Editorial

Descalificaciones

El lenguaje del odio y la confrontación no se justifican   en ningún caso.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 10 de marzo de 2018

El tono del debate público se ha ido deteriorando. Tal parece que, en general, la opinión pública se ha olvidado que las divergencias ideológicas que se puedan tener con algún circunstancial contradictor no implican que sea una persona ruin o despreciable. El lenguaje del odio y la confrontación no se justifican en ningún caso.

En los espacios públicos se ha vuelto común que cualquier discusión, ya sea entre políticos de renombre o internautas anónimos, se inicie con legítimos disensos ideológicos o de criterio sobre algún aspecto de la agenda nacional, pero acabe en descalificaciones personales, insultos, agresiones innecesarias y sospechas de diverso calibre. Para muchos, no solamente la opinión de su adversario político está equivocada, sino que además, por pensar de aquella manera, necesariamente tiene que tratarse de una mala persona, de un pésimo padre, un delincuente y un largo rosario de etcéteras paranoicos.

Desde esta perspectiva, el pensamiento diferente nunca puede ser una expresión legítima y honesta de las percepciones de los ciudadanos, sino el producto de oscuras transacciones económicas o intereses inconfesables; el opositor de derecha es siempre un “agente del imperio”; mientras que el oficialista es siempre un “oportunista de izquierda, corrompido por el poder”, o un opinador comprado por el Gobierno.

Usualmente se dice que los insultos ad hominem se inician en un debate cuando los argumentos empiezan a faltar. Pero en estos tiempos de redes sociales y de obsesiones narcisistas de los políticos y comentaristas por enunciar la frase de impacto en los noticieros o en los talk shows, ya ni siquiera buscamos razones, pasamos directamente al insulto.

Lo peor es que estos maniqueísmos se suelen justificar mediante la supuesta defensa de valores que todos podríamos compartir como la pluralidad, la libertad o la igualdad. Es decir, se comenta y se critica con una insoportable superioridad moral falsa. Sin embargo, detrás de esta actitud se oculta el autoritarismo, así como la terrible tentación humana por la violencia y la eliminación del contrario como manera de hacer política.

Frente a esta situación, hacer un llamado a la tolerancia, al cuidado en el lenguaje y al diálogo no es una ingenuidad, es apenas una de las condiciones sine qua non para procurar resolver la conflictividad innata de una sociedad diversa como la nuestra, con mecanismos democráticos.

Como dice un dicho popular, lo cortés no quita lo valiente. Es decir, seamos apasionados y radicales defendiendo nuestras ideas, convenciendo y persuadiendo a otros de su validez, pero respetando al mismo tiempo el derecho del prójimo de pensar diferente y, por qué no, convergiendo con él en otros intereses, gustos estéticos, respeto por los vulnerables o simplemente en la convicción de que todos somos necesarios para construir un país mejor.

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