se benefició con los móviles y otras prestaciones, también el grupo de altos ejecutivos que le acompañaron en su corto mandato, incluidos el Gerente Nacional de Administración Financiera, el Gerente Nacional de Experiencia al Cliente y el Asesor de Gerencia General. En total se sabe que 13 personas, incluyendo la exautoridad, recibieron casi Bs 1 millón por concepto de finiquitos y liquidaciones, pese a no tener ni 90 días en el cargo.

Ayer se informó que el directorio de Entel decidirá, en su próxima reunión, qué acciones tomará en defensa del patrimonio de la empresa estatal, y si pedirá o no la devolución de los recursos hasta ahora cuantificados y calificados de desvío de fondos.

A su vez, el sindicado dio su versión de los hechos denunciados a través de Twitter, la cual no habla nada bien de él, pues además de equivocados argumentos para justificar la contratación de sus amigos, y sobre todo acerca de su liquidación, dio a entender que podría decir cosas que afectarían al Ministerio de Obras Públicas, del cual depende Entel, y hasta de la gestión de gobierno.

No otra cosa puede inferirse de expresiones como “Pásenme un correo (electrónico) y envío documentación completa. ¿Sigo?”; “Todo el grupo de profesionales que vino conmigo dejaron trabajos de más de 10 años, remunerados 3 o 4 veces más que el sueldo en Entel”; y que habría vivido “82 días de acoso laboral, amenazas psicológicas, por parte del aparato estatal”.

Ciertamente estamos ante una nueva evidencia que confirma lo de sobra sabido: las malas mañas, especialmente las que apuntan a apropiarse de recursos públicos, no tienen ni identidad partidaria, ni filiación ideológica, ni género, ni etnia, ni clase social; son manifestaciones de una sociedad que no logra superar sus complejos y miserias, y sigue mostrando admiración por quien prospera gracias a su “viveza”. Es tiempo de cambiar esas prácticas, comenzando por el Estado.

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