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El fútbol (ya no) es de la gente

La Conmebol tiene un objetivo: alejar al pueblo del fútbol y hacer plata con los derechos televisivos.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo

00:15 / 19 de junio de 2019

El lema de la Copa América es “Vibra el continente”. Pero Brasil no vibra. El povo brasileiro se arremolina alrededor de las televisiones de los bares para seguir el fútbol, pero es el fútbol de las garotas, los partidos de su selección femenina en el Mundial de Francia. Las mujeres lucen poleras amarillas con el nombre de Neymar tachado en la espalda y el de Marta dibujado debajo. El crack del PSG ha heredado el famoso “Él no” dirigido contra Bolsonaro.

El mítico Maracaná, actualmente para 80.000 espectadores, luce desértico en este domingo caluroso en Río de Janeiro cuando chocan con un empate sorprendente Paraguay y Qatar. El debut entre la anfitriona y nuestra Bolivia en el Morumbí de Sao Paulo tuvo más de 20.000 asientos vacíos. Y en el Arena de Gremio (para 60.000 personas) se ven apenas a 13.000 hinchas para asistir al encuentro Perú-Venezuela. Eso no es todo: lograr un ticket es sumamente complicado. Hay que comprar con la sacrosanta tarjeta de crédito a través de la diosa internet y retirar el boleto físico, días antes de los partidos, haciendo colas de varias horas.

La dirigencia de la Conmebol tiene un objetivo: alejar al pueblo del fútbol, hacer plata con los derechos televisivos. El hincha estorba. Los trapos molestan. En el nuevo ocio elitista, no hay lugar para los descamisados. Las entradas en Brasil tienen precios “europeos” y son inaccesibles para las grandes mayorías. Un cafezinho cuesta tres reales ($us 0,80) en la padaria e confeitaria La Copa, a dos cuadras del Maracaná. Un almuerzo popular no pasa de los 20 reales ($us 5,2). Una entrada para la final supera los $us 250, 960 reales, el salario mínimo. No más preguntas, su señoría. Los medios son mentirosos y los lemas, también. El eslogan de la todopoderosa cadena Globo para el torneo también miente: “Soy loco por Copa América”. Parafrasear la legendaria canción de Caetano Veloso es peor aún, es simplemente de mal gusto.

Cuando los ingleses nos trajeron el deporte de la pelota al continente, los partidos eran excluyentes: los señoritos jugaban entre ellos y el público hablaba en inglés tomando el té a las cinco de la tarde. Luego llegó la venganza de la clase obrera que se apropió del juego, forjó identidades colectivas, canalizó su orgullo y su rabia pateando y cabeceando siempre para adelante. Gracias a esta dirigencia aristocrática y arribista, alejada de las grandes masas, estamos viviendo un proceso de involución (paralelo a un plan sistemático de despojo de derechos sociales) con millones mirando en la caja tonta un espectáculo reservado para unos pocos.

Los “ingleses” han vuelto para vengarse. El fútbol se lo robaron a la gente, ya no les pertenece. El fútbol tiene ahora público y espectadores, como la ópera o el teatro. La hinchada está con la nariz pegada a una vidriera de una tienda de venta de televisores de muchas pulgadas. El fútbol es educativo y cumple un rol social, pero ha sido privatizado por los mismos señores (¿por qué no hay mujeres independientes en las altos cargos dirigenciales?) que huelen los buenos negocios desde el inicio de los tiempos.

Se juega con los sentimientos del pueblo colocando una entrada a $us 150 para ver un exótico Paraguay-Qatar en un país como Brasil, que sufre un acelerado proceso de empobrecimiento y ajuste social privatizador bajo la bota de Bolsonaro. El neoliberalismo vino por todos y todas, vino también por el deporte más popular, vino a despojarnos del sentimiento, vino a pisotear con sus (anti)valores. La tele impone el resto, cada día, todos los días.

El fútbol ha sido asaltado por las élites. ¿Les duele a los señores dirigentes en sus hoteles de cinco estrellas ver las canchas vacías en esta Copa América? No creo. Así como tampoco les dolió cuando se llevaron la final de la Libertadores a la capital de la vieja metrópoli. Ni vergüenza les dio; ni un desagravio hicieron a los pies de una triste estatua de Bolívar, Sucre o San Martín; ni la historia respetan. Como no le duele a la élite brasileña ver a mucha gente durmiendo en las calles cerca de los estadios vacíos. El continente no vibra, el fútbol ya no es de la gente. 

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