Columnistas

Ropa, no

La Razón (Edición Impresa) / Lucía Sauma

00:42 / 29 de agosto de 2019

A propósito de las manifestaciones de solidaridad con la Chiquitanía, escuché un reporte desde Santa Cruz en el que pedían tomar nota de los teléfonos y números de cuenta bancaria donde las personas podían informarse y hacer efectiva la ayuda que deseaban brindar. Al finalizar el despacho, la periodista decía con ruegos “por favor no lleven ropa, no se necesita ropa; ropa, no”.

Entonces imaginé la frustración de las amigas que el último fin de semana aseguraban, aliviadas, que ya tenían listos unos cuantos bolsones para entregarlos en los puestos de acopio que habían comenzado a funcionar. Aunque me imagino que quienes embolsaron la ropa que ya no usan para donarla igual lo harán, porque necesitan deshacerse de abrigos, chompas, faldas y pantalones para comprar aquello que les hizo un guiño desde un escaparate o un puesto de venta callejero.

La ropa usada termina dando vueltas al mundo en forma de donación, oferta, o cualquier otra modalidad que se acepte, destruyendo la industria nacional. Bolivia es un claro ejemplo de ese mal, que además de terminar con la incipiente industria de textiles ha creado un problema social del que muy difícilmente se va a librar: los vendedores de ropa usada que han visto sus arcas llenarse y convertir hasta sus dormitorios en depósitos con talegos cerrados. Ropa de dudoso origen o procedencia, aunque es fácil de adivinar que la mayoría proviene de personas ávidas de comprar, enloquecidas por la fiebre de consumo que llenan bolsas, cajones, maletas, roperos sin verdadera necesidad.

Esta fiebre de producción y de consumo llena los roperos y vacía las billeteras. En el mundo se producen más de 100.000 millones de prendas al año. Todo es más desechable que nunca. Hay gente que antes que lavar prefiere comprar ropa a bajo costo para luego desecharla. Pasó el tiempo de heredar entre hermanos, de remozar un vestido para que esté a la moda. La vida útil de las prendas se ha reducido de manera drástica. Los precios se hacen cada vez más accesibles y las temporadas de ofertas ya son pan de cada día. Toda fecha local o internacional es buena para declarar precios de locura, en desmedro de las pequeñas fábricas que abren por un corto tiempo para inmediatamente liquidar su mercadería por motivo de cierre.

Finalmente, esta industria, por el poliéster que utiliza, genera el 3% del dióxido de carbono que se genera en el mundo, con consecuencias medioambientales casi imposibles de revertir. A pesar de toda esta información, seguiremos comprando la ropa que no necesitamos y que mantendremos guardada por años hasta que otro desastre natural nos impulse a sacarla en bolsas, aunque nos supliquen “ropa no por favor; ropa, no”.

* Periodista.

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