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Jálame la pitita...

La pitita que antes mantenía una relación diplomática estable con Bolivia ahora es frágil.

La Razón (Edición Impresa) / Edgar Arandia Quiroga

23:17 / 04 de enero de 2020

Una vieja canción que servía de fondo para las fiestas de fin de año incitaba a las parejas a jalar una pitita en clara alusión erótica. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “pitita” es una planta oriunda de México, perteneciente a la familia de las amarilidáceas. Una de sus variedades contiene en su interior un líquido azucarado que sirve para elaborar el pulque, una de las bebidas nacionales de México.

Ahora que la política boliviana está mexicanizada, debido al escenario promovido por una supuesta y novelesca conspiración indígena del Gobierno azteca, junto a su ex asilado de origen uru Evo Morales, la pitita que antes mantenía una relación diplomática estable con Bolivia ahora es frágil. Lo pregona el deslenguado vocero gubernamental, otrora cachorro de las dictaduras, Jorge Quiroga, también conocido como Quico (personaje de una serie mexicana que alude al típico niñito de mamá).

El representante de marras, sin medir las consecuencias de su actitud ordinaria, ha provocado el temblor del botox de la señora Canciller, a quien sobrepasó en sus atribuciones, develando por enésima vez que en el gobierno que instaló la democradura de la Sra. Áñez y sus aliados pititeros no coordinan sus acciones.

Las hojas de esta planta mexicana también se utilizan para hacer un hilo, que en la región andina llamamos cordel de cáñamo. Esta voz también tiene otras acepciones. A saber, pita es una interjección que se usa para llamar a las gallinas. También designa un juego entre muchachos y es una expresión de desaprobación mediante pitos y silbidos. Esto último es lo que se ha ganado el Gobierno por la designación como cónsul en Miami de la hermana del ministro de Gobierno Murillo. Él, que se llenaba la boca denunciando el nepotismo del anterior gobierno, ahora incurre de manera desvergonzada en lo mismo. Muchos jóvenes pititeros no caben en su indignación al saber burladas sus aspiraciones de cuidar la democracia con personas que supuestamente son mejores que los anteriores gobernantes.

Si jalamos otras pititas, constataremos que ahora la parentela de la Sra. Áñez ha montado su reino en las reparticiones del Estado, y sabemos que tuvo que cambiar a su anterior ministro de la Presidencia por denuncias de tráfico de influencias, variante de la corrupción que dicen combatir. Todo esto con 34 muertos sobre sus espaldas en menos de dos meses.

El diputado Barral, quien fue suspendido por solicitar el 20% del sueldo a sus acólitos acomodados en la Asamblea (lo que le valió el mote del Chupasueldo, en alusión al Chupacabras), acusado por trajines turbios con su socio Patana en la cárcel de San Pedro (entre otros talentos oscuros que no sabemos), ahora quiere darnos clases de moral.

En otros escenarios, Camacho ha retornado a la farándula, invitando a un exalcalde de La Paz, servidor también de la dictadura, para que sea su asesor de campaña. Sin embargo, el Sr. MacLean, recordado por prometer el primer teleférico, prefirió un bronceado en Miami y abandonó el barco, como el alcalde del jopo. Para el actual Ministro de Obras Públicas, todo está

mal hecho. Entretanto, la gente de las laderas le replica: “Él también está muy mal hecho, y por eso piensa que todo es así”.

Para muchos ciudadanos, es una actitud política cínica, diferente por ejemplo al cinismo filosófico que linda más bien con la virtud, asimismo al científico, literario, y criminal. Según el filósofo boliviano Francovich, el cinismo político tiene las siguientes características: “Asume las más variadas formas, desde la más repugnante impudencia hasta las pérfidas astucias diplomáticas (…), suele ocultar su menosprecio por lo humano y por la moral detrás de supuestas exigencias prácticas. Disfraza con las apariencias de un atrayente programa oscuros propósitos personales (…) el cínico político no solo cree que hay que emplear todos los medios por muy viles que sean para conseguir su objetivo, sino que a su juicio, esos son los únicos eficaces”. Los políticos bolivianos son asiduos practicantes de esta conducta frente a nuestra sociedad, y deberían estar advertidos que una pitita no hace una soga.

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