Editorial

Navidad

Para recibir estos beneficios existe una condición: reconocer al protagonista de este sacrificio como salvador

17:50 / 24 de diciembre de 2019

Hoy muchas familias celebran la Navidad, fecha en la que se recuerda el nacimiento de Jesús. Sin embargo, con el paso de los años este festejo se ha convertido en un acontecimiento preeminentemente familiar, e incluso surgió un nuevo personaje, Papá Noel, que en muchos hogares ha llegado a ser el protagonista de la Navidad. Por ello, no resulta ocioso recordar algunas características del origen de esta conmemoración.  

Según relata la tradición judeo-cristiana, hace más de 2.000 años el creador del universo decidió hacerse hombre y entregar su vida para salvar al mundo del pecado, pagando con su sangre y sus llagas las culpas, dolencias e iniquidades de los seres humanos. Para algunos, esta historia no es más que un relato ficticio, parte de la literatura fantástica. Para otros, representa una argucia que busca someter y “adormecer” a las clases más desfavorecidas, con el fin de que acepten sacrificios y privaciones en esta vida a cambio de una recompensa futura en el paraíso. Para el resto, se trataría de un hecho real.

Al menos dos factores se pueden esgrimir para sustentar esta última posición. Por un lado, la trascendencia de la doctrina cristiana (difícilmente un personaje ficticio, por muy elocuente que sea, habría logrado un efecto histórico tan contundente, al extremo de que los calendarios cambiaron en su “honor”); y por otro, el testimonio y particularmente la muerte de los discípulos de Jesús hasta nuestros días. Pues solamente un loco ofrendaría su vida por una corriente fraudulenta. Y esta “locura”, de ser falsa, no habría adquirido tantos adeptos a lo largo de la historia, más aún considerando que los gestos que demanda son muy poco apetecibles desde una visión hedonista: compartir con los pobres, supeditar los valores materiales a los espirituales, bendecir a los enemigos, confiar a Dios el control de tu vida, etc.

Llegado a este punto, más de uno se preguntará por qué Jesús tuvo que convertirse en hombre para salvar al mundo, por qué simplemente no decretar una redención general en lugar de tener que morir en una cruz, luego de un prolongado calvario. Al respecto, las escrituras nos enseñan que Dios es misericordioso pero también justo. De allí que el libre albedrío implicaría una gran responsabilidad, la de elegir bien, ya que las malas decisiones conllevan consecuencias negativas.

Algo que siempre ocurre, dicho sea de paso. Pues, como bien señala el apóstol Pablo, “no hay justo ni uno solo, todos hemos pecado, lo que nos separa de la gloria de Dios” (Romanos 3). Además, la paga del pecado es muerte y solamente la vida, que está en la sangre, puede vencer a la muerte. Por lo cual hacía falta derramar la sangre de un redentor, un “cordero” sin mancha alguna, para limpiar los pecados de la humanidad. Respecto a la manera de recibir estos beneficios, las escrituras explican que existe solo una condición: creer en el protagonista de este sacrificio y reconocerlo como señor y salvador.

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