Columnistas

Los planes de uso de suelos

Los suelos benianos tienen características especialmente difíciles para la producción agrícola.

La Razón (Edición Impresa) / Wolf Rolón Roth

21:54 / 14 de diciembre de 2019

El suelo es el medio natural de crecimiento para las plantas. Está formado por materia orgánica e inorgánica con diversas propiedades (textura, estructura, acidez) y características (físicas, químicas y biológicas). Estos rasgos particulares permiten definir qué uso puede tener un suelo, en relación con las características climáticas de un lugar. Cuando se considera que un suelo o un clima particular son aptos para la producción agrícola, es porque este uso es sostenible económica y medioambientalmente. La producción agropecuaria en un suelo puede ser muy costosa debido a determinadas características que hacen que sea poco viable económicamente; pero sí puede ser más productivo y competitivo usado en otras labores. Un plan de uso de suelo permite establecer para qué actividad, económica y ambientalmente viable, puede ser usado un determinado territorio. Tiene como objetivo el manejo y uso sostenible de los recursos naturales y permite establecer normas para un ordenamiento territorial.

En el caso del Beni, que actualmente pretende aprobar un cambio de uso de suelos, tienen características especialmente difíciles para la producción agrícola por dos factores: la textura y las propiedades químicas. Los suelos de aquel departamento tienen una textura muy arcillosa, lo que se llama suelos pesados (característica que sumada a otros factores hace que sea una región de inundaciones naturales periódicas). Por esta razón su drenaje es lento y difícil. Para cultivar en aquella región es necesario subsolar los terrenos; es decir, ararlos profundamente, lo que además de ser muy costoso implica modificaciones físicas que a la larga deterioran aún más sus características.  

En cuanto a sus condiciones químicas, son suelos ácidos, como la mayor parte de los suelos tropicales. Lo que reduce el rendimiento de los cultivos agrícolas industriales (soya, caña de azúcar, girasol) y de pastos cultivados. Para corregir este problema es necesario encalar los suelos, invirtiendo en caliza comercial (cal o dolomita) que debe transportarse desde yacimientos situados en el occidente del país (aspecto que los países vecinos enfrentan con menores costos). Por lo tanto, tanto la textura como las características químicas del territorio beniano limitan una producción económicamente factible, capaz competir con la de otras regiones.

A esto hay que añadir los costos ambientales, ya que el Beni es una inmensa sabana mal drenada con islas de bosques de gran funcionalidad para la fauna y como protectores de riberas de ríos. En la región existen tres sitios Ramsar en 7 millones de hectáreas (humedales de alto valor de conservación); la estación biológica en la que está parte del territorio indígena t’simane; y la reserva científica, ecológica y arqueológica Kenneth Lee (área protegida en la que está el complejo arqueológico de las culturas hidráulicas). La alteración de estas reservas naturales puede provocar daños ambientales irreversibles.

En un principio puede haber un gran entusiasmo por las inversiones privadas y estatales, pero a la larga serán abandonadas por su alto costo, dejando una devastación de bosques y humedales por erosión y desertificación. El Beni tiene un futuro promisorio si se asegura la productividad de las actividades sostenibles para las que sus suelos tienen vocación: ganadería extensiva en praderas naturales racionalmente pastoreadas, acopio de productos no forestales (castaña, cacao, asaí) y turismo ambiental.

* Ingeniero agrónomo, fue dirigente ganadero en el Beni.

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