Editorial

Desorden mundial

Esta ola de desestabilización mundial también ha contagiado al continente americano.

La Razón (Edición Impresa)

00:26 / 12 de agosto de 2017

Estamos viviendo tiempos convulsos e inciertos en la escena global. El desorden geopolítico se está instalando en muchas partes del mundo; por ejemplo en Siria como en la península coreana. En el propio continente americano hay conflictos cuya naturaleza escapa a los manejos diplomáticos tradicionales. No somos inmunes a este nuevo contexto, por eso más vale tener calma.

La imprevisibilidad y las deficiencias del nuevo Gobierno estadounidense están exacerbando la sensación de desorden geopolítico en Medio Oriente y en Asia. A la “luz” de los tuits nocturnos de su Presidente y la seguidilla de matizaciones que deben realizar otros funcionarios sobre tales comentarios resulta difícil comprender las orientaciones estratégicas de esa gran potencia frente a los graves conflictos que afligen a las regiones mencionadas.

Tal desbarajuste es preocupante, pues introduce dudas sobre las intenciones y razonamientos del principal actor del actual orden geopolítico mundial. Es probable que finalmente se impongan la racionalidad y el realismo de los aparatos burocráticos de la administración estadounidense, encargados de las relaciones exteriores y de defensa, pero tampoco se pueden descartar, por pequeños que sean, los riesgos de una respuesta irresponsable basada en el humor presidencial o las creencias maniqueas de algunos de sus colaboradores. En todo caso, no se puede descartar totalmente ningún escenario.

Ahora bien, más allá del caos washingtoniano, lo cierto es que estas convulsiones son expresión de un proceso de más largo plazo: el tránsito de un mundo unipolar hacia otro en el que deberán coexistir múltiples poderes políticos y económicos, cuyo equilibrio está lejos de alcanzarse. Algunos dirán que este es un mundo mejor al no existir un poder hegemónico, pero al mismo tiempo es extremadamente peligroso. Más aún si muchos liderazgos políticos están consumidos por la política del espectáculo y la emotividad.

Esta ola desestabilizadora parece incluso contagiar al continente americano, donde la capacidad de acción de las potencias regionales parece bloqueada, las gestiones diplomáticas se limitan a declaraciones mediáticas poco consistentes con las lógicas internas de los conflictos, y aparecen polarizaciones políticas riesgosas, como por ejemplo en torno a la crisis venezolana.

Bolivia es un actor de menor envergadura en este desorden, pero no puede eludir sus implicaciones para la defensa de los intereses nacionales. En un mundo incierto y con actores relevantes de los que se tiene dudas sobre su racionalidad, resulta crucial que nuestra política exterior proponga un enfoque prudente y una acción guiada por valores y simpatías, pero también por una fría y certera lectura de los costos y beneficios de cada uno de los posicionamientos que se asuman frente a estos complejos panoramas. En un mundo de agitados, la calma es una virtud.

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