Editorial

Motorizados y contaminación

El incremento exponencial de vehículos y motocicletas también ha aumentado los males que éstos generan.

La Razón (Edición Impresa)

23:37 / 04 de septiembre de 2019

El pasado domingo el país disfrutó de una jornada diferente, que además de impulsar el disfrute colectivo de los espacios públicos puso en relieve lo que la ciudadanía “pierde” cotidianamente en urbes como La Paz por causa de los motorizados. Es decir, el aire limpio y la tranquilidad, que suelen ser “eliminados” por los vehículos, cuyo creciente número está deteriorando la calidad de vida en varias ciudades bolivianas.

En efecto, si bien el Día del Peatón se celebra desde hace varios años, esta peculiar jornada permite apreciar en qué medida los automotores se han “apropiado” de las principales urbes del país, generando externalidades cada vez más nocivas. Y es que en la última década el número de vehículos se ha más que duplicado, al pasar de 843.000 unidades en 2008 a más de 1.910.000 en 2018, según estimaciones del INE con base en datos de los RUAT municipales. Entretanto, la población se ha incrementado únicamente en un 15% en este mismo periodo.

Además, el espacio de las ciudades se ha mantenido prácticamente igual, con excepción de Santa Cruz de la Sierra, cuya topografía y diseño le permite expandirse sin mucho problema. Cosa que no sucede con otras urbes como La Paz. Y, como es de suponer, este incremento exponencial de automóviles también ha aumentado sustancialmente la polución, el derrame de aceites, la acumulación de chatarra, la contaminación acústica y la congestión vehicular, entre otros males que afectan la salud de la población.

Por caso, según alerta un estudio de la OMS elaborado a solicitud de la UE para evaluar sus políticas de control ambiental, las partículas generadas por el tráfico vehicular que permanecen suspendidas en el aire están relacionadas con una mayor incidencia de arteriosclerosis, diabetes, problemas en el desarrollo neuronal, cáncer de pulmón y otras enfermedades respiratorias.

A ello se suma que el ruido de las motocicletas y de los vehículos puede superar los 120 decibeles, especialmente si sus escapes carecen de silenciadores o han sido modificados con roncadores. Un nivel bastante superior al límite a partir del cual los ruidos pueden dañar la salud (85 decibeles, según la OMS), generando no solo problemas auditivos, sino también alteraciones del sueño, ansiedad, deterioro cognitivo e incluso mayores probabilidades de sufrir enfermedades digestivas y cardiacas.

Por todo ello, urgen políticas públicas orientadas a reducir el uso masivo de los motorizados en el país, incentivando por ejemplo el uso de medios masivos de transporte de pasajeros, así como las bicicletas. También hace falta una revisión técnica vehicular rigurosa, que controle el nivel de emisiones de los motores y la generación de ruidos de los escapes. Lo cual necesariamente debe ser realizado por especialistas en talleres mecánicos, y no por policías preocupados por minucias como el funcionamiento de las luces o el contenido de los botiquines, con el fin de justificar “el costo” de este trámite.

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