Editorial

Vecino conservador

Las primeras medidas de Bolsonaro evidencian que el Estado le incomoda y que el mercado tendrá la prioridad.

La Razón (Edición Impresa)

23:16 / 07 de enero de 2019

En la primera semana desde su posesión como presidente de la República Federal de Brasil, Jair Messias Bolsonaro ha dejado en claro que su agenda será tan conservadora en lo moral como liberal en lo económico, tal y como prometió en su discurso de posesión. Sus primeras medidas evidencian que el Estado le incomoda y que el mercado tendrá la prioridad.

La primera de sus decisiones,  probablemente la más polémica, fue entregar al día siguiente de su posesión la demarcación de tierras indígenas al Ministerio de Agricultura, interpretada por propios y extraños como el primer paso para acabar con las tierras protegidas y, literalmente, entregar la Amazonía a los apetitos del agronegocio.

Paralelamente, el flamante Mandatario brasileño se dedicó a establecer las bases simbólicas de su mandato, comenzando por la decisión de eliminar del Palacio de Planalto el mobiliario de color rojo, simplemente porque está asociado con la izquierda, el socialismo y el comunismo, ideologías que ha prometido erradicar de la gestión pública; reforzando de esta manera su evidente enfoque neoliberal. Está en marcha, asimismo, una depuración de todos aquellos servidores públicos que comulguen con la izquierda o su ideario.

En plena sintonía con estos cambios simbólicos, anunció que excluirá a las poblaciones LGBTQ de los beneficios que pudieran brindarse desde el nuevo Ministerio de la Mujer, de la Familia y de los Derechos Humanos, cuya titular, de confesa ideología religiosa ultraconservadora, prometió una “nueva era” en Brasil, en la que “niño viste de azul y niña de rosa”, como epítome del desprecio a lo que ahora se etiqueta como “ideología de género”.

Más serio, sin embargo, es el giro en su política exterior, no solo por la postura antiglobalizadora y enemiga del multilateralismo que ha manifestado el nuevo Canciller brasileño, sino sobre todo por su acercamiento con los gobiernos de Estados Unidos e Israel, al extremo que ha prometido aprobar la instalación de una base militar estadounidense en su territorio, y considerar el traslado de su embajada de Tel Aviv a Jerusalén.

Finalmente, en el frente interno ha comenzado la modificación del sistema de pensiones, aunque las contradicciones entre las promesas de campaña, los anuncios del nuevo Ministro de Economía y los del propio Presidente hacen difícil comprender cómo se reducirá la carga que las y los jubilados representan para el presupuesto brasileño.

Son, pues, tiempos de euforia gubernamental en Brasil, que se acompaña de la satisfacción que producen los gestos desplegados hasta ahora en la base social, profundamente religiosa y conservadora, que llevó al exmilitar y exdiputado a la primera magistratura del gigante sudamericano. Sin embargo, esto no significa que en el mediano plazo las promesas puedan ser cumplidas, o que el costo social, económico y político sea manejable para el Gobierno brasileño.

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