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Ni olvido ni perdón

A partir del horror de las masacres en Sacaba y Senkata, la frase ‘ni olvido ni perdón’ fue desempolvada en Bolivia.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

23:59 / 17 de febrero de 2020

La frase “Ni olvido ni perdón” probablemente es una de las más entrañables en la búsqueda de justicia para las víctimas de hechos sangrientos premeditados, sobre todo en contextos autoritarios. Por caso, esta frase se erigió en una de las arengas favoritas de las Madres de Mayo, para exigir al Estado la reparación histórica de miles de desaparecidos en el curso de la dictadura en Argentina. Hay otros ejemplos que dan cuenta de su eficacia interpelativa de su objetivo: demandar justicia para las víctimas.  

A partir del horror de las masacres en Sacaba (Cochabamba) y en Senkata (El Alto), la frase “ni olvido ni perdón” fue desempolvada en Bolivia. En noviembre pasado, con esas masacres se estrenó el Gobierno transitorio de Jeanine Áñez. Los números de la represión son pavorosos. Parece una pesadilla producida por un monstruo, el monstruo del autoritarismo. Esa pesadilla se debe rememorar por una necesidad histórica.

El recordatorio de las masacres es clave, sobre todo, en un escenario signado por la impunidad judicial. En rigor, la servidumbre del Órgano Judicial a las directrices gubernamentales de turno es evidente. Servidumbre que ha contribuido para que la democracia hoy esté desportillada. Fiscales y jueces son parte de una “cacería” política y judicial del régimen de Áñez: montan acusaciones grotescas sin ningún sonrojo.

Mientras las investigaciones judiciales sobre las masacres de Sacaba y Senkata están en foja cero, la indignación en los familiares de las víctimas de estos asesinatos colectivos es evidente ante la indolencia del Ministerio Público y la Policía, tal vez, para que no salga a la luz los entretelones. La apacheta levantada cerca del puente Huayllani, bautizado como el “puente de la muerte” después de la masacre, en Sacaba se ha erigido en una metáfora para conmemorar a las víctimas. Esa apacheta todos los días está atiborrada de flores y velas, es una forma simbólica de luchar para que el olvido no arrase a sus muertos.

Obvio, la memoria se constituye en un arma para resistir contra el autoritarismo. El olvido sería la derrota simbólica. Como diría Walter Benjamín: “Ni los muertos estarán seguros ante el enemigo si éste vence. Y es ese enemigo que no ha cesado de vencer”. Esta es la razón para que la memoria sea perdurable. Es un dispositivo reparador de injusticias. Es un acto insurgente contra el cese de un recuerdo. Como sabemos, las masacres fueron usadas como señales de escarmiento para apaciguar los ánimos de rebelarse contra el poder. Tal vez, por esta razón, la memoria debe estar viva para evitar la impunidad.

Aquí cobra sentido la premisa: si el poder sabe que masacró y hay castigo, al menos va a pensarlo dos veces antes de volver a hacerlo. Pero si la masacre queda impune y no es considerada abominable, más adelante puede existir la posibilidad de repetirla. ¿Cuándo puede durar el efecto inhibidor que sigue a un periodo traumático producido por las masacres, que en el caso de los pueblos indígenas deben ser consideradas como genocidios?

La impunidad no es aval del perdón. Si fuera así, constituiría un precedente funesto para la convivencia democrática: solo habrá paz si hay justicia. Es crucial dilucidar las masacres de Sacaba y Senkata. Su investigación servirá, entre otras cosas, para evitar que se repitan. La naturalización de las masacres como estrategia política es peligrosa. Eso suele suceder. Quizás los familiares de las víctimas de las masacres quieren evitar el abandono y arengan: “Ni olvido ni perdón, tampoco odio, solo justicia”.

* Sociólogo.

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