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Trump y Xi sentados en un árbol

Ambos están desesperados no solo por ‘ganar’, sino también porque todos los veamos ganar. Queremos un mundo unido por reglas comunes, no uno dividido por un muro digital entre EEUU y China.

La Razón (Edición Impresa) / Thomas L. Friedman

23:48 / 16 de agosto de 2019

Todos se alegraron de que el mercado bursátil subiera tras la noticia de que los negociadores comerciales de China y Estados Unidos reanudaron conversaciones; también de que el presidente Trump lo pensara un poco y desistiera de sus planes de imponer más aranceles. Pero tampoco hay que dejarnos engañar. Trump y el presidente chino, Xi Jinping, todavía están trabados con uñas y dientes en la lucha para definir quién manda en realidad en la economía global actual. Ambos están desesperados no solo por “ganar”, sino también porque todos los veamos ganar y por evitar que los menosprecien sus rivales o críticos en las redes sociales.

Precisamente porque ninguno de estos líderes puede darse el lujo de una derrota patente, ambos han tomado medidas exageradas. Xi, en esencia, cree que nada debe cambiar (y que puede conseguir que todo siga igual gracias a la férrea fuerza de su voluntad). Por su parte, Trump está convencido de que todo debe cambiar (y que puede conseguir que todo cambie gracias a la férrea fuerza de su voluntad). El resto de los mortales tan solo vamos en el mismo barco.

Analicemos los cálculos, atinados y desatinados, de ambos. Trump tiene razón en cuanto a que EEUU no debe seguir tolerando las prácticas comerciales chinas de abuso sistémico, como el robo de propiedad intelectual, las transferencias tecnológicas forzadas, los enormes subsidios públicos y la falta de reciprocidad en cuanto al tratamiento que reciben las empresas estadounidenses en China, ahora que ese país está casi al mismo nivel de desarrollo tecnológico que Estados Unidos y se clasifica como una nación de ingresos medios que va en ascenso.

Sin embargo, encontrar una solución para ese problema no parece ser el único objetivo de Trump, y ni siquiera uno de los principales. Está obsesionado con el persistente superávit comercial de China con EEUU, pese a que los economistas le han explicado una y otra vez que el superávit no solo depende de las barreras comerciales de China. Los principales factores que influyen son la política de finanzas públicas del país, las tasas de interés y el hecho de que EEUU gasta más de lo que produce e importa la diferencia.

En tal confusión, Trump nunca ha explicado qué considera una “victoria” en la guerra comercial con China, misma que él inició y que, según dijo, era “fácil” ganar. ¿El objetivo es lograr reciprocidad en el tratamiento que reciben las empresas estadounidenses en China (que debería ser la meta) o eliminar el déficit comercial con China? Lo primero requiere mucha colaboración con China; lo segundo, mucho trabajo al interior del país.

Digamos que el objetivo es lograr reciprocidad. Para conseguirlo, hay dos estrategias posibles: con aranceles o con aliados. Trump optó por aporrear a China con aranceles a todas sus exportaciones, equivalentes a más de $us 500.000 millones, y hacerlo por su cuenta, sin ninguna ayuda del resto del mundo. Todo porque, según él, China solo entiende por la fuerza. En mi opinión, los primeros aranceles que impuso Trump a $us 50.000 millones el año pasado estaban justificados. La intención era proteger industrias estadounidenses vitales, desde microchips y robótica, hasta maquinaria, que constituyen las bases para cualquier economía del siglo XXI y que, por motivos de seguridad nacional, EEUU no quiere ver migrar por completo a China. Pero pretender basar su estrategia en lo sucesivo en el martillo de los aranceles es un error. Los aranceles afectan a los consumidores y agricultores estadounidenses tanto como a los fabricantes chinos (justo por eso Trump se echó para atrás), además de que producen otras consecuencias imprevistas.

Como me hizo notar Weijian Shan, un destacado inversionista de China que radica en Hong Kong, en 2010 China reveló la supercomputadora más rápida del mundo. Esa maravilla se construyó con microprocesadores fabricados en EEUU. Por desgracia, en 2015, el gobierno de Obama le negó a Intel una licencia para vender sus chips microprocesadores a cuatro laboratorios de supercomputación en China porque trabajaban con tecnología para el Ejército chino. Así que, al año siguiente, China lanzó una supercomputadora nueva, construida por completo con microprocesadores de fabricación nacional. “Para 2018, China ocupaba el primer lugar en la liga global de supercomputación, pues tenía 206 de las 500 supercomputadoras más rápidas del mundo”, aseveró Shan. “Estados Unidos se encontraba en segundo lugar, con 124”.

Hace poco, Trump impuso restricciones a las empresas estadounidenses de software y hardware para vender sus productos al gigante tecnológico Huawei. En respuesta, ese fabricante de teléfonos, el tercero en importancia mundial (detrás de Samsung y Apple), anunció que creará su propio sistema operativo para remplazar el Android de Google. Seguramente el sistema operativo de Huawei no será igual de bueno… por ahora. ¿Pero qué tal en unos cuantos años?

Sospecho que los dirigentes chinos ya están haciendo una lista de todos los productos industriales avanzados para los cuales no planean depender de EEUU nunca más. ¿Cuáles serán las consecuencias a largo plazo de estas acciones? Había otra opción: Trump debería haber firmado el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por su sigla en inglés), con lo cual las 12 mayores economías del Pacífico, con excepción de China, habrían adoptado las normas comerciales globales diseñadas por Estados Unidos.

A continuación, debería haber puesto de nuestra parte a los países de la Unión Europea, que tienen los mismos problemas con China en el ámbito comercial. Entonces sí debería haberles dicho a los chinos que quería negociar, lejos de la mirada pública, una nueva serie de acuerdos comerciales recíprocos: Estados Unidos tendría en China el mismo acceso que se otorga a las empresas chinas en el mercado de la Unión Europea y en los países del TPP.

En vez de presentar sus acciones como una confrontación entre EEUU y China con el propósito de definir cuál de estos países logrará hacer prevalecer sus propios intereses, Trump debería haber presentado sus medidas como un enfrentamiento de todo el mundo con China, con el propósito de definir qué normas se aplicarían en el mundo. Lo verdaderamente absurdo es que Trump ni siquiera le ha explicado al mundo que su equipo pretende que China cambie su legislación de manera que algunos de sus peores abusos sean ilícitos, lo cual beneficiaría a todos los países que tienen relaciones comerciales con el gigante asiático.

Queremos un mundo unido por reglas comunes, no uno dividido por un nuevo Muro de Berlín digital entre EEUU y China. En todo caso, si el mundo se divide, que sea porque todos se den cuenta de que China no acepta esas normas comunes, no porque China se niega a someterse a un presidente estadounidense obsesionado con mostrarle a todos que ha ganado y cuyo único interés parece ser EEUU primero y siempre.

La política solitaria de Trump le ha facilitado a Xi ocultar el hecho de que nadie sabe en realidad qué postura tiene China en cuanto al comercio. En un principio, el equipo de Xi pareció estar dispuesto a hacer concesiones a las solicitudes de Trump, pero en mayo dio marcha atrás. Xi enfrenta un verdadero dilema. China está mucho más abierta hoy en día que hace 30 años, pero también mucho más cerrada que hace cinco. Todo porque Xi ha hecho más estrictos los controles del Partido Comunista y se nombró presidente vitalicio.

Por desgracia para él, esas medidas son contrarias a lo que necesita China para pasar de ser un país de ingresos medios a uno de ingresos altos. Para lograrlo, necesita más innovación, flexibilidad y apertura, tanto a las ideas como a las personas y al comercio. No creo que China haya descubierto la fórmula mágica para conseguir que la represión política, el control del Estado sobre grandes sectores de la economía y la innovación funcionen en armonía a largo plazo.

Trump cree que puede conseguir todos los cambios que necesita sin aliados. Xi está convencido de que puede lograr que todo siga igual, no solo en casa, sino también en sus relaciones con EEUU y Hong Kong, sin ningún cambio. Me parece que ambos están equivocados. Sin embargo, preferiría estar en los zapatos de Trump que en los de Xi. Trump puede desistir, hacer concesiones, cambiar en cualquier momento y declarar cualquier cosa una victoria. Si Xi se retracta en cuanto al control del Partido Comunista sobre la economía y sobre Hong Kong, pondrá de cabeza todo el sistema. Por eso este momento es tan complicado e implica tantos riesgos. Llega cierto momento en que, mientras más cambian las cosas, menos pueden seguir igual.

* Columnista de opinión de asuntos exteriores del The New York Times. Ha ganado tres Premios Pulitzer, autor de siete libros, incluido From Beirut to Jerusalem, que ganó el National Book Award. © The New York Times, 2019.

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