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Un remanso de agua

Durante nuestra visita a la galería, el mundo nos volvió a parecer hermoso, gracias María Esther.

La Razón (Edición Impresa) / Edgar Arandia Quiroga

09:19 / 17 de marzo de 2019

A principios de año, un yatiri anunció que el desborde de la basura que genera la ciudad y que se acumula en el relleno de Alpacoma era un anuncio del rebalse de la basura moral que se va acumulando durante muchas décadas y que, en cada etapa preelectoral, salta a los primeros planos de la vida de los bolivianos y nos impregna de náusea.

Efectivamente, eso ocurrió a una velocidad inaudita, en los tres primeros meses la población recibió tal mogote de actos de corrupción que muchos ciudadanos buscábamos dónde posar nuestros ojos y develar que la vida de los bolivianos no es solo eso. Así, en busca de otro horizonte, nos dimos un paseo por las galerías de arte y museos para admirar y gozar de la belleza que los bolivianos dedicados al arte nos ofrecen, y recordé la frase que el viejo Marx le dedicó a esta actividad:

“La máxima alegría de los seres humanos es el arte”. Así que me encaminé a buscar otro remanso y recalé en la galería de arte Altamira, que estaba exhibiendo acuarelas inéditas de María Esther Ballivián (1927-1977), maestra de muchos artistas, que desapareció en el momento culminante de su obra y en la antepuerta de una nueva etapa. Ninguna de las piezas ejecutadas a la acuarela tienen fecha, pero podemos colegir que fueron elaboradas a mediados de los 70, cuando María Esther buscaba caminos nuevos en la figuración, dejando el abstracto como parte de su recorrido.

Estas acuarelas, íntimas por su carácter de boceto inicial, denotan la sensación de haber llegado al satori o la iluminación de un haiku. Son la impronta del momento, el acto gestual de enfrentarse con el cuerpo femenino al que va desnudando como una flor para encontrarlo más allá de la apariencia carnal. Así, las piezas numeradas a partir del uno hasta el 17 conforman una secuencia cinematográfica de un cuerpo femenino develándose. En ellas se adivinan las conversaciones que tal vez tuvo con su modelo Ignacia, complemento perfecto que le permitió concebir las delicadas luces que luego, al completar estos estudios preliminares, le facultaban para estructurar el espacio bidimensional sin caer en los desnudos estereotipados de almanaque.

María Esther Ballivián, durante su desarrollo, resumió su recorrido pictórico, volviendo a la práctica clásica de la pintura del Renacimiento: glorificar el cuerpo desnudo, su belleza y su presencia carnal en el espacio. Estas acuarelas nos permiten conjeturar sobre su obsesión a la hora de encontrar nuevas aristas visuales al desnudo. Quedará en la especulación qué nuevas resonancias encontraría con los cuerpos, sobre todo femeninos.

Desde sus inicios, con la influencia temprana del indigenismo del maestro Juan Rimsa, su preocupación por las formas humanas y sus carnaciones le permitieron licencias pictóricas respaldadas por una fuerte preparación académica. Así, luego de sus periplos por Europa, incursionó en la pintura abstracta, iniciada por los expresionistas abstractos norteamericanos como Pollock, Kline y —sobre todo— De Kooning, quien rememoraba indicios de figuración y su uso de los contrastes de colores complementarios. Esto se puede percibir en su manejo de la técnica en las acuarelas en exhibición: de primera intención, línea y mancha para capturar lo más importante: el escorzo, el espacio en el cuadro y el primer escarceo de color… estaba volviendo a la figuración.

El acrílico le permitía lograr transparencias sutiles rápidamente, y es certero afirmar que su conocimiento de las posibilidades técnicas de los medios acuosos, como la acuarela, le prepararon para incursionar en el acrílico, el cual, a diferencia de lo que acontece con el óleo, no requiere de tiempos largos en el secado para obtener las veladuras. En la muestra se exhiben dos acrílicos sobre tela que develan su desarrollo claramente, su etapa abstracta y gestual, y su retorno a la figuración.

Así, en los últimos años de su vida artística volvió al principio, en un círculo que clausuraba su última etapa; como si adivinase que ya había cumplido su viaje a través de su arte, en la que su presencia nos habla de su arduo trabajo y su pasión. Durante nuestra visita a la galería, el mundo nos volvió a parecer hermoso, gracias María Esther.

Es artista y antropólogo.

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