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El Reino Unido se volvió loco

El crecimiento depende cada vez más de la capacidad de estar conectados a más flujos de conocimiento e inversión. El Reino Unido está a punto de poner un enorme letrero con la leyenda: ‘Váyanse de aquí’.

La Razón (Edición Impresa) / Thomas L. Friedman

23:50 / 05 de abril de 2019

El semanario Politico publicó hace poco que la ministra francesa de Asuntos Europeos, Nathalie Loiseau, tenía un gato llamado Brexit. Según el periódico Journal du Dimanche, Loiseau explica la elección de ese nombre en estos términos: “Me despierta cada mañana con unos terribles maullidos, desesperado por salir; pero cuando le abro la puerta solo se queda ahí parado, como indeciso, y cuando lo levanto y lo saco, me lanza una mirada malévola”.

Ya en serio, el Reino Unido, la quinta mayor economía del mundo (cuyas clases dominantes crearon la democracia parlamentaria moderna, los sistemas modernos de banca y finanzas, la Revolución Industrial y el mismo concepto de globalización), parece determinado a abandonar la Unión Europea, el mayor mercado del mundo para el libre movimiento de bienes, capitales, servicios y mano de obra, sin contar con un plan bien pensado, o quizá sin ningún plan. Resulta trágico observar a un país dispuesto a cometer un suicidio económico, y que encima ni siquiera puede ponerse de acuerdo en cómo hacerlo. Es una muestra del fracaso épico del liderazgo político británico.

Los miembros del Parlamento, tanto conservadores como laboristas, han presentado a votación un plan tras otro en busca del arreglo perfecto que les permita salir de la Unión Europea sin ningún sufrimiento. Por desgracia no existe una solución así, sencillamente porque es imposible arreglar la estupidez.

Cuando se invitó al público a votar sobre el brexit en 2016, la explicación que se les dio fue simple y de lo más engañosa. Quienes estaban a favor del brexit utilizaron una serie de mentiras sobre el alcance de sus beneficios y la facilidad con que podría aplicarse. Hasta este momento siguen a favor los conservadores más inflexibles, quienes solían darle cierta importancia a las empresas, pero que ahora están obsesionados con la idea de recuperar la “soberanía” del Reino Unido a costa de cualquier consideración económica.

No parecen escuchar en absoluto a personas como Tom Enders, director ejecutivo del gigante del sector aeroespacial Airbus, que da empleo a más de 14.000 personas en el Reino Unido, además de 110.000 trabajos locales que están relacionados con sus cadenas de suministro. Enders les advirtió a los líderes políticos que si el Reino Unido sale de la Unión Europea en las siguientes semanas, Airbus quizá se vea obligada a tomar algunas “decisiones que podrían ser muy dañinas” en cuanto a sus operaciones en el país. “Por favor no escuchen las locuras de los partidarios del brexit, que dicen que ‘como tenemos plantas enormes aquí no nos iremos’. Están equivocados”, afirmó. “Les aseguro que hay muchos países que estarían encantados de construir las alas de las aeronaves de Airbus”.

Comprendo las quejas de muchos de los que votaron a favor de salir de la Unión Europea. Para empezar, se sentían abrumados por la cantidad de inmigrantes del bloque (la Unión Europea debería haber protegido al Reino Unido de ese aumento; esa parte se debió a una tontería alemana y francesa). Se calcula que cerca de 300.000 ciudadanos franceses viven en Londres, por lo que podría considerarse una de las ciudades francesas más grandes del mundo.

También comprendo el resentimiento que sienten los británicos hacia todos los burócratas de la Unión Europea, desconocidos para ellos, que les imponen normas desde Bruselas. Por supuesto, entiendo su resentimiento hacia las élites urbanas globalizadas que, según los habitantes de las áreas rurales, los miran con desdén, y reconozco las presiones que han sufrido los salarios de la clase media, por las que se culpa injustamente a la UE y los inmigrantes, de la misma manera en que el presidente Trump culpa a los mexicanos. Claro que comprendo todo esto. Pero también comprendo las implicaciones de tener una posición de liderazgo en el siglo XXI. Por supuesto, no tiene nada que ver con defender la soberanía por encima de cualquier otra consideración ni abandonar el mercado gigante de la UE, al que el Reino Unido envía más del 40% de sus exportaciones, sin sostener un debate nacional serio acerca de los costos y beneficios involucrados.

¿Qué tienen en común los dirigentes más efectivos en la actualidad? Cada mañana al levantarse, se hacen las mismas preguntas: “¿En qué mundo vivo? ¿Cuáles son las principales tendencias en el mundo? ¿Cómo puedo educar a mis ciudadanos para que conozcan este mundo y alinear mis políticas para que más de mis ciudadanos puedan recibir los mayores beneficios de estas tendencias y estar protegidos de sus peores consecuencias?”.

Procedamos a responder la primera pregunta, vivimos en un mundo que está tan interconectado gracias a la digitalización, el internet, los dispositivos móviles, y muy pronto las transmisiones inalámbricas 5G, que vivimos en una interdependencia sin precedentes. En este mundo, el crecimiento depende cada vez más de tu capacidad y la de tu comunidad, tu pueblo, tu fábrica, tu escuela y tu país de estar conectado a más flujos de conocimiento e inversión, no solo de suministros de artículos.

A pesar de esto, el Gobierno del Reino Unido ahora está en manos de un partido que quiere desconectarse del mundo conectado. La idea de que el Reino Unido suscribirá un excelente tratado de libre comercio con EEUU en cuanto abandone la UE es ridícula. Trump cree en el nacionalismo competitivo y la razón por la que ha promovido la división de la Unión Europea es que cree que EEUU puede dominar a las economías individuales del bloque con mucha mayor facilidad que cuando negocian de manera conjunta como el mercado único más grande del mundo.

El segundo punto que los mejores dirigentes tienen claro es que, en un mundo de aceleraciones simultáneas en tecnología y globalización, mantener a su país lo más abierto posible a cuantos flujos sea posible es ventajoso por dos motivos: para recibir primero todas las señales y responder a ellas, y para atraer a los aventureros con coeficiente intelectual más alto, quienes tienden a ser los que arrancan nuevas empresas o las hacen prosperar. En el caso de EEUU, ¿quién es el director ejecutivo de Microsoft? Satya Nadella. ¿Y el director ejecutivo de Google? Sundar Pichai. ¿Quién es el director ejecutivo de Adobe? Shantanu Narayen. ¿Quién es el director ejecutivo de Workday? Aneel Bhusri. Ya ves, Londres, los mejores talentos quieren ir a los sistemas más abiertos, tanto para los inmigrantes como para el comercio, porque es donde se presenta la mayoría de las oportunidades. El Reino Unido está a punto de poner un enorme letrero con la leyenda: “Váyanse de aquí”.

Los líderes más sabios también comprenden que los grandes problemas que sufrimos en la actualidad son problemas globales, por lo que solo podremos resolverlos con acciones globales. Me refiero al cambio climático, las reglas comerciales, los estándares tecnológicos y las medidas para prevenir excesos y contagios en los mercados financieros. Si tu país quiere tener alguna injerencia en la solución de estos problemas (y tu país no es Estados Unidos, Rusia, China ni India), necesitas formar parte de una coalición más amplia, como la Unión Europea. Pertenecer a la UE le ha dado al Reino Unido una proyección mucho mayor en los asuntos de interés mundial.

Todavía hay una cosa más que los mejores dirigentes saben muy bien: un poco de historia. A Trump le viene muy bien un mundo en el que los nacionalismos europeos estén en competencia, donde no exista una Unión Europea fuerte. También le conviene a Vladimir Putin. Al parecer, también les conviene a los partidarios del brexit. Olvidaron con gran facilidad que la UE y la OTAN se crearon para evitar precisamente el nacionalismo competitivo que causó estragos en Europa en el siglo XX y provocó dos guerras mundiales.

Siento mucho el tono pesimista, pero realicé mis estudios de posgrado en Inglaterra gracias a una beca Marshall que me otorgó el Gobierno británico, me casé en Londres y comencé mi carrera de periodismo en la calle Fleet. Me encanta este lugar. Por desgracia, ya no existe el Gobierno británico de cierta competencia con el que crecí. Ahora están al mando una banda de tontos, un bloque formado por el Partido Conservador, que se ha hecho radical debido a su obsesión por abandonar la Unión Europea, y el Partido Laborista, que ha adoptado una ideología marxista. Si los ciudadanos no logran obligar a sus políticos a hacer concesiones entre ellos y para ajustarse a la realidad (todavía hay un dejo de esperanza de que sea posible), el sistema político británico se resquebrajará y sufriremos mucho en lo económico. La situación es preocupante.

* Columnista de opinión de asuntos exteriores del The New York Times. Ha ganado tres Premios Pulitzer, autor de siete libros, incluido “From Beirut to Jerusalem”, que ganó el National Book Award. © The New York Times, 2019.

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