Editorial

Polémicas en Twitter

El flujo de información en las redes sociales fomenta la proliferación de noticias falsas.

La Razón (Edición Impresa)

00:07 / 18 de noviembre de 2017

El crecimiento de las redes sociales está cambiando la comunicación política y las posibilidades de participación de los ciudadanos. Hay que tener cuidado en no sobredimensionar su influencia en la opinión pública y, sobre todo, evitar que favorezcan el surgimiento de una política atrapada en la frivolidad, el corto plazo y la polarización.

La expansión del uso de redes sociales es un fenómeno que está despertando curiosidad y fascinación en los ciudadanos y medios de comunicación. Se anuncia una revolución digital que estaría trastocando todas las dimensiones de nuestra vida social. A tono con esas preocupaciones, en estas semanas se ha producido una polémica sobre la cantidad de seguidores en Twitter de dos personalidades políticas de primer nivel y varias escaramuzas digitales, que luego fueron replicadas por diarios y programas de televisión. Por otra parte, hay una creciente tendencia a asumir que el humor de las redes sería una expresión del estado de ánimo de la mayoría de la opinión pública.

Es indiscutible que la generalización de estos nuevos espacios afecte sensiblemente a la comunicación y la política, pero es también necesario hacer un llamado a la prudencia y a una lectura más compleja y madura de los alcances de este fenómeno.

Por ejemplo, hay que tener mucho cuidado en no generalizar a toda la sociedad los microclimas de opinión que suelen emerger en grupos endogámicos de periodistas, políticos y militantes en Twitter o Facebook. Éstos son, por supuesto, segmentos de opinión influyentes, pero su peso real debe ser ponderado en función de ciertos datos de nuestra realidad, como el hecho de que cuatro de 10 bolivianos no tienen acceso al internet; que la televisión es el medio de mayor audiencia; y que la prensa escrita, pese a todo, sigue siendo la que goza de más credibilidad en Bolivia.  

Sin desmerecer su potencial para promover una participación política más horizontal de la ciudadanía, tampoco debemos olvidar los efectos desequilibrantes de estas nuevas prácticas en el contenido y en la forma del debate público. El flujo permanente, desordenado, desjerarquizado y sin contexto de informaciones de calidades heterogéneas en las redes sociales fomenta la proliferación de noticias falsas; la simplificación argumentativa, que alienta la polarización y la intolerancia; la preponderancia de consignas fáciles, dimes y diretes escandalosos; y una gran incapacidad para profundizar la comprensión de cuestiones complejas; lo cual tiende a debilitar el debate público.

En este contexto, los medios de comunicación tenemos el gran desafío de hacer mayores esfuerzos para contextualizar, seleccionar y profundizar la información. De igual manera, debemos seguir escuchando y transmitiendo las voces de los ciudadanos que no están en la burbuja digital. Éste es un imperativo democrático.

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