Editorial

Centenario de Mandela

Mandela demostró que el perdón es la mejor forma de acabar con el odio y la opresión

La Razón (Edición Impresa)

23:57 / 19 de julio de 2018

El miércoles se conmemoraron los 100 años del nacimiento de Nelson Mandela, una fecha más que propicia para reflexionar sobre la obra de este extraordinario estadista, quien demostró que no solo es posible luchar contra la injusticia y la opresión sin violencia ni revanchismos, sino también y sobre todo que esa es precisamente la mejor manera, quizás la única, de erradicar el colonialismo y la iniquidad.

En efecto, propios y extraños concuerdan en que uno de los legados más relevantes de Mandela, nacido el 18 de julio de 1918 en el poblado sudafricano de Umtata (Mvezo) y elegido como el primer presidente negro en Sudáfrica en 1994, fue la forma cómo decidió encarar la lucha contra el brutal sistema de discriminación racial (apartheid) que imperaba en su país hasta principios de los 90.

Predestinado a ser el jefe de su tribu, a Madiba (como cariñosamente le llaman) le esperaba una vida colmada de privilegios y respeto entre los suyos. Sin embargo, la rechazó en pos de un ideal mucho más grande, seguramente sin sospecharlo. A los 19 años huyó a Johannesburgo para evitar un matrimonio concertado por su familia. Era hijo adoptivo del rey, pero tuvo que sobrevivir como guardia de seguridad en una mina. Al poco tiempo ingresó en la facultad de Derecho de la Universidad de Fort Hare. Allí coincidió con Oliver Tambo. Ambos fueron expulsados por participar en una huelga estudiantil. De todas maneras terminaron sus estudios y fundaron el primer bufete de abogados negros en Sudáfrica.

Convencidos de que el régimen racista y totalitario solo podía ser derrotado mediante sabotajes y otras formas de violencia, Mandela, Tambo y otros activistas fundaron el Consejo Nacional Africano (CNA), conformado por comandos que se adiestraban para la lucha armada en Cuba, China, Corea del Norte y Alemania Oriental. A raíz de estas acciones, Madiba fue detenido y condenado a cumplir trabajos forzados a perpetuidad. En 1964 ingresó a la cárcel de Robben Island, en una isla rodeada de remolinos y tiburones frente a Ciudad del Cabo. Allí pasó nueve de los 27 años que estuvo tras las rejas, y en ese mismo lugar se gestaron cambios inimaginables en su forma de pensar y concebir el mundo.

Pese a que las condiciones en las que el régimen del apartheid tenía a sus prisioneros políticos eran atroces, Mandela se dio cuenta de que la única manera de acabar con la brutal represión de la minoría blanca en Sudáfrica (un 12% del país que explotaba y discriminaba al 88% restante) era a través de una transición pacífica, que reemplazara el odio, la injusticia y la discriminación que por siglos había padecido su nación con gestos de perdón, justicia y tolerancia.

Algo que sencillamente parecía imposible. No obstante, la paciencia, la voluntad de acero y la convicción de este gran estadista lograron concretar este ideal, evitando que el apartheid sudafricano degenere en una espiral de violencia imposible de contener, haciendo de su país y del mundo un lugar mejor para vivir.

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