Columnistas

Una relación tóxica

La obsesión del MAS por Evo llevó a ese partido, de las narices, por la senda que conducía al despeñadero.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Molina

06:52 / 23 de enero de 2020

La elección de los candidatos del Movimiento Al Socialismo (MAS) terminó como era previsible: en pelea interna. Pese a la difícil situación en la que se encuentra ese partido, su cúpula no quiso actuar democráticamente. Por el contrario, como es normal en los partidos bolivianos, antepuso el criterio del caudillo, Evo Morales, a la voluntad de las bases. Para éstas, el candidato a la presidencia debía ser David Choquehuanca; para la cúpula, Luis Arce, quien finalmente fue el elegido… No importa cuál de ellos es mejor o peor, lo cierto es que uno tenía un derecho mejor que el otro, pero no le sirvió de nada.

Evo es el “marido celoso” que prefiere matar a su mujer antes que permitir que ame a otro (bueno, quizá no matarla, pero sí encerrarla y verla languidecer). Y que lo hace incluso cuando, por su culpa, está sufriendo postrada en un hospital. ¿Y el MAS? Igual que la mujer maltratada, primero llora un poco y luego termina justificando al hombre ese del que no puede dejar de estar enamorada; no importa cuántos abusos cometa ni cuán egoísta sea. No es una relación saludable, pero es la única que conoce. Puede que el hombre tenga mal carácter, pero también ha sido un gran proveedor, que le ha dado muchas cosas, materiales y simbólicas: un lugar en la sociedad, una vida fascinante que recordar.

Como todo egocéntrico, Evo es un gran manipulador. El detalle de inducir a todos los candidatos a firmar una carta en la que prometían que, sin importar cuál fuera el resultado de la selección interna, no dividirían el partido, únicamente se le puede haber ocurrido a alguien que sabía que ese resultado sería divisivo. ¡Un gran toque!

No necesito decir que el caudillismo del MAS es responsable en un 70% del derrocamiento del anterior gobierno. Hasta un niño sabe que la obsesión del MAS por Evo llevó a este partido, de las narices, por la senda que conducía al despeñadero. No obstante, todavía es necesario sacar las debidas consecuencias de este lugar común. Si el caudillismo del MAS es responsable en un 70% de su propia caída, esto significa que también es responsable, en al menos un 50%, de la llegada del actual gobierno de “cazadores” y del desplome del país en un negro periodo de violencia y reacción.

Aquí está tu obra, oh caudillismo, método de organización y de acomodo políticos que, despojándonos de toda capacidad crítica, nos lleva a depender de una persona de tal manera que podríamos seguirla, en medio de vítores, a su propia perdición… Y también a la nuestra, claro está.

Ya hemos visto esta telenovela muchas veces. La hemos visto a lo largo de toda la historia del país, comenzando por los tiempos en los que ni siquiera había electricidad. Con su ironía culta y mortífera, Gabriel René Moreno se burlaba del fervor que despertaba José María Linares entre sus seguidores, que veían en él la encarnación de su privilegio racial y clasista. Linares mismo decepcionó muy pronto, pero su mito perduraría hasta décadas después de su muerte.

Hoy se intenta poner el acento en las “estructuras”, pero una verdadera historia de Bolivia sería, como intuyó Alcides Arguedas, la de la sucesión de sus caudillos.

Ni bárbaros ni letrados; sin embargo, ya que todo caudillismo es bárbaro y es aquí, como dijo René Zavaleta una vez, “la forma de organización de las masas”.

Hace mucho dejé de militar en un partido de izquierda por razones intelectuales, que son aburridas, y por una razón personal: estaba cansado de “mi” caudillo; de que hiciera pasar sus razones personales por necesidades históricas y políticas; de que siguiera tomándonos el pelo. Lo dejé, eso sí, en “cámara lenta”, porque, como es bien conocido, abandonar a un marido posesivo es un proceso desgarrador. Que un día se consigue… o que no. Y que si se consigue, da lugar a la libertad del viudo, que es una libertad triste y vil. Y aun así, mejor que la alternativa de morir de amor.

Fernando Molina

Es periodista.

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