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Nuestra ciudad hoy

Por causa de la violencia, la ciudad ha dejado de ser el lugar donde primaba el desplazamiento abierto.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:04 / 22 de noviembre de 2018

El título de este artículo no nos debiera llevar a pensar en la ciudad conformada por la suma de sus partes, sino a reflexionar sobre el valor que adquiere cuando es disfrutada por sus habitantes; es decir, aquella urbe que espera ser descubierta y conocida en sus facetas de reinvención y en su vasto mapa de sorpresas.

Es que toda ciudad tiene diferentes aspectos que se entrelazan entre su identidad y su memoria, los cuales conforman un plano que enuncia lo bueno y lo malo que alberga: seguridad, orden, pero también caos y peligrosidad. En este último aspecto se enmarcan los múltiples casos delictivos que se conocen cada día y que contribuyen a opacar las etiquetas positivas que coronan a La Paz.

Se debe recordar que toda metrópoli, a pesar de contar con atractivos paisajes arquitectónicos y urbanos, también acoge lugares ocultos que incluso la pueden convertir en una urbe violenta; pues la violencia suele expandir sus dominios a lugares céntricos que se muestran propicios para hechos criminales.

De ahí que el seguir construyendo la ciudad resulta en nuestros días una tarea complicada, especialmente cuando algunos proyectos que apuntan a embellecerla quizás sin proponérselo habilitan lugares subterráneos favorables a la delincuencia. Nos referimos a los túneles, rincones o pasajes que fueron pensados para el comercio y que hoy son sitios oscuros que invitan a los malhechores a la comisión de delitos. Claro ejemplo de ello son los espacios que existen debajo de los extremos de la pasarela en la calle Comercio.

Por causa del hampa se construyen e instalan, cada vez en mayor número, grandes murallas o alambrados que para los ciudadanos representan una especie de “cicatrices”, las cuales les recuerdan que aquellos lugares fueron parte de agradables paseos diurnos y nocturnos en los que no solo disfrutaban de su ciudad, sino también del aire que respiraban.

No cabe duda de que con la violencia la urbe ha dejado de ser el lugar del desplazamiento abierto, ya que el temor apaga cualquier deseo de vivirla y sentirla. Por ello, el abrir la tonada frenética del desarrollo y la modernidad, en vez de regular su desarrollo y expansión, prescribe un futuro de manchas urbanas renovadas que avanzan conjuntamente el peligro señalado.

¿Qué hacer entonces con esa realidad? Creemos que los flujos de crecimiento debieran ser reforzados con apoyo tecnológico. Un ejemplo: edificios iluminados e inteligentes con cámaras de seguridad que desde ciertos puntos estratégicos en las alturas registren y alerten oportunamente sobre hechos de violencia. Así, la geografía de la violencia (dejada al descubierto por reflectores, cámaras y demás) gestaría otro ritmo de vida urbana nocturna, la cual tenga como base la seguridad sin limitar en primer plano su costo.

Toda ciudad lleva un ritmo acelerado de día y no mucho menos por la noche, lo que hace necesaria su protección, resistiendo el lamento de las memorias y previendo el avance de la urbe hacia un futuro con esperanza.

* Arquitecta.

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