Editorial

Incendios forestales

La preservación de nuestros bosques es, literalmente, una cuestión de vida o muerte.

La Razón (Edición Impresa)

23:18 / 21 de agosto de 2019

A principios de julio, resaltábamos la necesidad de adoptar medidas urgentes para evitar los chaqueos, por cuanto las condiciones climáticas extremas auguraban incendios forestales de gran magnitud. Lamentablemente, este consejo cayó en sacos rotos, razón por la cual en los últimos días se desataron incendios de gran magnitud, que han arrasado más de 470.000 hectáreas de bosques en Santa Cruz.

En efecto, la gran cantidad de focos de calor que se prendieron el pasado fin de semana para acondicionar amplias extensiones de tierra destinadas a la siembra de productos agrícolas y el pastoreo de ganado, más 11.500, según datos del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología, se descontrolaron, como era previsible, desatando un voraz incendio que afectó principalmente a la Chiquitanía cruceña, y en particular a los municipios de San José de Chiquitos y Roboré.

Afortunadamente, gracias al esfuerzo y la valentía de los bomberos, soldados, policías, funcionarios y voluntarios en general, las llamas fueron parcialmente contenidas, hasta un 70%, según datos del Ministro de Defensa. Además, lograron evitar que lleguen hasta el valle de Tucabaca, una reserva de vida silvestre integrada por serranías, caídas de agua, bosques y ríos responsables de proveer el agua para la ciudad de Roboré. Y que de verse comprometida por el fuego no solo hubiera complicado significativamente las labores de contención, sino también la salud de la población.

En cualquier caso, la pérdida ha sido enorme, pues gran parte del Bosque Seco Chiquitano, el único de estas características en el mundo, ha sido arrasado por el fuego. Y van a ser falta al menos 200 años para recuperar el capital natural que se ha perdido, según explican los expertos. Esto siempre y cuando no se desaten nuevos incendios en aquel bosque. Lo que necesariamente pasa por suspender los permisos otorgados por la ABT para realizar “quemas controladas” en aquella región, a pesar de que no tiene vocación agrícola, sino forestal; y asegurarse de que las prohibiciones se cumplan.

Estamos hablando de la imperiosa necesidad de preservar un capital esencial no solo para garantizar las condiciones de vida de varias comunidades y de los ecosistemas en general, sino también para mitigar los efectos de esta crisis climática que recién empieza.

Y es que, no sobra recordar, además de ser el sustento alimenticio de innumerables poblaciones, los bosques son los únicos que pueden regular el clima. Por ejemplo, su presencia garantiza la humedad del aire y la provisión de alimentos; además, no solo evita la desertificación de los suelos, sino también las inundaciones, al encauzar naturalmente los cursos de agua. Y si por todo lo anterior no fuese suficiente, son también la principal fuente de abastecimiento de agua de algunos centros poblados. De allí que su preservación es, literalmente, una cuestión de vida o muerte.

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